Sin Muerte

¿Quién fue el primer pescador que practicó el captura-y-suelta?

No lo sabemos, pero seguro que han pasado siglos desde la primera vez que un pescador de caña descubrió que no era preciso dar muerte a los peces para disfrutar pescando.

A principios de este siglo tenemos referencias de un pescador inglés llamado J.C. Mottram, que soltaba a los peces animado por principios fundamentalmente morales. En América, la pesca sin muerte surge en la misma época, y brota con fuerza. El primer pescador del que sabemos con seguridad que pescaba sin muerte utilizando anzuelos sin arpón fue el estadounidense Harold T. Pulsifer, que en la segunda década de este siglo animaba a sus colegas a unirse a la hermandad de los que tienen como lema "los devolvemos vivos".
En mil novecientos treinta y seis, John Alden Knigth en su libro, ya convertido en clásico, "The Modern Angler", defendía la pesca sin muerte como una opción plenamente válida para el pescador que quiere seguir disfrutando de la pesca en sucesivos años. Por fin, en mil novecientos treinta y nueve, Lee Wulf escribe en su libro "Handbook of Freshwater Fishing" su famosa frase: las especies de pesca deportiva son demasiado valiosas como para que los peces sean capturados sólo una vez.

Lee Wulf es considerado el padre espiritual de la moderna gestión de la pesca recreativa, no sólo por esa frase, también porque a partir de entonces su ejemplo fue para muchos pescadores la luz que les hizo ver que la conservación de unos recursos menguantes (por multitud de factores, la mayoría de ellos dependientes de eso que solemos llamar progreso), era incompatible con una explotación creciente a la par que aumentaba el número de pescadores; a lo que hay que sumar la nueva facilidad que con los modernos medios de transporte estos tenían para desplazarse a cualquier rincón del río.

¿Pero por qué pescar sin muerte?

La pesca recreativa es un recurso económico en muchas regiones españolas, pero no es un recurso entendido como materia prima que deba extraerse para generar beneficios, más bien es un recurso entroncado con el sector servicios: los beneficios se generan indirectamente, a través de los pescadores que acuden a pescar, no por el pescado que se vende o se consume. El pez que busca el pescador de caña es valioso cuando está en el agua, pero vale comparativamente muy poco cuando está en la cesta. Por lo mismo es más valiosa la trucha grande, que atrae al pescador desde zonas muy alejadas, que la pequeña, que sólo puede interesar al ribereño que pesca por pasar el rato y llevar unas truchas a la sartén.

Desde este punto de vista, se ha comparado acertadamente al pescador que confunde la pesca recreativa con el llenar la cesta de peces, con un hipotético esquiador que se llevara la nieve a casa. Tan obvio como que el esquiador donde necesita nieve es en la montaña, es que el pescador donde necesita peces es en el agua.

A diferencia de otros factores negativos que inciden en el río, es difícil que la pesca con caña consiga exterminar totalmente una población de peces, pero no significa eso que sus efectos sean desdeñables.

En muchos de nuestros ríos es evidente, por ejemplo, que la sobrepesca es causa de que la cantidad, y sobre todo la calidad, de los salmónidos en ellos presentes esté lejos de la que era antaño. Decimos que la causa es la sobrepesca porque en esos lugares existen tramos vedados o sin muerte en los que la situación es bien diferente.

Por otra parte, los biólogos que estudian poblaciones trucheras encuentran a menudo pirámides de edad bruscamente truncadas a partir de la talla legal de pesca; o disminuciones brutales en el número de truchas por encima de esa talla entre el principio y el final de la temporada, que indican claramente la influencia que la pesca tiene en la estructura de las poblaciones de peces.

La pesca con caña mantiene en muchos de nuestros ríos poblaciones artificialmente rejuvenecidas, excesivamente dependientes de las clases de edad más jóvenes, lo que, además de no ser demasiado favorable para asegurar su supervivencia, resulta para el pescador verdaderamente frustrante.

La pesca sin muerte permite la supervivencia de las truchas hasta las edades y tallas máximas que puedan darse en un río concreto y facilita que las poblaciones evolucionen de forma muy similar a como lo harían en condiciones naturales. Nosotros estamos seguros de que esa evolución natural es, a largo plazo, lo mejor para nuestras especies autóctonas, y por tanto lo mejor para todo el entramado, pescadores incluídos, que "depende" de ellas.

¿Es la pesca sin muerte la única solución?

Para poder conservar nuestros salmónidos autóctonos en las mejores condiciones, pueden y deben tomarse muchas medidas, además de la promoción de la pesca sin muerte. La mejora del biótopo; la recuperación de tramos ahora completamente perdidos para estas especies, por contaminación u obras hidráulicas, evitando además que se pierdan nuevos tramos; el control estricto de las repoblaciones, que deben ser realizadas en las aguas libres en contados supuestos, sólo por expertos y siempre tendiendo a la conservación de la biodiversidad; la prohibición efectiva de su venta; la fijación de cupos y medidas adecuados a la realidad de nuestros ríos; el control del furtivismo... Muchas son las cosas que pueden y deben hacerse, pero la pesca sin muerte tiene la ventaja de ser de sencilla aplicación, no costar ningún dinero, y ser muy efectiva en la mayoría de las ocasiones.



¿No tiene riesgos la pesca sin muerte?

En teoría, la pesca sin muerte estricta puede ocasionar que la población de la pesquería envejezca en exceso, que la productividad disminuya en demasía, y que la facilidad de regeneración de esa población ante catástrofes climáticas, o de cualquier otro signo, se vea muy mermada. Pero esto es en teoría, en la práctica existen mecanismos ecológicos que controlan el porcentaje de peces de cada talla que componen cada población, por lo que raramente ese envejecimiento será preocupante (incluso es común, en países con una gestión pesquera avanzada, el fijar la talla por arriba, y no por abajo, protegiendo especialmente a las truchas mayores). Sin embargo, hay lugares donde ese envejecimiento sí podría llegar a suceder; en esos lugares la pesca sin muerte no puede mantenerse indefinidamente, y por tanto hay que alternar con otras reglamentaciones que faciliten el rejuvenecimiento de la población.

En cuanto a la mortalidad media causada por la pesca sin muerte, remitimos al lector interesado al trabajo de Fernando Alonso "La mortalidad de las truchas devueltas al agua y alguna de sus implicaciones en la gestión de la pesca".

¿Pero dónde debería pescarse sin muerte?

Aunque a esta pregunta no hay una respuesta sencilla, son dos los supuestos básicos en los que la pesca con muerte parece más necesaria:

  1. Allí donde haya poblaciones autóctonas amenazadas, de pequeña entidad y con características genéticas claramente distintivas (generalmente eso ocurre en las cabeceras de cuenca). También en tramos de río bien conservados, dentro de parajes con algún grado de protección o en comarcas que tienen el turismo verde como fuente de recursos.
  2. Allí donde se quiera ofrecer grandes peces, preferiblemente autóctonos y en tramos no excesivamente degradados, a los pescadores. Obviamente sólo posible en lugares donde los peces puedan alcanzar suficiente talla.

En el primer caso, la pesca sin muerte tiene una función decididamente conservacionista.

En el segundo caso, la pesca sin muerte cumple un objetivo social: facilita pesca de calidad de la forma más económica y sencilla posible. Esta segunda función no está reñida con la primera: puede aprovecharse como colchón secundario de protección en zonas más bajas de río, pero su principal razón de ser es la de atraer pescadores: el turismo pesquero alrededor de un coto sin muerte es algo que ya sabemos que funciona perfectamente en nuestro país.

¿No tenemos ya los pescadores demasiada pesca sin muerte y normas demasiado restrictivas?

En nuestro país la pesca está en manos de las Comunidades Autónomas, y en este aspecto las diferencias son bastante grandes entre unas y otras. Hay algunas, como Castilla la Mancha (en donde, a petición y con la ayuda de la AEMS, se creo en 1981 el primer coto sin muerte de nuestro país), Aragón, Navarra, Castilla y León, Andalucía..., con una cierta tradición en tramos sin muerte, tanto en acotados como en zonas libres. A su lado, otras autonomías se muestran reacias a implantarlos, como es el caso de Cantabría, o los crean como una especie de concesión a algunos pescadores, sin que los tramos sin muerte parezcan obedecer a criterios de gestión sostenible de la pesca fluvial, como ocurre en Asturias.

En ningún caso, ni en las comunidades más avanzadas, la legislación es tan estricta como en los países donde la pesca fluvial se explota como lo que es: un recurso con muchas posibilidades, al que hay que cuidar con mimo.

Como ejemplo, aquí tenéis un resumen de las normas vigentes en la actualidad en los ríos del sur de Argentina: