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Pesca y planificación hidrológica

Con la Directiva 2000/60/CE, más conocida como Directiva Marco de Aguas (DMA), se abre por fin una reforma profunda y sustancial de la legislación europea en materia de aguas. Como usuarios de recursos fluviales, los pescadores nos jugamos mucho en los nuevos planes hidrológicos de cuenca que han de aprobarse a fines de 2009 a la luz de esta normativa, el futuro de los ríos y los peces salvajes aguas abajo de las 1.300 grandes presas de regulación y de las 1.200 minicentrales que funcionan en nuestro país.

Los objetivos de la DMA son ambiciosos, por un lado, prevenir el deterioro y mejorar el estado de los ecosistemas acuáticos y, por otro, promover el uso sostenible del agua, dos asignaturas largamente pendientes en España. Para conseguirlo, la DMA introduce dos nuevos enfoques en la política de aguas de la UE, uno medioambiental, para prevenir el deterioro adicional y consecución del buen estado ecológico de las aguas continentales y costeras, con instrumentos como un registro de zonas protegidas; y otro de gestión, para implantar un nuevo modelo por cuencas hidrográficas con una nueva política de precios que permita recuperar los costes de los servicios relacionados con el agua y que proporcione incentivos para el uso eficiente de los recursos hídricos.

La DMA ha sido transpuesta a la legislación española mediante la Ley 62/2003, que viene a modificar varios artículos de la Ley de Aguas aprobada por el Real Decreto Legislativo 1/2001. Esta nueva normativa se ha de aplicar a través de un proceso de largo plazo cuyo primer ciclo termina en 2015, cuando tendremos el primer examen para ver el grado de consecución de los objetivos medioambientales fijados. Uno de los ejes básicos para la aplicación efectiva de la DMA en España son los llamados planes hidrológicos de cuenca, la principal herramienta para alcanzar los objetivos en cada masa de agua clasificada dentro de las hoy denominadas demarcaciones hidrográficas de nuestro país. Los nuevos planes de cuenca deberán basarse en análisis detallados del estado de nuestros ecosistemas de agua dulce y del impacto de la actividad humana, lo que se espera permita establecer un programa de medidas coherente y específicamente diseñado para cada demarcación hidrográfica, con vistas a alcanzar los objetivos medioambientales previstos para cada masa de agua. Para desarrollar estos nuevos planes hidrológicos, los Estados miembros entre otras cosas deben fomentar la participación pública activa de diversas administraciones, usuarios y colectivos implicados o interesados. El proceso participativo arrancó en julio de este año y ya se prepara el calendario de reuniones y debates que tendrá que alumbrar la nueva planificación hidrológica.

Los amos de nuestros ríos

Nuestros ríos son un patrimonio común de todos los españoles. El Ministerio de Medio Ambiente, a través de las confederaciones hidrográficas, detenta las competencias sobre el Dominio Público Hidráulico, las aguas dulces y sus cauces superficiales y subterráneos. Pero en la práctica, los amos y señores del río, quienes dictan y manejan el caudal que circula realmente por los cauces públicos, han sido y todavía son los titulares de las concesiones de agua otorgadas por las autoridades hidráulicas.

La regulación de los caudales de nuestros ríos es uno de los principales y más conflictivos aspectos que habrá que enfrentar en los foros de participación para la nueva planificación hidrológica. La Ley dice que los aún llamados caudales ecológicos son una restricción previa a los sistemas de explotación, y los regímenes ambientales de caudales en la nueva planificación hidrológica se han de determinar a través de estudios específicos en cada tramo fluvial regulado, teniendo en cuenta los requerimientos de su flora y fauna. Este tipo de estudios se han venido realizando en distintas cuencas incluso antes de aprobarse los planes hidrológicos de cuenca en 1998 y el Plan Hidrológico Nacional en 2001. Estudios que se supone permitirán objetivar mucho mejor los regímenes de caudales que necesitan nuestros ríos aguas abajo de las presas de regulación, que hasta ahora se han tratado como información reservada y de momento siguen durmiendo el sueño de los justos en los cajones de ciertos despachos. Información que ahora ha de llegar de una vez por todas a los ciudadanos y colectivos interesados por el medioambiente fluvial en un verdadero proceso participativo.

Llevamos años hablando de la dictadura de las concesiones de aguas sobre los ríos, en general altamente incompatibles con los objetivos de conservar o recuperar el buen estado ecológico consagrados por la DMA. Hemos tratado sobre todo del impacto de la regulación hidroeléctrica sobre los tramos fluviales mejor conservados, que suelen ocasionar graves efectos ambientales principalmente por la barrera que suponen las presas a la migración de los peces y la alteración del hábitat acuático aguas abajo de las mismas por la escasez de caudal o su fluctuación diaria. Pero también las concesiones de riego causan un impacto tanto o más grave sobre muchos tramos fluviales altos y medios. Los grandes ríos regulados por grandes presas con concesiones preferentes de riego, por ejemplo los leoneses Esla, Porma o Luna aguas abajo de los embalses de cabecera están sometidos a la irracionalidad de unas concesiones que sin embargo apenas se están utilizando para el fin que las justificó. Caudales muy bajos y estables en otoño, invierno y buena parte de la primavera, dan paso a caudales muy altos y fríos para satisfacer supuestas demandas de regadíos en realidad inexistentes, eso sí, rindiendo también tributo hidroeléctrico. Regímenes de tipo monzónico que degradan el hábitat fluvial perjudicando por ejemplo la migración y reproducción invernal de los salmónidos, a la vez que aletargan la vida del río precisamente en las épocas que toda su fauna acuática ha de aprovechar para alimentarse y crecer.

Planes de restauración

Y con la nueva planificación hidrológica en el horizonte, el Ministerio de Medio Ambiente está poniendo en marcha un Plan Nacional de Restauración de Ríos y Riberas (PNRR) y otro de Voluntariado, que se supone han de contribuir decisivamente al desarrollo de los objetivos ambientales establecidos en aplicación de la DMA. El pasado 11 de septiembre se celebró la primera Jornada de Presentación de las mesas de trabajo de este PNRR, distintos comités de expertos científicos y técnicos que han analizado los distintos problemas de fondo que afectan a nuestros ríos, como la regulación de los caudales, la alteración de la geomorfología fluvial, los efectos del modelo agrícola y la urbanización, y la invasión de especies exóticas.

Con la conservación de los ríos, la sostenibilidad de sus usos y la participación pública en su planificación y gestión como ejes de la nueva política de aguas en Europa, la adecuación o caducidad de las concesiones de agua que sojuzgan nuestros ríos en aplicación de unos verdaderos caudales ambientales, aparece como uno de los puntos esenciales para la restauración fluvial. Con caudales racionalmente regulados bajo las presas, que fluctuasen en volumen y temperatura respetando la estacionalidad y los ciclos naturales de su fauna y flora, la mayoría de los graves problemas que padece seguramente se verían reducidos o solventados, y tendríamos ríos mucho más sanos y vivos.

Siendo pocos, pero peleones, trataremos de participar en todos los planes encaminados a proteger y recuperar nuestras cuencas fluviales. Está en juego una nueva era de sostenibilidad, donde nuestros ríos dejen de ser el último mono, y puedan funcionar más como ríos. Siempre agradecidos, a poco que se les deje ser, sin duda darán muchas más alegrías a todos los que los amamos, vivimos y disfrutamos.

Con tu ayuda, ¡es posible!

Publicado en Diciembre de 2007 en la revista Dánica de pesca a mosca.


Voluntarios por los ríos

Voluntariado ambiental es lo que hacemos cada vez más colectivos, gente interesada en conocer y mejorar los ríos, participando en su estudio y diagnóstico, actuando para protegerlos y restaurarlos; sensibilizando, jugando y educando en los ríos, para que la sociedad los aprecie y disfrute más y mejor cada día.

Compromiso personal, oportunidad colectiva

Como pescadores, coincidimos con distintos colectivos en nuestra percepción emocional y lúdica del río, ya que acudimos al él a disfrutar con peces y moscas, paisajes, rumores de corriente, vuelos de mirlo, estampas de nutrias al sereno deslizándose a jugar en el remanso... Y la vida del río que asoma a nuestros ojos ha impactado a otros que sin ser pescadores también han sido seducidos por esa ondulante corriente, cristalina u opaca, siempre misteriosa y sugerente.

Ribereños, pescadores de toda índole, naturalistas, educadores, ecólogos, piragüistas... Ciudadanos en suma, amantes todos de los ríos con vida y por tanto potenciales aliados en un fin común. Mucho nos jugamos, nuestro futuro y el de los que vienen detrás: seguir gozando y ver a nuestros hijos gozar los mismos ríos. Y para conseguir proteger, mejorar, restaurar los ríos, hay que comprometerse, unirse, organizarse, formarse, colaborar. Un puñado de personas motivadas, voluntarios bien coordinados, compensados y reconocidos, pueden hacer y mostrar mucho trabajando en el río. Crecen las oportunidades para hacerlo: a las subvenciones públicas a proyectos e iniciativas ambientales en las diferentes CCAA, la obra social de las cajas de ahorro, fundaciones y otras instituciones, se une ahora el Plan de Voluntariado ambiental del Ministerio de Medio Ambiente, que financiará proyectos en ríos y riberas con una primera convocatoria de ayudas aparecida el pasado mes de mayo, con un máximo de 30.000 euros por cada proyecto, a ejecutar en 2007, a la que se espera le suceda una segunda en diciembre para proyectos a desarrollar en 2008.

¿Pescadores y Voluntarios?

Sin ser una asignatura pendiente, el voluntariado todavía aparece como una idea y práctica algo ajena al común de los pescadores. Siendo como ha sido y es la pesca en nuestro país, no es raro que el pescador español medio, más aún el de salmónidos, siga siendo bastante individualista. Tradición celosa de su ciencia y su cesta, competitiva y guasona, a menudo más proclive a despistar o desanimar que a desvelar sus secretos a los demás cofrades. Algo que la AEMS quiso cambiar desde su fundación, con una nueva mentalidad de hermandad entre pescadores. Transmitir, compartir, enseñar... a entrar y leer el río, observar la vida que atesora, montar las artificiales, lanzarlas con la cola de rata para pescar hermosos peces salvajes... Por eso aquí nunca tuvo respaldo el fantasmeo egoísta o la exacerbación competitiva en la pesca, y por lo mismo nuestro espíritu y acción siempre ha mantenido como seña de identidad la generosa extensión del conocimiento entre todos. Pescadores y defensores de los ríos, que comparten, aprenden, enseñan e implican a otros en estas dos caras de un mismo anhelo.

Si hay que elegir entre competir y compartir, lo tenemos claro... Además, aunque hay quien piensa y opina que la competición forma pescadores más eficientes, tampoco competir es sinónimo de pescar más o mejor, que excelentes pescadores hay que nunca competirán, simplemente porque no les atrae, o no ven ni disfrutan la pesca de ese modo. En todo caso, el mismo concepto de eficiencia depende mucho de lo que cada cual busca en la pesca, ya que si uno compite y se entrena para ello, lógicamente enfocará la eficiencia con arreglo a los criterios que marca la competición, donde frecuentemente "el tiempo es oro". Nosotros podemos permitirnos "perder" el tiempo en el río, esperar a que se pongan "las grandes" y observar sin prisa ni pausa lo que ocurre a nuestro alrededor. Los peces grandes no están o no asoman siempre al pesquil. Si nos centramos demasiado en la puntuación cuantitativa de la jornada de pesca, levantaremos truchas, pero también es fácil que pasemos por alto importantes aspectos cualitativos. Si no valoramos el número de capturas por encima de cualquier otra consideración, nos será más fácil acompasarnos al ritmo de la naturaleza y llegar a conocerla mejor, lo cual será nuestra mejor baza de pesca, más en condiciones difíciles y ante viejos peces salvajes.

Si quieres peces...

Compitas o no en la pesca, puedes también compartir tu amor por los ríos y cooperar activamente en su mejora, aunando esfuerzos con otros para un buen fin común. Como sabes, en la AEMS somos voluntarios altruistas, los más apoyando económicamente y algunos aportando también trabajo, sacrificando horas "por amor al arte". Aquí se hacen y consiguen cosas con muchas dificultades, gracias a un puñado de "buenas almas" comprometidas y a la base social que sustenta la actividad. No somos los únicos. En el mundo de la pesca hay asociaciones que se vienen implicando en limpiezas de residuos cauces y riberas, mejora de frezaderos, revegetación de riberas, etc., tareas en las que AEMS ha sido y es pionera. Y como se ha ido extendiendo el interés social por el agua y los ríos, son numerosas las iniciativas que se han ido sumando en su favor. Sin poder nombrarlas todas aunque lo merecen, podemos citar iniciativas de diversas asociaciones: Projecte Rius, de la Associació Hábitats; VoluntaRíos, de ANSAR; Projecte Rius Valencia, de Plataforma Xúquer Viu; Acción Riberas y Proyecto Nutria, de Ecologistas en Acción; Restauración de Riberas, de WWF/Adena; Voluntariado Ambiental en el Delta del Ebro, de SEO/BirdLife. Y también programas de voluntariado en ríos impulsados por algunas administraciones como Andarríos, de la Junta de Andalucía, o IBAIALDE, del Gobierno Vasco.

Y cómo no también nuestro programa Adopta Un Río (AUR), iniciado a principios de los años 90' y con varios proyectos importantes como AUR-Palancia, AUR-Madarquillos, y Mejora de Hábitats, desarrollados por nuestros grupos de Valencia, Madrid y León, respectivamente. Proyectos realizados con altas dosis de entusiasmo y esfuerzo voluntario, pero con mínimos recursos, modestas ayudas públicas, o de alguna obra social, como la CAM en el caso de AUR-Palancia (VOLCAM 2000-2002). Para tener peces hay que mojarse, pero para llevar voluntarios a trabajar al río –y que no huyan aterrados, o algo peor- se necesita dinero. Mucho hay por hacer en nuestros ríos, y por ello esperábamos que estas ayudas del Ministerio aparecieran publicadas en un BOE con las debidas garantías de coherencia y transparencia de criterios, más aún porque se dirigen a asociaciones no gubernamentales y sin ánimo de lucro... Pero desgraciadamente no ha sido así y da la sensación de que se ha impuesto la chapuza. Esperemos que rectifiquen seriamente para la próxima convocatoria.

Adopta Un Río: Bidasoa

Y últimamente, AUR-Bidasoa, un ambicioso proyecto que se está haciendo realidad este año gracias a la iniciativa Tú eliges, tú decides de la Caja de Navarra (CAN), un novedoso y saludable hito en obra social, donde los clientes de la entidad votan los proyectos presentados decidiendo el destino de los fondos.

El Proyecto Adopta Un Río... Bidasoa (AUR-Bidasoa), ha contado con el respaldo de la mayoría de los clientes de la Caja participantes en la votación a proyectos de carácter ambiental (1.009 votos), consiguiendo la adjudicación del total de la ayuda solicitada para desarrollarlo. Es un Proyecto Local de Voluntariado que sigue las premisas de la Directiva Marco de Aguas de la UE (DMA), el Plan Nacional de Restauración de Ríos (PNRR) y el Plan Nacional de Voluntariado Ambiental en Ríos del Ministerio de Medio Ambiente: promover el acercamiento de la sociedad a los ríos y su problemática, dándole la oportunidad de participar activamente en su conservación. Dedicado al estudio, diagnóstico, sensibilización, educación y mejora ambiental del ecosistema fluvial del río Bidasoa, con sus componentes naturales y humanos, en el ámbito de la Comunidad Foral de Navarra, AUR-Bidasoa tiene una marcada vocación social e integradora. Compartido por la AEMS de Navarra y con la colaboración de la Asociación Navarra de Pescadores a Mosca (ANAPAM), es un Proyecto abierto a la participación de administraciones y agentes implicados en la cuenca, como el Gobierno y el Centro de Recursos Ambientales de Navarra (CRAN), la Confederación Hidrográfica del Norte (CHN), ayuntamientos, centros de investigación y educativos, entidades y colectivos locales, etc.


De acuerdo a los objetivos del programa, AUR-Bidasoa, enmarca una serie de actividades de estudio y diagnóstico participativo del estado ecológico de la cuenca, con recorridos fluviales y Jornadas de limpieza de residuos con voluntarios, además de actividades de educación ambiental dirigidas a la población local, escolares, etc. La gestión del voluntariado asociado a estas actividades seguirá la Guía de buenas prácticas recientemente publicada por WWF/Adena bajo auspicio del Ministerio de Medio Ambiente, a la cual hemos contribuido dentro del grupo de expertos encargado de elaborarla. Los resultados de los trabajos se expondrán en unas Jornadas que tendrán lugar probablemente en el próximo otoño, donde esperamos pueda cristalizar la Campaña y el Contrato de Adopción, un compromiso colectivo por el Bidasoa a partir de un diagnóstico común, capaz de impulsar acciones para dar a conocer y querer, cuidar y recuperar el ecosistema.

Publicado en Septiembre de 2007 en la revista Dánica de pesca a mosca.


Entre dos aguas

Tiempos de cambio, pero aún esclavos del viejo paradigma hidráulico que en unas cuantas décadas del siglo XX ha convertido buena parte de nuestros grandes ríos en canales estériles o inmundas cloacas. Ahora alcanzamos a ver la luz al final del largo túnel, aunque el desprecio a los ríos con vida sigue fuertemente afincado en las inercias políticas, las instituciones y la mentalidad de la sociedad.

Cada vez más numerosas voces en la sociedad piden la recuperación de los ecosistemas fluviales y una mejor ordenación territorial de sus riberas, reforzar la protección del paisaje y el sentir ciudadano que une a la persona al territorio, tal como postula la llamada Nueva Cultura del Agua. Casi inmersos en una nueva era en la relación de la sociedad con el agua y los ríos, sin embargo seguimos con el Plan Hidrológico y su temible Anejo II plenamente vigente, más de un centenar de nuevas grandes presas y un largo listado de obras destructivas pendiendo como espada de Damocles sobre nuestras aguas dulces.

Cara y cruz

Este Ministerio de Medio Ambiente tiene en su haber algunos logros importantes en la superación de las inercias del viejo paradigma hidráulico. Hay que saludar la voluntad de desarrollar la Directiva Marco de Aguas (DMA), la transparencia y participación pública en la planificación y gestión de las cuencas fluviales, el Plan Nacional de Restauración y del Programa de Voluntariado en Ríos; la revisión sistemática y caducidad de las muchas concesiones que permanecían en desuso y la restauración del medio afectado –esfuerzo muy significativo por ejemplo en la CH del Norte-. Iniciativas plenamente coherentes con el objetivo principal de la DMA de recuperar el “buen estado ecológico” de los ríos europeos. Nuevas presas y minicentrales racionalmente denegadas en cumplimiento del otro fundamento esencial de la política de Aguas de la UE: el principio de no deterioro, en virtud del cual deberíamos poder superar por fin toda herencia de irracionalidad y autoritarismo hidráulico por unos pocos, con cargo a los bienes naturales y al bolsillo de todos.

Aunque la nueva cultura del agua ha prendido en el Ministerio y está calando a los organismos hidrográficos, el hecho de que la otrora siniestra Dirección General de Obras Hidráulicas ahora se llame Dirección General del Agua no es suficiente expresión ni garantía de un auténtico cambio. La inercia hidráulica se alimenta de poderosos intereses, los que siempre han impuesto la muerte de los ríos y el mito de su resurrección como canales perfectos sometidos al dictado de “la sociedad” (limitada o anónima, generalmente). Los que hicieron, hacen y harán lo indecible para que se mantenga vigente esa espada de Damocles: los nuevos embalses y trasvases que de nuevo lograrían por fin superar “de una vez por todas” el “desequilibrio” hídrico y todas las carencias de agua del país. ¡Agua para todos! Finalmente, ¿qué es un río al lado del “desarrollo” económico? Si hay que matar los ríos para una agricultura subsidiada, irracional e ineficiente que derrocha el 75% del agua potable almacenada, para generar electricidad al son del mercado, para deshacernos de los innumerables contaminantes que producen industrias y ciudades, para abastecer la plaga de urbanizaciones de chalets con piscina unifamiliar y campos de golf... Pues, ¡que mueran los ríos! Total, ¿a quién le importan? Cualquier cosa menos dejar que el agua de nuestros ríos “se pierda en el mar”. No nos hablen de los sedimentos y nutrientes que reponían deltas, arenales y playas, que sostenían el ciclo vital de innumerables especies marinas; no nos hablen de pesquerías costeras arruinadas ni de arrozales salinizados; no nos hablen de peces de agua dulce amenazados o extinguidos por las barreras de las presas, la alteración de los regímenes fluviales y la degradación de los tramos bajos de los ríos. No nos hablen de nada que otorgue algún valor natural o humano a los ríos, poniendo en peligro su habitual sacrificio al “desarrollo”, que debe proseguir per secula seculorum.

Restaurar la vida

Pensaremos que consumimos unas decenas de litros de agua por persona al día, pero si repartiéramos los recursos almacenados que utilizamos en total entre el conjunto de la población, tocaríamos a varios metros cúbicos por persona cada día. Como las personas, los ríos suelen ser agradecidos si tan sólo se les deja ser, pero unas pocas décadas de asalto hidráulico han cercenado su esencia, en constante fluir hasta el mar. Los embalses detienen, decantan y regulan el río, dividiendo las cuencas en compartimentos mal comunicados, donde las condiciones de vida pueden ser muy diversas en función de cómo y quién maneje la “llave de paso”. Muchos tramos fluviales altos o medios regulados por presas en el Centro, Sur y Levante de la Península están condenados a una carestía brutal y sistemática, convertidos en una sucesión de lagunas eutróficas donde sólo especies muy poco exigentes puede sobrevivir, o incluso totalmente secos. Sabido que los embalses tienen una vida limitada, y que las necesidades, preceptos y expectativas de la sociedad cambian en el tiempo, la construcción de embalses no sólo se ha detenido sino que está desandando el camino en algunos de los países avanzados. Ni siquiera en la España seca necesitamos más embalses. Podríamos prescindir de muchos de ellos si gestionáramos el recurso agua como es debido, cuidándolo en lugar de derrocharlo y corromperlo. Ahorrar, recuperar, reutilizar, para rehabilitar agua que ahora no podemos usar, envenenada o salinizada por el mal uso. Ensuciamos y aprisionamos en nuestras manos la materia y recurso imprescindible para toda vida, sin poder evitar que se nos escurra entre los dedos. Colectivamente, vivimos como el nuevo rico que no piensa en mañana, como el dominguero irresponsable que vuelve a casa dejando su rastro de basura, como si no tuviéramos hijos o el mundo empezara y terminara en nosotros. Se impone un cambio radical desde el modelo de explotación al de conservación del agua y todo lo que sostiene, reorientar profundamente nuestras acciones para preservar la vida y reducir la huella humana en los ríos.

Y el río no es sólo agua, ni tan siguiera un cauce, con los cantos y gravas del lecho. Las márgenes y riberas de esponjosos suelos, pobladas de vegetación, los álveos bajo el sustrato y las venas que conducen a los acuíferos forman un todo interrelacionado dentro del ciclo hidrológico. Las plantas sujetan las orillas y mantienen el cauce, proporcionan cuevas, raíces y sombra a toda clase de especies, y su follaje refugia a los invertebrados frente al viento y los depredadores en los momentos más delicados de su vida. Los pescadores nos beneficiamos de todos estos bienes naturales que alimentan al pez, objeto de nuestros deseos. Naturalistas del río, hemos aprendido que la vegetación de las orillas es imprescindible para muchas especies, y que si bien las pocas cuevas sumergidas bajo una escollera pueden albergar buenos peces, normalmente vamos a encontrar muchos más en la otra orilla o el tramo de más abajo que mantiene una franja riparia. A veces somos los propios pescadores quienes exhibimos nuestra ignorancia pidiendo “limpiezas” que eliminen la vegetación natural de las orillas. Antes que amoldar el río a nuestro capricho, adaptémonos a él aprendiendo a pescar entre la vegetación. No hagamos el juego a los dueños de terrenos adyacentes a nuestros ríos. Mejor defendamos las riberas naturales, a ver si logramos detener de una vez por todas esa penosa afición a meter máquinas al río, a regularizar, dragar y llenar de escolleras nuestros cauces, habiendo generalmente alternativas eficaces mucho más respetuosas con el ecosistema y por cierto mucho más baratas.

A la expectativa

Defendemos el cuidado y la restauración de los ríos, así como la protección y reserva de los espacios fluviales mejor conservados. Y actuamos en consecuencia, demandando la caducidad de concesiones y la eliminación de presas inútiles y dañinas, revegetando márgenes y zonas de inundación, mejorando los flujos hidráulicos y rehabilitando lechos de freza. Acciones que contemplan los problemas y las soluciones en la escala temporal en que el río se desenvuelve, valiéndose de su capacidad natural de autorregeneración. Sensibles a la vida, no podemos entender que se hable de restaurar los ríos a la vez que se siguen destrozando.

El Plan Nacional de Restauración de Ríos (PNRR) es un primer e histórico intento por parte de la administración hidráulica de abordar la sostenibilidad y la recuperación de nuestros ríos. Propone reponer la calidad ambiental de nuestras masas de agua y los valores medioambientales asociados a través de programas de protección, conservación y voluntariado, a partir de un diagnóstico científico de las cuencas que analice las causas de su deterioro e identifique las zonas fluviales a proteger. Para ello, con la participación como premisa, se han creado mesas de trabajo formadas por expertos de todos los ámbitos de la sociedad, cuyas conclusiones se plasmarán en una Guía que debe marcar los criterios para la restauración fluvial en todas las demarcaciones hidrográficas, así como en una serie de proyectos piloto. Como defensores del río, hemos participado en algunas de estas mesas de trabajo, y también en el grupo de expertos encargados de elaborar una guía para la acción de voluntariado en ríos, que esperamos vea la luz en próximas fechas. Ojalá el Ministerio haga honor a su objeto, deje ya de nadar entre dos aguas y evite por ejemplo que los leoneses Eria y Duerna sucumban ante las mismas presiones irracionales que el Arlanza en Castrovido. Igualmente, esperamos que este PNRR y sus proyectos demostrativos contribuyan a la concienciación y el reciclaje profesional dentro de los organismos de cuenca, desterrando para siempre la penosa historia de malas intervenciones en nuestros ríos.

Publicado en el Nº 29 de la revista Dánica de pesca a mosca. Junio 2007.


Actuar y Educar... para conservar los ríos

Seguramente la mayoría pensaremos que la educación de las personas es imprescindible para conservar la naturaleza. Por eso sorprende más cuando ciertas realidades educativas permanecen ancladas al margen del avance científico y legal de la sociedad.

Creencia ciega

Por ejemplo en Asturias, donde la política de gestión de “repoblación” se convierte en dogma de fe, haciendo a las sociedades de pescadores cómplices productores de peces suplementarios en centros “ictiogénicos” para su liberación en los ríos. Y viene de largo que administraciones y sociedades de pescadores promocionen esta “repoblación piscícola” implicando a centros educativos en las tradicionales operaciones. Por ejemplo, este año la asociación El Esmerillón otorgó el premio Personaje Ejemplar del año al Colegio Público Río Sella por colaborar en la “repoblación” de este río. Superados los tópicos establecidos que siguen dando apariencia de bondad a este tipo de actuaciones, informados del estado del conocimiento en la materia, cuesta apreciar el valor educativo de estas acciones de “repoblación” y más bien procede someter a la consideración de educadores y padres algunas reflexiones que ahora compartimos con los lectores.

El término “repoblación” en rigor sería apropiado en la recuperación de especies muy deprimidas o desaparecidas. Aquí más bien se trata de “sobrepoblar” o de “reforzar las poblaciones”. La ley es bastante clara al respecto, pero hasta el nuevo Código Penal las estrategias de “repoblación” sistemática se han valido del resquicio vía autorización administrativa. Ahora las políticas potencialmente agresivas para la biodiversidad natural no sólo pueden ser impugnadas por contrarias a las leyes, sino que en determinados casos incluso podrían ser constitutivas de algún presunto delito penal.

Afortunadamente, las condiciones naturales de los ríos del norte en general son hostiles a los intrusos inadaptados, por lo que no favorecen la contaminación y alteración genética de las poblaciones salvajes de salmónidos por “repoblación”. La Ley de Pesca asturiana dice que “la Administración podrá, mediante resolución motivada, repoblar las aguas cuando los estudios hidrobiológicos así lo recomienden”. No existen de momento esos estudios ni tampoco pues resoluciones o recomendaciones motivadas, pero la “repoblación” sigue siendo la línea principal de gestión. Cierto que desde hace años los stocks de salmones y truchas de repoblación provienen de líneas genéticas autóctonas, pero eso no les hace peces salvajes.

Contra toda evidencia

La comunidad científica es claramente contraria a la “repoblación” como estrategia para sustentar los recursos naturales. Hace bastantes años que en los foros nacionales e internacionales donde se debaten los problemas de los salmónidos se concluye que estas medidas son perjudiciales para la biodiversidad autóctona. Para algo deberían haber servido los numerosos trabajos presentados por ejemplo en los cinco congresos anuales sobre el salmón atlántico celebrados en las cinco CCAA implicadas desde 1999 hasta 2004, que evidencian claramente el estado actual del conocimiento en la materia. Para muestra: Semana del Salmón Atlántico (Oviedo, 1999) J. de la Hoz, del Principado de Asturias, citando a Baglinière, Dumas y Fontenelle, dice que “las tasas de retorno del salmón de piscicultura son más bajas y más variables que las de desove en el río”. En 2000, en Santiago de Compostela, A. D. Hawkins: “se encontraron evidencias de que los post-esguines repoblados capturados en el mar tenían un crecimiento mucho más lento que sus homólogos salvajes”. Y en prensa: R. Ríos, en La Nueva España (jun. 2000): “Las repoblaciones pueden provocar una reducción de la densidad de peces y la pérdida de su carácter salvaje”. En el mismo medio y cercana fecha, Manu Esteve, doctor en biología marina: “El que está enfermo es el río, no el salmón. Repoblar, tal y como están los ríos solo es elevar la mortalidad”. Y en un más que interesante informe (www.riosconvida.es/Comités Locales/Asturias/Propuestas a la Orden de Vedas de 2004) la profesora Eva García, de la U. de Oviedo, genetista de reconocido prestigio, dice: “Es imposible aumentar la producción de salmónidos de los ríos asturianos sin recuperar zonas de desove y crecimiento de alevines, por muchos peces que se echen en el río, si éste no tiene sitio para que se desarrollen, no aumentará el rendimiento en número de adultos. Los esfuerzos e inversiones de todos los interesados en los ríos (especialmente pescadores), deberían encaminarse a mejorar el medio ambiente fluvial”.

Últimas actuaciones de estaquillado en el río Curueño. El grupo local de León de AEMS-Ríos con Vida viene realizando actuaciones de restauración y mejora del hábitat fluvial desde hace más de una década.

La conclusión, blanca y en botella: el efecto de las repoblaciones es negativo en el salmón e ineficaz en la trucha, y el alto riesgo potencial (introducción de enfermedades, desaparición o disminución de las poblaciones nativas) es muy superior al supuesto beneficio -por lo demás nunca demostrado. Y la piscicultura convencional tiene en su haber numerosos y contrastados perjuicios a los ríos por captación excesiva de agua, escape de peces y vertido de contaminantes.

A todo esto, la FAO recomienda las repoblaciones únicamente cuando una especie ha desaparecido de un territorio y se han restablecido las condiciones ecológicas necesarias para que se pueda reproducir por sí misma; para estudiar rutas migratorias, pautas de comportamiento… pero siempre con ejemplares marcados y siguiendo estrictos controles de seguridad. Aún con genes autóctonos, sea como alevines, juveniles o adultos, la repoblación sistemática de los ríos está ya desterrada en la mayoría de los países avanzados. Un río contiene la cantidad de peces que puede mantener según la calidad de su hábitat, lo que se llama “capacidad de carga”, pero si el río es el destino final de los vertidos contaminantes de industrias, casas, granjas, depuradoras, piscifactorías. Si se talan los sotos para hacer paseos fluviales como en Arriondas y Panes. Si se deforesta y se construyen kilómetros de escolleras pegadas a las orillas. Si se ponen presas infranqueables, se exprimen y regulan los ríos. Si se dragan y rectifican los cauces metiendo excavadoras sin piedad (coto Sierra). Si las laderas se llenan de pinos, eucaliptos y pistas forestales. Si no existen frezaderos y áreas de crecimiento en cantidad y calidad suficientes... Si se siguen gestionando los ríos como hace cincuenta años... y se siguen capturando y matando los peces incluso antes de que desoven, a pesar de que la pesca se mantiene gracias a la freza natural... ¿Para qué repoblar? ¿Para contentar a algunos pescadores, industrias, funcionarios y demás, mientras se asiste impasible a la destrucción de los ríos y su patrimonio vivo?

Y para repoblar, se cogen adultos sin previa selección genética ni selección sexual natural, desconociendo si son los mejor adaptados al cambiante medio. No se tiene en cuenta el papel de los machos precoces que a veces llegan a fecundar el 60% de la puesta. El salmón y la trucha son peces territoriales desde que nacen, pero en el “centro ictiogénico” se estabulan en balsas plásticas a densidades que les provocan estrés e inmunodeficiencia, en condiciones ideales para incubar numerosas enfermedades infecto-contagiosas que hay que controlar con medicamentos. Se les alimenta con pienso que cae a intervalos cronometrados, inhibiendo la búsqueda de comida y provocando su “troquelado” o domesticación. Cuando sean puestos en libertad no habrán visto mosquito o gusarapín, ni siquiera alga o canto rodado; no sabrán como buscar el alimento ni donde esconderse cuando sus enemigos naturales les ataquen... la gran mayoría durarán menos que el caramelo a la puerta del colegio –pero un caramelo bastante caro. Y luego el enemigo es el cormorán.

Hoy un niño sabe que liberar un animal salvaje criado en cautividad requiere un largo, delicado y costoso proceso de readaptación, que no siempre tiene un final feliz. Sumando razones y argumentos, pensando en esos niños que están abriéndose a la vida en actividades aparentemente “educativas”, creemos que profesores y padres deberían cerciorarse de su auténtico valor educacional, y no hacer caso a cualquier “predicador” que aparezca por el colegio.


Cuidar el río es cuidar la pesca

Está bien demostrado que las típicas políticas “de repoblación” son caras, insostenibles y dañinas para el patrimonio y los recursos naturales de pesca, que las únicas medidas positivas son la explotación racional de las pesquerías y el cuidado y recuperación del hábitat. Precisamente por eso y pese a quien pese, todos los mandatos legales y morales obligan a las administraciones públicas a cuidar y recuperar nuestro patrimonio natural de ecosistemas y comunidades fluviales. Ahora el Ministerio de Medio Ambiente ha aprobado un Plan Nacional de Restauración de Ríos (www.restauracionderios.com) y quiere potenciar el voluntariado ambiental en los ríos. AEMS- Ríos con Vida lleva años proponiendo y actuando en la restauración de ríos y riberas a distinta escala y en diversos puntos de España. Propuestas y acciones legales y educativas, pero también numerosas experiencias a pie de río con programas de voluntariado como Adopta un Río (AUR). Felicitamos al Gobierno por asumir de una vez esta tarea, y siendo claro el mandato, esperamos firmeza política para que el conocimiento, la sostenibilidad, la educación y la participación ambiental florezcan por fin en nuestra sociedad, ya que la inercia de la destrucción sigue llevando muchos cuerpos de ventaja a la recuperación de los ríos. Educar, por supuesto, pero no en el pasado, sino en el presente y para el futuro.

Publicado en el nº 28 de la revista Dánica de pesca a mosca.


Algo se mueve en Galicia

Las noticias sobre las excelentes relaciones y abusos de cargos públicos conocidos y sus familias beneficiadas por ayudas y licencias eléctricas han provocado un sinfín de debates y preguntas en la opinión pública en general y en el mundillo de la pesca y los ríos en particular. Ahora el ciudadano entiende que existen unas normas que rigen el destino de los ríos gallegos y de esos fondos, destinadas a la protección ambiental y económica de los bienes de dominio público, incluso que esas normas derivan de principios consagrados al respeto del medio natural que obligan a los poderes públicos y a los particulares.

Baño de realidad

Primero sepamos que las 63 principales presas hidroeléctricas que existen en Galicia inundaron 15.611 hectáreas de tierras fértiles de altísimo valor ocupadas por viviendas, huertas, frutales y viñedos. Presas que -ahora se sabe y se oye- robaron el 80% del sistema fluvial gallego al salmón y demás peces migratorios, más de 3.000 Km sólo en la cuenca del Miño.

Ante tanta salvajada, las “medidas correctoras” aparecían como una triste burla, ya que es imposible remediar impactos como el efecto barrera de una presa de ciertas dimensiones. Para muestra un botón: el ascensor para peces de Frieira, que en 1999 se definió como “ejemplo hidroeléctrico sostenible”, más de un millón de euros cofinanciados por la UE y la Xunta, que tuvo que ser reconstruido tras una crecida y jamás funcionó. Los actuales responsables de Medio Ambiente lo consideran un fallido intento de cubrir el expediente, y saben y admiten que es completamente inútil, lo cual se demostraría si tuviera una simple cámara para controlar los peces –que no tiene. Eso sí, como parte de las medidas compensatorias de Frieira, Fenosa construyó una piscifactoría en el Ulla para recuperar el salmón, aunque como todo el mundo sabe -o debería saber, la supervivencia del salmón depende más que nada de su desove natural en los ríos.

Corromper y destruir

Si esto es así, ¿cómo se ha podido corromper el sistema para, literalmente, regalar los ríos de todos a unos cuantos privilegiados? Evidentemente, porque el mismo encargado de velar por los ríos y los presupuestos públicos, ha trabajado de manera paralela al formalismo burocrático, para pervertir los fines de la legislación bajo la avaricia de dichos privilegiados, a través de la contraorganización. Es decir, mientras que se instruyen los expedientes oportunos, el poderoso trabaja sin descanso para eliminar la objetividad y la imparcialidad en el ejercicio de sus funciones.

De ahí a expropiar sin justificación, a actuar por la vía de hecho levantando las presas sin permiso alguno, a arrasar las fincas colindantes, a entubar ríos y fervenzas, a presentar mapas y proyectos falsos, a valorar a la baja los terrenos, a humillar y acallar a los técnicos y científicos independientes, y a tratar con soberbia a quienes critiquen o protesten, sólo hay un paso que se da con la mayor naturalidad, convirtiendo en inútil “Justicia de papel” incluso las sentencias del Tribunal Supremo. Hipócritamente, ante las noticias de la corrupción hidroeléctrica en La Coruña y en toda Galicia, el antiguo Presidente de la Xunta llegó a decir que todo lo que se hizo se hizo bien. Sin embargo el mismo Tribunal de Cuentas autonómico ha manifestado una y otra vez en sus Memorias que la Empresa Pública de Obras y Servicios Hidráulicos, dependiente de Aguas de Galicia, concedió 36 licencias de aprovechamiento hidroeléctrico en el periodo 1998-2001 “sin justificación”, ya que no se había aprobado aún el Plan Hidrológico Galicia-Costa. Asimismo, este Tribunal de Cuentas cuestiona que el sistema de otorgamiento de concesiones de las minicentrales hidroeléctricas “no permitió disponer de una visión de su impacto global”, recordando de paso que el Ministerio de Medio Ambiente “ha alertado de que actualmente las minicentrales en los ríos se perfilan como una seria amenaza para la diversidad biológica”.

De las concesiones revisadas, el Tribunal de Cuentas denuncia que todas “salen adelante” sin garantía de que las medidas correctoras propuestas “fueran efectivas” para asegurar su viabilidad ambiental y a pesar de las incidencias que plantean. Asimismo, el informe señala que el balance energético de Galicia “pone claramente de manifiesto” que se exporta gran cantidad de energía producida en la Comunidad, “concretamente la generada por las minicentrales”. Por ello, cuestiona su necesidad “desde el punto de vista energético”. Incluso la Dirección General de Patrimonio Cultural de la Xunta constata también la inexistencia de informes sobre el impacto de las hidroeléctricas en los yacimientos arqueológicos. Todas estas irregularidades se recogen en el informe de la Fundación Nueva Cultura del Agua (www.unizar.es/fnca): Aguas Limpias, Manos Limpias: Corrupción e irregularidades en la gestión del Agua en España, recién publicado. ¿Cómo se puede entonces negar lo evidente?

Porque la contraorganización se apoya a su vez en la cercanía al poder y desde el mismo poder, muy concentrado y opaco: en una misma Administración se reúnen las potestades sobre Industria, Aguas y Medio Ambiente, versión burocrática del popular yo me lo guiso, yo me lo como, por las cuales se bloquea toda iniciativa de transparencia y objetividad. El control y manipulación de los medios de comunicación hace el resto, y el sistema inicial se pervierte hasta tal punto de poderse afirmar que la Xunta ha trabajado más por destruir el propio territorio gallego que por conservarlo y restaurarlo.

Cartel de la campaña desarrollada por AEMS-Ríos con Vida desde 2002 junto a una amplísima red de organizaciones de Galicia, del Estado y de ámbito internacional

Viendo la luz

Pero tras tantas muestras de vandalismo institucional, la sociedad gallega ha reaccionado legítimamente contra estos atilas con coche oficial. Algún famoso alcalde enriquecido por el watio ha terminado ahora su viaje y ha emprendido camino de Roma, como Atila a las orillas del río Mincio ante León I, representado éste por los miles de ciudadanos anónimos y la prensa libre que muestran el hartazgo de corrupción, prepotencia, egoísmo y financiación ilegal de partidos políticos. Es hora ya de que se depuren todas las responsabilidades legales y morales y de que la Xunta dé carpetazo a esta manera de hacer las cosas, revisando su política de concesiones en los ríos, cancelando los despropósitos llevados a cabo por un puñado de vatios.

Y la movilización social por los ríos cuajó el pasado junio en la aprobación en el Parlamento autonómico de la Iniciativa Legislativa Popular para la Protección, Conservación y Mejora de los Ríos Gallegos (www.ilprios.org). La Xunta y la Confederación Hidrográfica del Norte revisan planes hidroeléctricos y listados de concesiones, y quieren imponer controles y gravámenes ambientales a las centrales. FENOSA ya se muestra dispuesta a hablar “de cualquier cosa” con la Xunta, incluso del impuesto verde y las concesiones hidroeléctricas, aunque sigue solicitando nuevas concesiones para seguir destruyendo los ríos gallegos -últimamente en el ya muy sacrificado Xallas.

Vale la pena el esfuerzo

AEMS-RIOS CON VIDA sigue pidiendo que se archiven estas nuevas peticiones, que se rescaten concesiones y se caduquen las que incumplen la legalidad, que reviertan a la Xunta las obras e instalaciones y se proceda a la restauración ambiental de los tramos degradados. La lucha por los ríos con vida sigue siendo dura, pero vamos viendo resultados. Como saben los lectores de Dánica, nuestra asociación fue pionera en hablar de demolición de presas en España, y ahora felizmente se suman también otras organizaciones y colectivos, reclamando el desmantelamiento de embalses particularmente dañinos, por ejemplo el de Arbón, en el asturiano Navia. Si muchos nos unimos empujando en la misma dirección, la utopía podría hacerse realidad.

Nosotros seguimos poniendo nuestro grano de arena con nuevos enfoques sobre realidades que parecían inamovibles -véase informes sobre revisión de concesiones, adecuación ambiental y desmantelamiento de presas en www.riosconvida.es, aunque la sombra de la corrupción hidráulica es alargada y los enemigos de los ríos no cejan. El Plan Hidrológico Nacional sigue ahí y el Ministerio de Medio Ambiente parece dar de cal o de arena en función de las presiones internas y externas que es capaz de resistir. Sí al embalse de Castrovido, pero no al del Gállego. La consigna ya no es dejar pasar todo a cualquier precio... Como pescadores conservacionistas, desde luego seguiremos trabajando por consolidar el cambio en la política de aguas, para que se denieguen presas innecesarias y se invierta de verdad en la conservación y recuperación de los ríos. Si te unes a nosotros, tendremos más fuerza para conseguirlo.

Artículo publicado en el número 27 de la revista Dánica. Diciembre de 2006


¿Interés general..., o interés mercantil?

Es sabido que en la práctica totalidad de las regiones españolas con pesca fluvial hay órganos consultivos que aconsejan e informan las decisiones de gestión de los gobiernos autónomos. Siendo consultivos su papel es limitado, pero no dejan de trasladar a las administraciones las diversas visiones y criterios de manejo de los recursos de pesca y su medio ambiente de los agentes interesados.

Compuestos por representantes de los departamentos implicados en el manejo de la pesca y los ecosistemas de agua dulce: servicios de fauna y pesca fluvial, organismos de cuenca, guardería, SEPRONA, expertos científicos, así como federaciones, asociaciones de pescadores, organizaciones conservacionistas o ecologistas... estos órganos reflejan la pluralidad social, reuniendo desde amantes de la naturaleza hasta quienes ante todo van a consultar: ¿y qué hay de lo mío?

AEMS-Ríos con Vida lleva años participando en estos consejos o comisiones asesoras, actualmente en Andalucía, Aragón, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Cataluña, Comunidad Valenciana, Madrid, Navarra y La Rioja, siempre formulando ideas y propuestas encaminadas a una gestión pesquera más racional y sostenible, capaz de conservar y mantener los recursos naturales. Y se han producido notables avances en algunas regiones, pero en mayor o menor medida queda en general mucho camino por recorrer, también en la concienciación y compromiso como pescadores en el bien común.

Renovar objetivos

Promovemos una pesca de calidad, con conocimiento y seguimiento científico de los recursos y hábitats, conservación de las especies y poblaciones autóctonas y restauración de su medio ambiente, mejor financiación y vigilancia de la pesca, educación ambiental de los pescadores... A menudo tenemos enfrente a diversos colectivos de pescadores: federaciones, sociedades con cotos consorciados, de ribereños, etc. Como pescadores podemos entender sus ideas y motivaciones, y coincidimos en señalar algunos problemas que aquejan a la pesca: los recursos van de mal en peor, los ambientes acuáticos están perdiendo la calidad necesaria, falta vigilancia de las agresiones ambientales y del furtivismo especialmente en épocas críticas, etc. Pero a menudo no compartimos el diagnóstico ni las terapias, sobre todo si pasan por “más de lo mismo”, por ejemplo “repoblar” sistemáticamente para suplir la carencia de peces salvajes, lo que se ha demostrado no ya inútil sino incluso contrario a los fines que perseguimos. Y discrepamos de los colectivos ribereños que piden “repoblaciones” mientras se niegan a aceptar cualquier restricción racional en sus “caladeros tradicionales”, como tampoco la adaptación de la temporada a los ciclos biológicos, la reducción de los cupos de capturas, la regulación de tallas, o la pesca sin muerte con la necesaria adaptación de técnicas y cebos para reducir la mortalidad. Tampoco compartimos la demanda de privilegios de acceso a la pesca ni las apetencias de participar directamente en su gestión. Defendemos el acceso igualitario de todos los colectivos y pescadores a la pesca y su gestión pública, no por ideología, sino porque la ley, el sentido común y las experiencias habidas nos avalan. Entendemos que entidades privadas como asociaciones de pescadores o las mismas federaciones, no estamos legitimados ni capacitados para administrar esos bienes comunes. Lo sabemos también porque lo hemos sufrido como pescadores, por ejemplo en Cataluña: quince años largos con todo acotado, “repoblado”... y degradado, para “engorde” de esa Federación. Políticas de dar peces a toda costa que ignoran y dañan los recursos pesqueros naturales. Porque los cotos intensivos pueden cumplir una función, pero no deberían ubicarse donde puedan perjudicar a las especies autóctonas; y por otro lado, la acuicultura industrial que los nutre lleva muchos años contribuyendo a deteriorar las cuencas altas de nuestros ríos y su biodiversidad natural, ya que transmite enfermedades a la fauna autóctona, erosiona su patrimonio genético y atrae nuevos predadores oportunistas. Existen piscifactorías que están afectando incluso a pequeñas poblaciones autóctonas muy vulnerables, un tesoro genético y garantía de futuro que en países con conciencia ecológica y gestión pesquera más avanzadas sería prioritario cuidar.

¿Quién debe gestionar?

Pensemos que las entidades de pesca que participamos en estos Consejos representamos a minorías de pescadores, y si algunas parecen otra cosa en ciertas regiones quizá sea porque han obtenido la promoción infalible de adquirir y ostentar privilegios de acceso a la pesca. Como ellos, nosotros también queremos influir en la gestión del pez y su hogar, pero en el bien común, ya que no queremos cotos privados, descuentos ni prebendas. Ahí la administración marca el campo de juego, planifica y ordena los recursos y su uso, y debería diseñar y dirigir las políticas de gestión atendiendo a criterios científicos y técnicos, tomando decisiones bien informadas y transparentes, siempre bajo la letra y el espíritu de la ley. Pero en esto de gestionar las aguas dulces y la pesca, lamentablemente el conocimiento suele ir muy por detrás del acontecimiento. Por ejemplo, hoy buena parte de nuestros ecosistemas, especialmente embalses, están invadidos de especies exóticas, algunas sin interés pesquero. Un embalse está dentro de una cuenca hidrográfica y no se puede aislar de ella. Las especies alóctonas que lo frecuentan interaccionan con la flora y fauna nativa tanto en el propio vaso como en los ríos que lo llenan. Actualmente muchas de nuestras cuencas, largamente alteradas por embalses, son auténticos laboratorios a cielo abierto donde la perturbación y el desequilibrio ecológico campan impredecibles; y sabemos bien poco de lo que está ocurriendo o puede pasar en el futuro, porque no se puede conocer lo que no se estudia.

Son muchos los problemas de las aguas continentales y la pesca, y los pescadores tenemos un importante papel que jugar, especialmente en los directamente asociados a la pesca. Estamos tranquilos porque no nos mueven intereses corporativos o particulares. Coincidimos con unos en el respeto a las capturas y a las normas, con otros en el aprecio de los peces de siempre. Defendemos esos peces en cantidad y calidad, y estamos convencidos de que sólo hay un modo de tenerlos: recuperar los ríos que son su hogar. Pero los escasos fondos dedicados a la gestión de pesca todavía hoy en la mayoría de las regiones se gastan más que nada en “repoblar”, generalmente a petición de los pescadores, a quienes durante décadas se nos ha inculcado esa “solución” a la merma de capturas. Puede faltar de todo: estudio, planificación y gestión, vigilancia, restauración... pero eso ¡que no falte! Y se suelen ignorar o trivializar los perjuicios de la acuicultura según se desarrolla en nuestros ríos, mientras se dilapida el dinero del contribuyente en servir privilegios y subvencionar peces domesticados a los pescadores.

En nuestras manos

Pero los pescadores podemos hacer mucho por las aguas continentales si cooperamos en el bien común, sin echar balones fuera y asumiendo lo que nos toca. Por un lado, pescar con el menor impacto posible sobre el entorno y los recursos naturales que utilizamos, y pedir un manejo sostenible de la pesca. Pero si hace falta dinero para conocer y solventar los problemas de la pesca y gestionarla mejor, considerando lo barata que es en España en relación a otros países de nuestro entorno sociocultural, los pescadores también podríamos contribuir a revalorizarla. La recaudación por tasas de pesca ingresa en las arcas autonómicas, pero la actividad es deficitaria y se sostiene con fondos públicos, ya que si los ingresos revirtieran en la gestión no alcanzarían ni de lejos a financiarla. Por ejemplo, en Castilla y León en el año 2000 los gastos de gestión e inversiones en pesca superaban en casi un 37% a los ingresos. Hay que pedir más presupuesto, pero si se encareciera razonablemente la pesca en general destinando la recaudación a mejorar el conocimiento, la planificación y el manejo pesquero, sin duda tendríamos mejores escenarios y recursos. Algunos achacan todos los males a una gestión pública que dicen ineficiente e incapaz de cuidar los recursos, y defienden la privatización como panacea, soslayando que la pesca, como actividad en la naturaleza, tiene evidentes implicaciones ambientales. Cualquier dominio o gestión privada de la pesca, que por definición perseguirá una rentabilidad económica, es fácil que choque con bienes y fines comunes como son biodiversidad o buen estado ecológico. Y a mayor injerencia de intereses mercantiles en las directrices, objetivos y medidas del manejo pesquero, menor garantía para el interés general. Tampoco entendemos la necesidad de “intermediarios” privados para que la pesca resulte económicamente viable. Si miramos a los países de nuestro entorno, no encontraremos razones objetivas para que el manejo público de la pesca en España no pueda resultar viable sin desorbitar los precios, e incluso arrojar beneficios que podrían ser más fácilmente dirigidos a la propia actividad, a mejorar el hábitat, los recursos pesqueros y su aprovechamiento sostenible. Y sobre todo, no podemos perder de vista que las experiencias de privatización de la pesca en nuestro país, lejos de la bondad que prometían, hasta la fecha han traído más bien enormes fiascos ambientales, sociales y económicos... salvo quizá para los pocos privilegiados.

Artículo publicado en el número 26 de la revista Dánica. Septiembre de 2006


Más presas... ¡que hay pocas!

El pasado 6 de abril, el Boletín Oficial del Estado publicaba unas sorprendentes Declaraciones de Impacto Ambiental de dos proyectos de presas en el norte de Palencia,
sobre el río de las Cuevas y el río Villafría, afluentes del río Valdavia (Pisuerga) situados en los términos municipales de Castrejón de la Peña y Santibáñez de la Peña (Palencia). Presas justificadas para uso de riego, que en su día fueron declaradas de “interés general” por parte de la Consejería de Agricultura y Ganadería de la Junta de Castilla y León

Manipulación

Tales declaraciones nos sorprenden porque son numerosos los problemas que la tramitación de ambos proyectos ha originado desde un principio. Hemos comprobado y demostrado que se han manipulado los estudios previos de los proyectos solicitados a científicos de la Universidad de Valladolid, con clara intención de “quitar hierro” al impacto ambiental de las presas . Además, sabemos que la Dirección General de Desarrollo Rural de la Junta de Castilla y León ha presionado para que salgan adelante. Tras cotejar la versión inicial de estos estudios y los informes presentados por la empresa pública Tragsa, AEMS-RIOS CON VIDA concluyó que, por un lado, las diferencias detectadas afectan a aspectos esenciales en la evaluación de impacto ambiental de los proyectos, concretamente el efecto barrera sobre las aguas y la fauna, la modificación de los caudales aguas abajo de las presas y la transformación del hábitat por el vaso del embalse. Teniendo en cuenta que estas cabeceras conservan valiosos tesoros naturales, entre ellos poblaciones de trucha puramente autóctona, la Universidad calificó los impactos del apresamiento como «negativos», de «ámbito extendido», «fuerte intensidad», «altamente irreversibles y persistentes» durante toda la vida útil de los proyectos. Pero los sutiles cambios realizados en las copias oficiales de esos informes recalifican como «moderados» los principales impactos que el asesor científico juzgaba «severos», todo sin justificación metodológica ni objetividad técnica alguna.

Los informes complementarios de Tragsa han sido elaborados por el organismo promotor, la citada Dirección General de Desarrollo Rural, con sede en Valladolid, a partir de lo que creemos una obvia y deliberada manipulación y falseamiento del contenido de los estudios de origen, concentrada en la valoración de los principales impactos de los proyectos. Asimismo, análisis genéticos previos demostraron la pureza de las poblaciones de trucha común, aunque más tarde se constató que se habían realizado sueltas ilegales de trucha de piscifactoría para hacer que la calidad ambiental de la zona fuese rebajada.

¿Presunto delito?

La manipulación da lugar a una valoración positiva de los proyectos que solo puede calificarse de totalmente arbitraria y tendenciosa ya que carece de justificación técnica o científica alguna. Por realizarse dentro de un procedimiento administrativo reglado, los hechos descritos pueden constituir cuando menos graves irregularidades en la tramitación de estos proyectos, e incluso, posiblemente, podrían ser constitutivos de delito de falsedad en documento público. Subrayemos que el mundo de las grandes obras hidráulicas ha sido protagonista de grandes casos de corrupción, con ese típico alejamiento del cacareado “interés general”, tan proclive a muy particulares intereses privados. Este caso, de hecho, ha sido expuesto junto a otros muchos en el reciente libro de la Fundación Nueva Cultura del Agua Aguas limpias, manos limpias. Corrupción e irregularidades en la gestión del agua en España' (www.unizar.es/fnca), y nos tememos que no sea el último de índole parecida en la cuenca del Duero.

La gravedad de los hechos nos impulsó a dar constancia oficial tanto a la Junta de Castilla y León como a la Confederación Hidrográfica del Duero y al Ministerio de Medio Ambiente, reservándonos el derecho de comunicarlos al ministerio fiscal, y pidiendo la suspensión cautelar del procedimiento administrativo en curso, con vistas a la desestimación definitiva y al archivo de ambos proyectos. No obtuvimos respuesta ni noticia alguna sobre ellos hasta el pasado 6 de abril, cuando aparece publicada en el BOE las correspondientes declaraciones de Impacto Ambiental (DIA), que asombrosamente dan luz verde a estas grandes presas en las cabeceras del río Valdavia.

Seguir en guardia

Mientras seguimos preguntándonos el porqué de las manipulaciones e irregularidades y quienes serán los beneficiarios de la adjudicación millonaria de estos proyectos, daremos los pasos oportunos frente a esta indecencia en la gestión de bienes y asuntos comunes, y continuaremos exigiendo la necesaria transparencia pública en la toma de decisiones. Siendo los campeones mundiales en embalses tanto por habitante como por superficie, esta denuncia tendría que servir para debatir públicamente la conveniencia de destruir los pocos valles fluviales bien conservados que nos quedan, en teoría para seguir regando cultivos excedentarios con aguas potables superficiales públicas casi gratuitas; y más ahora que “nuevos” proyectos de presas innecesarias y destructivas para los ríos con vida amenazan otros ríos salmonícolas de la cuenca del Duero, como los de Duerna, Eria y Omaña. Pues bien, que sepa esa Confederación, como los promotores y amigos de tamañas tropelías, que trataremos por todos los medios de impedirlas y no nos cansaremos de denunciarlas. No duden que el saqueo del patrimonio natural y social, como el subsidio permanente de bienes públicos que a todos nos pertenecen encontrarán coto más tarde o temprano; y si como dice el refrán: “arrieritos somos...” andando el tiempo esperamos encontrar a quienes hoy se creen a cubierto de la ley en el lugar que les corresponde, ahora sí en aras del interés general de los ciudadanos. Por nosotros no quedará... con tu ayuda.

Artículo publicado en el número 25 de verano de la revista Dánica. Junio de 2006.

Puedes descargar el Informe publicado por AEMS-Ríos con Vida


Puedes descargar el Informe publicado por AEMS-Ríos con Vida en: Informe AEMS/Informes/Informe 2004_Presas Cuevas y Villafría (Palencia) de www.riosconvida.es (link al informe)


Los Otros Ríos

Generalmente como pescadores tendemos a olvidar aquellos tramos fluviales temporales con escaso interés como escenarios de pesca, pero con un significativo valor ecológico. Como amantes de los Ríos con Vida y su biodiversidad natural queremos dar voz a todos, trucheros o ciprinícolas, para que sean más conocidos, queridos y respetados, incluso a esos otros que sin fluir constantemente y aún sin peces que pescar, no dejan de tener un gran valor ecológico, y muchas veces también una trascendencia económica y cultural como recursos y paisajes asociados a la actividad humana a lo largo de la historia.

Por variedad orográfica, geológica y climática, la Península Ibérica presenta una gran versatilidad de cursos fluviales, desde ríos cortos con grandes pendientes que nacen en tramos de alta montaña hasta ríos largos compartidos con los países vecinos. Dentro de esta riqueza, los ríos mediterráneos serían los más extremos, por la estacionalidad del régimen de lluvias y precipitaciones. Con grandes fluctuaciones naturales del caudal, alternando prolongadas sequías con tremendas avenidas, entre los cursos mediterráneos cabe diferenciar entre ríos permanentes, que fluyen todo el año, y temporales, que en verano se secan completamente o sólo mantienen pozas aisladas.

Ríos son, aunque no corran

Los ríos temporales, aún generalmente sin poblaciones de peces deportivos, nos muestran cada año el milagro de la vida que se abre paso con las lluvias de otoño o primavera. En cuanto el río vuelve a fluir atrae una comunidad de macroinvertebrados sencilla pero con una alta capacidad colonizadora que, en las semanas siguientes, se verá reemplazada por otra comunidad mucho más compleja, similar a la que encontraríamos en un río permanente. Con el verano, los rápidos y el oxígeno van disminuyendo y todos los seres adaptados a estas condiciones (por ejemplo muchos tricópteros y plecópteros) aprovechan para emerger y reproducirse antes de tener que refugiarse en las pozas, donde no podrían subsistir. En un tramo dominado por pozos aislados en verano, las comunidades de macroinvertebrados son totalmente diferentes a las que encontrábamos en otoño e invierno, seguramente formadas por libélulas o “caballitos” (odonatos), escarabajos acuáticos (coleópteros) y chinches acuáticas (heterópteros). Si las pozas llegan a secarse, algunos organismos emergen o se desplazan a otras pozas, mientras otros construirán refugios y se enterrarán en el lecho esperando el agua que les devolverá la actividad. Los ríos mediterráneos temporales alternan sequías y avenidas en frecuencia e intensidad impredecibles, de modo que pueden permanecer secos durante un periodo de tiempo muy variable, desde un solo verano hasta uno o varios años.

Riera de Salamanca. Parque Natural de “Sant Llorenç del Munt i Serra de l’Obac (Barcelona). Verano

La gran variabilidad climática, unida a los avatares históricos de la fachada mediterránea de la Península, ha dado a estos ríos una fauna y flora peculiar, muy diversa, y muy rica en endemismos en comparación con los ecosistemas fluviales de climas más atemperados como los centroeuropeos. Pero la variación natural de los caudales hace a estos cursos altamente sensibles a las agresiones humanas, particularmente la contaminación. La reducción o ausencia de flujo en verano limita la capacidad de dilución de los vertidos, y luego las avenidas facilitan el vertido de sustancias contaminantes por parte de empresas que aprovechan estos momentos para deshacerse de sus residuos impunemente. Problemas que lógicamente se acentúan cuando los caudales se reducen y modifican a base de presas, minicentrales, pozos o bombeos, lo que es moneda corriente en cualquier lugar y más aún en las zonas secas de nuestro país.

El hambre y las ganas de comer

Y mal que se trata a los ríos en general, no digamos ya a los que sólo fluyen por temporadas. Y siendo tan sensibles los ríos mediterráneos a las perturbaciones ambientales, y va a juntarse la deforestación y la erosión, la elevada densidad de población en estas regiones, el desmesurado e imprudente crecimiento urbanístico y turístico, la falta de conciencia ciudadana, la mala gestión de los recursos... Permanentes o temporales, la inmensa mayoría de los ríos mediterráneos están sometidos a importantes perturbaciones humanas que dañan y alteran significativamente el estado ecológico de sus aguas. Y en los temporales la reducción del caudal incrementa la contaminación, y la irregularidad del flujo favorece que el cauce seco llegue a convertirse en paseo, carretera, aparcamiento o vivienda, con las consiguientes desgracias en inundaciones. Consecuencias del olvido general que sufren los ríos temporales del levante peninsular por parte de demasiados ciudadanos como de las propias Administraciones que, a lo sumo, los consideran meras zonas de desagüe que hay que canalizar y controlar. Lo cierto es que climatología e intervención humana se alían para que estos ríos mediterráneos se encuentren hoy entre los hogares más duros para cualquier forma de vida. La dureza natural se traduce en organismos adaptados que aportan una elevada y valiosa biodiversidad. La artificial conlleva la simplificación y empobrecimiento de los ecosistemas, con importantes pérdidas de hábitats y organismos únicos.

Riera de Salamanca. Parque Natural de “Sant Llorenç del Munt i Serra de l’Obac (Barcelona). Primavera.

Los retos

A fines del año 2000 la Unión Europea aprobó la Directiva Marco de Aguas, que obliga a los estados miembros a evaluar el estado ecológico de sus cursos fluviales y masas de agua, y establecer medidas correctoras en caso necesario para lograr su buen estado ecológico. Desde entonces no se hicieron los deberes, y si bien hace meses que parecen estarse moviendo las cosas, ya vamos con bastante retraso para poder cruzar la meta en 2015 en las primeras posiciones de la tabla. De hecho, tendremos que recuperar bastante terreno si no queremos quedar en el furgón de cola, igual que nos ha ocurrido frente a los objetivos firmados en Kioto para la reducción del cambio climático. Todavía estamos en la primera tarea: definir unas condiciones ambientales de referencia seleccionadas para cada tipo de río, lo que necesariamente ha de llevar a las administraciones a tomar mayor conciencia de la variabilidad fluvial de nuestro país y a coordinarse para gestionarla mejor.

Como ciudadanos, hemos de tomar conciencia de la importancia natural y social de estos otros ríos, tan implicados y relacionados en el ciclo del agua como los demás ecosistemas y recursos permanentes, superficiales o subterráneos. Y las administraciones han de hacer lo propio para conservar este patrimonio fluvial singular y diverso, valor ecológico y fuente de recursos y cultura para innumerables civilizaciones a lo largo de la historia. ¿Nos resignaremos a que todo eso quede completamente sepultado y olvidado en unas pocas generaciones? El mandato legal es trabajar por el buen estado ecológico de las aguas, pero hay que hacer frente al incremento urbanístico y turístico, los regadíos insostenibles, las industrias contaminantes, la falta de conciencia individual y social... Quizá una parte importante de esa pugna sea frente a alguien que está dentro de nosotros mismos... Si es así, piénsalo dos veces, pelea por los ríos con vida y...
¡Que gane el mejor!

Artículo publicado en el número 24 de la revista Dánica. Marzo de 2006.


Minicentrales que matan

Periódicamente seguimos oyendo alabanzas y argumentos a favor de las minicentrales hidroeléctricas en los ríos. El Instituto de Diversificación y Ahorro Energético (IDAE) “vende” este tipo de energía como de reducido impacto ambiental, y plantea el objetivo del Plan de Fomento de Energías Renovables de llegar a 2.300 o 2.400 MW instalados en minicentrales en el año 2010 desde los 1.548 MW actuales. Ahora tenemos más 1.000 minicentrales hidroeléctricas en nuestros ríos y para cumplir ese objetivo marcado a 2010 se dice que habría que construir 1.000 más.

Lamentablemente, este informe, que incluye conclusiones de los departamentos de industria y energía de las CCAA, evalúa el impacto de las distintas tecnologías de generación eléctrica mediante unos “ecopuntos” que ignoran completamente el grave impacto ambiental local que muchas minicentrales tienen sobre los ecosistemas acuáticos donde se instalan, degradando y destruyendo su biodiversidad y productividad originales. Y siendo demagógico el titular de que las minicentrales sustituyen la quema de 250.000 toneladas equivalentes de petróleo al año, porque al ritmo que crece la demanda energética lo cierto es que la minihidráulica jamás podría sustituir ni un kilovatio más “sucio”, más impresentable todavía es reducir el impacto de la generación eléctrica a la capa de ozono y el calentamiento global. La realidad es que la merma de aportaciones y el esperable avance en el cumplimiento de la ley por parte de las presas y centrales existentes, no sitúa a la hidráulica como solución al apuro energético, y mucho menos a las minicentrales. Porque una vez alcanzados esos 2.400 MW en 2010, unos pocos inversores ganarán dinero, quizá algún funcionario o político se haya enriquecido con comisiones o luzca medallas “verdes”, pero tendremos más ríos enfermos o heridos de muerte y el problema energético será igual o peor.

Digan lo que digan, se sabe que muchas minicentrales, incluso de construcción reciente, están fraccionando, regulando y degradando nuestros cursos fluviales. Denuncias ha habido muchas, pero nos gustaría poder cuantificar cuántas de las minicentrales españolas son estructural o coyunturalmente insostenibles, porque parece que los responsables de industria y energía de Comunidades o Estado tampoco lo saben y menos que les interesa. Para esos temas otros doctores y órganos competentes hay que se suelen pronunciar en los expedientes, pero informes tan poco serios, y más partiendo de organismos oficiales como es el IDAE, desde luego acrecientan nuestra preocupación. Porque podemos afirmar sin temor a equivocarnos que no abundan los buenos ejemplos de minicentrales que no condenan a los ríos que las sufren. Y si los hay no los conocemos, por lo cual llevamos años instando a aquellos que saben de tan loables casos que los presenten públicamente para que todos podamos unirnos en la aclamación. Seguimos esperando. Porque todas las minicentrales con presas de más de 2 o 3 m, que puentean un determinado tramo fluvial derivando caudales para descargarlos más abajo, es decir, la gran mayoría de esas más de 1.000 que tenemos en España, serían potencialmente peligrosas para los ecosistemas, y sin duda cientos de ellas ahora mismo están dañando los valores naturales y culturales que sostienen esos ríos. Porque las escalas o sistemas de paso para peces faltan, funcionan mal o son un pegote inútil, porque los caudales “ecológicos” que se fijan son inadecuados e insuficientes. Porque podrá ser fluyente, es decir, dar salidas por entradas, pero una minicentral de no ubicarse a pie de presa siempre deja un tramo más o menos largo (a menudo varios km) con poca o menos agua, lo que perjudica a la fauna acuática residente como transeúnte, por ejemplo a los peces, que tienen la manía de ascender o descender el río para reproducirse y sobrevivir. Porque muchísimas minicentrales, sobre todo en regiones con precipitaciones y caudales menos abundantes y regulares, donde se pretende viabilizar lo insostenible, son de un tipo tan rentable como nocivo: con presa fluyente o de regulación, canal o tubo que deriva un apreciable segmento de río, cámara de carga, tubería forzada y turbina que en muchos casos operan en emboladas o hidropuntas, causando fluctuaciones diarias que van mermando la vida acuática aguas abajo de la devolución, arrastrando macrobentos, huevos y alevines. Porque peces y otros animales entran y mueren año a año en canales y turbinas en muchas minicentrales; porque casi ninguna presenta medidores que permitan controlar el caudal derivado y atajar el incumplimiento de la Ley, que es moneda diaria...

Se sabe, y el Tribunal Supremo lo ha ratificado en el caso de tres minicentrales del Alto Tajo puestas en funcionamiento hace poco más de una década. Nuestros ríos ya tienen demasiadas presas y minicentrales, y 1.000 más sólo pueden perjudicarles, a menos que efectivamente fueran ese modelo de sostenibilidad que pregonan el IDAE o los promotores minihidráulicos, que entonces serían necesarias muchas más de otro millar para instalar tal potencia. Insistimos: ¿cuántas minicentrales sostenibles hay en España? ¿Conocen alguna con presa pequeña, escala o by-pass eficaz, toma sumergida, turbina de escasa potencia, segmento fluvial muy corto y adecuado para que no suponga una barrera, paisajísticamente integradas?... ¿Y saben de alguna que esté dando esos tan cacareados puestos de trabajo estables en esas “zonas deprimidas”?

Entérense señoras y sres. de las administraciones, promotores minihidráulicos y corifeos: en cauces fluviales naturales, mucho más en tramos de alto valor natural y paisajístico, otros tipos de minicentrales serían potencialmente insostenibles. No siembren falsedades... Vale más que fomenten el ahorro energético, ¡no hagan anuncios, sino verdaderas políticas de ahorro e innovación energética: frenen y reduzcan el desmedido consumo, hagan casas y coches energéticamente eficientes, apuesten e inviertan en el sector solar con tanto potencial en nuestro país, investiguen y desarrollen la tecnología del hidrógeno!... Y antes de ignorar o trivializar los efectos de esas más de 1.000 minicentrales que están funcionando en nuestro país, sométanlas a auditoría ambiental, cierren las inviables e inviertan en las que puedan llegar a hacer razonablemente compatibles con los ecosistemas que las soportan. Y entretanto...

¡Dejen en paz los ríos que nos quedan!

Publicado en el nº 112 de Federpesca, febrero de 2006


Cantidad y Calidad

A pesar de las aguas otoñales, muchos de los 1.300 embalses peninsulares siguen bajo mínimos, sobre todo en las cuencas mediterráneas y meridionales. Las inmensas orillas peladas dejaron al descubierto la multitud y variedad de cachivaches ligados al ocio y la ocupación del tiempo libre a la que estamos acostumbrados: hierros oxidados de la silla plegable, latas de refrescos o de sardinas, bidón vacío (o casi) del aceite del coche... Y también la tarrina de gusanos, la lata de maíz, el sedal, los anzuelos y plomos... Contaminación al fin y al cabo. Contaminación visual que igual que puede agredir nuestro sentido ético y estético, daña el ecosistema acuático más o menos humanizado. Sin embargo, siendo estos residuos relativamente fáciles de detectar, de recoger y eliminar, el daño no tendría por qué ser irreparable. Ahora, que las campañas de limpieza de los ríos generalmente están condenadas a quedarse en lavados de cara y conciencia que reconfortan el corazón y permiten que algunos se cuelguen medallas.

Pero hay otros tipos de contaminación más discreta y menos evidente, pero seguramente mucho más dañina, como la contaminación química, o la difusa que proviene sobre todo de la agricultura. Se considera que sólo la industria química ha introducido más de 100.000 sustancias sintéticas diferentes en el medio acuático. Miles de sustancias que son arrojadas en cantidades desorbitadas a nuestros ríos y que serán retenidas en los lodos de los pantanos o finalmente irán a parar al mar, pues sólo una pequeñísima parte serán depuradas y eliminadas. Algunas las vertemos a diario a través de las aguas residuales de nuestros hogares, otras vienen del insostenible “modelo” agropecuario, y otras, a menudo altamente tóxicas y persistentes, proceden de la industria y la minería, son conocidas aunque no declaradas por sus productores. Sustancias que aún con una presencia en el vertido aparentemente poco significativa, no sólo pueden resultar muy dañinas para los ecosistemas sino que reaccionan y se transforman en el medio dando lugar a otros productos químicos cuya toxicidad desconocemos y no controlamos. Hidrocarburos, disolventes orgánicos, organoclorados, metales pesados, residuos radiactivos, PCBs, agua calentada por reactores nucleares o térmicos... aguas fecales de multitud de poblaciones de menos de 15 o 10.000 habitantes vertidas a diario a ríos o mares... restos de plaguicidas y abonos de la agricultura en cursos y acuíferos, de purines de las granjas.... de las piscifactorías... Abonos y biocidas que destruyen el oxígeno y la vida, aguas calientes que eliminan y sustituyen comunidades... compuestos químicos que reaccionan entre sí, se acumulan en los organismos y traspasan las redes tróficas, poniendo en peligro también nuestra propia salud y vida...

Miles de sustancias, de las cuales a lo sumo unas pocas centenas están catalogadas y son detectadas en los más finos análisis fisicoquímicos de seguimiento que realizan las autoridades hidráulicas. Una incontrolada y sin duda inmensa carga contaminante a juzgar por su impacto sobre la vida, que se puede constatar en los análisis toxicológicos y que aflora como punta de iceberg a través de indicadores biológicos y ecológicos al uso. Índices que hoy completan los análisis oficiales de las aguas, testigos del daño impotentes para defenderse, incapaces de señalar culpables; resignados a una agresión permanente pero no identificada. Un reciente informe de Greenpeace sobre la calidad de nuestras aguas continentales señalaba que según nuestras propias confederaciones y agencias de aguas sólo el 11% de las aguas superficiales y el 16% de las subterráneas estarían en condiciones de cumplir los objetivos ambientales estipulados por la Directiva Marco de Aguas de la UE. Y como calidad y cantidad van de la mano, a los vertidos se añade la regulación y la extracción abusiva de agua del río o acuífero, especialmente en las cuencas mediterráneas, donde por otra parte sigue creciendo la demanda de recursos para regadíos, segundas residencias, complejos turísticos y campos de golf... Más de la mitad de las aguas embalsadas en nuestro país tienen problemas crecientes de eutrofización, especialmente en el Tajo, Duero, cuencas catalanas y Galicia-costa; muchas de las aguas subterráneas están contaminadas por nitratos y son prácticamente irrecuperables sin alto coste... Y las autoridades responsables saben perfectamente que los vertidos están degradando nuestras aguas dulces, que la contaminación es de lejos el factor más importante en la pérdida de recursos hídricos, que no hay caudales ecológicos que valgan aguas abajo de muchas presas... Pero una especie de pacto de silencio induce al ciudadano a mirar para otro lado, incluso en la inopia de pensar que la contaminación ha disminuido porque hay muchas depuradoras... A los pescadores desde luego no nos pueden engañar.

Qué poco respeto por ese líquido tan simple como esencial para la vida, incluyendo por supuesto la nuestra. Creemos que entre todos podemos hacer mucho más de lo que pensamos por el agua y los ríos con vida: cuidarlos como si fueran lo más nuestro, porque lo son, y exigir menos demanda, más ahorro y fuera venenos. Aprendimos en el colegio que el agua es un líquido incoloro, inodoro y sinsabor, que viene de lluvia o nieve. Esperamos que nuestros hijos o nietos puedan seguir experimentándolo, nadando, pescando y bebiendo del agua viva. No nos resignemos nunca a que la nombren avergonzados o acaben conociéndola por la marca embotelladora.

Publicado en nº 111 de Federpesca, enero de 2006


De Salmones y humanos

Entrando el invierno, cuando las cañas de muchos mosqueros se aletargan, también tendremos ocasión de salir al río, ahora para asistir a uno de los maravillosos espectáculos que todavía nos brinda cada año nuestra naturaleza salvaje: la freza de los salmónidos.

Y si es a la orilla de algún río gallego o cantábrico, podemos contemplar las peleas y cortejos de los salmones salvajes, peces que nacieron en los altos del río, bajaron al océano, recorrieron miles de kilómetros para alimentarse, y retornaron al punto de partida para su cita reproductiva. El salmón es seguramente el mejor exponente de los ríos fríos y bien conservados del Norte templado, ya que en un momento u otro de su vida necesita agua dulce limpia y oxigenada, y ha de recorrer al menos dos veces el tortuoso corredor desde las cabeceras al estuario, y viceversa, para completar su ciclo biológico. Siempre acosado por depredadores -humanos y animales- y arrinconado por la destrucción y alteración de su hogar, ignorante de la ambición, pasiones y desvelos que provoca, el salmón vuelve cada año, casi de milagro, a respirar y ascender el río hasta las mismas gravas que lo vieron nacer.

El ocaso del salmón

Desde los años 60, la presión pesquera en las rutas y zonas marinas de alimentación del salmón se acentúa. Las capturas casi se triplican hasta 1973, para caer después irremisiblemente. Un declive que se había notado antes en muchos ríos salmoneros, primero por la sobrepesca, y más tarde y sobre todo por la sustracción y el deterioro del hábitat fluvial por la contaminación y la hidroeléctrica.

Ya sabemos que cada cuenca tiene sus salmones y que perder una población es perder un tesoro genético acumulado durante miles de años, adaptado a su medio como ninguno. En España, de los al menos 33 ríos salmoneros históricos, la especie desapareció en 10 antes de 1950, o bien vio reducida drásticamente su área de reproducción por presas y contaminación, casos del navarro Bidasoa o del asturiano Nalón. Ocurrió décadas antes en otros países, por ejemplo en el Este norteamericano, donde se empezaba a tomar conciencia del problema y a intentar poner remedios –generalmente baldíos-, mientras en España se interponían nuevos muros entre los peces y sus frezaderos. Desde entonces hasta mitad de los años 70 se perdieron algunas poblaciones (Mera, Anllóns y Grande do Porto), pero también se redujo dramáticamente el área potencial de reproducción y crecimiento en cuencas como el Miño (Galicia), con hasta entonces unos 3.200 km salmoneros; Navia y Narcea (Asturias), Nansa (Cantabria). En pocos años se perdió más del 80% del hábitat potencialmente accesible al salmón en nuestros ríos. A día de hoy, las presas siguen ahí, y aún se alzan nuevos y ya obsoletos proyectos hidroeléctricos que amenazan la vida del salmón sin apenas contemplarla. No sólo los grandes obstáculos son dañinos. Muchos pescadores hemos visto saltar a los salmones alturas considerables, pero la realidad es que un obstáculo de 30 a 60 cm, aún teóricamente franqueable en determinadas condiciones, puede ser un filtro que retiene y acumula peces aguas abajo, lo que además de aumentar el estrés en hacinamiento mermando el estado sanitario de los peces, provoca retrasos en la migración y altera la freza. Por añadidura muchas de las presas construidas no prevén el descenso de los esguines, tan vital para el salmón como el ascenso de los adultos. Y barreras son también las aguas contaminadas, reguladas, encauzadas... con desgraciados ejemplos recientes como la canalización masiva del curso medio del Pas (Cantabria)...

Que sin barreras por medio los salmones siguen su camino, lo sabe un niño, y también algunos “pescadores” contrarios al derribo de las barreras como a la construcción de pasos que, si hay escala y funciona, piden –y consiguen- que el organismo piscícola la cierre en la época hábil... Para que cuatro atrapen peces. Lo importante son las capturas y las barreras siempre favorecen a los depredadores del salmón.

Sobrepesca

Una población animal tiene un tamaño mínimo viable. Si atraviesa ese umbral, sufrirá endogamia y perderá genes únicos. Los pescadores saben que quedan salmones en el río cuando finaliza la pesca, pero ¿qué salmones y cuántos quedan?

Las capturas controladas en nuestros ríos crecieron finalizada la Guerra, alcanzando máximos a fines de los años 60, pero desde mitad de los 70 y en adelante cayeron, suponiendo hoy sobre una tercera parte de lo que fueron. El registro dice poco de la abundancia puntual de salmones, pero detecta tendencias de las poblaciones a medio y largo plazo. Capturas más irregulares y escasas en los años dan más pie a importar huevos de salmones alóctonos para cría y repoblación, y de hecho las primeras grandes mortandades de salmones conocidas en nuestros ríos por Aeromona salmonicida con pocas dudas vienen de esas repoblaciones con juveniles iniciadas a fines de los 60. Además aquellos salmones no volvían, y tuvo que ser en los años 90 cuando se retoman planes de repoblación a partir de adultos salvajes.

Es difícil valorar la incidencia de la pesca deportiva en el declive del salmón, pero desde luego no es casual que a altos picos de capturas sucedan profundos valles. Y hoy en Asturias, única región donde el salmón aunque no abundante sí es común en ciertos ríos, gran parte de los mejores reproductores, de dos o más años de vida marina y mayoritariamente hembras, sigue siendo sacrificada a la pesca antes de que pueda desovar. No es raro que la gestión pesquera trate más de satisfacer a los pescadores que de cuidar a los peces, pero en esto de repoblar, Asturias se lleva la palma. Como hay suficientes reproductores... Todo y aunque los retornos de origen repoblado se estiman en torno al 5% en la mayor parte de los ríos, algo más altos en algunas cuencas muy concretas como Sella (Asturias) o Asón (Cantabria), donde entran sobre todo en otoño -como hicieron la mayoría de sus progenitores-. La “repoblación masiva” es peor si se asocia a una sobrepesca selectiva de los ejemplares que mejor garantizarían el mantenimiento de la población. Todo indica que el salmón retorna mayormente gracias al desove natural en todas las cuencas, y las poblaciones mayores podrían prosperar mejor sin repoblaciones a poco que se las dejara, pero en Asturias la repoblación parece cuestión de fe, ya que carece de sentido a menos que se quiera sustituir la población salvaje por una doméstica. ¿Y luego?

Ahora, no cabe duda que el ocaso del salmón ibérico se ha reflejado en la gestión pesquera. En Cantabria y Navarra se produjeron algunos avances en la restauración del salmón, pero se sigue permitiendo una pesca bastante imprudente vista la fragilidad de las poblaciones. En Galicia se han establecido algunos vedados y cupos de captura, pero más por necesidad que por convicción. En Asturias, se pusieron unos pocos cotos de captura y suelta obligatoria... al final de la temporada.

¿Qué será?

La conciencia ecológica avanza, y en los últimos años, además de hablar del salmón e invertir más en conocerlo y darlo a querer, se han recuperado algunas cuencas mediante tratamiento y control de vertidos y captaciones, derribo total o parcial de pequeños azudes o presas inútiles, construcción o rehabilitación de pasos para peces, etc. El salmón ha llegado incluso a reintroducirse con éxito en algunos cauces vascos. Algunos logros, sí, pero muchos más asuntos pendientes.

No deseamos que los salmones del Narcea, Sella o Cares corran la misma suerte que han seguido los otros, a los cuales por lo demás se les sigue pescando, a más de poco y mal, lo más que se puede. Riberas donde hoy la pesca del salmón es trofeo de cuatro y comentario de mil, cultura resignada a añorar lo que fue y ya no es.

Algunos, quizá más de los que pensamos, tenemos un sueño: magníficos y abundantes salmones salvajes en ríos libres y limpios. Con el cambio climático, nuestros salmones son hoy seguramente tan importantes para la supervivencia mundial de la especie como lo fueron durante la última glaciación. Hay mucho que hacer por el bien del salmón, y numerosas personas y colectivos dispuestos a echar una mano, pero los pescadores tendríamos que aplicarnos el cuento: no tendremos fuerza moral ante ninguna instancia a menos que aceptemos la regulación racional de la pesca y promovamos las otras medidas necesarias para recuperar el salmón.

Con tu ayuda, podemos conseguirlo.

Artículo publicado en el número 23 de invierno de la revista Dánica. Diciembre de 2005.


¿Ríos... o canales?

El reto del agua dulce, como bien indispensable a la naturaleza y a nuestra propia vida, es hacer compatible su uso con el mantenimiento de los ecosistemas que soporta.

El río que rinde el espectáculo de la vida, envuelto y salpicado de verde, revoloteado de hermosos o discretos bichejos, sembrado de huevos, surcado por aletas, alas, patas o pelos, removido de cacerías, celos y espantos. El río vivo que necesita su bosque y su soto, cañón y valle sucediéndose desde las cumbres, frío de invierno y calor de verano, y las nieves o lluvias que lo crean, alimentan y transforman. Ese río serpenteando en el paisaje de una vida, el río de paseos, baños, pesca...

Fueron verdaderos ríos, pero ahora en sus partes bajas, medias y altas más bien son canales. Sólo en algunos cursos y tramos, más que nada cabeceras, y con permiso de minicentrales, captación abusiva, vertidos y otros atentados veraniegos... -y con esta sequía...- podemos tener la grandiosa sensación de sumergirnos en una naturaleza salvaje o poco domesticada.

Declina la era dorada del canal y el hormigón según asoma al horizonte el obligado cumplimiento de la Directiva Marco de Aguas de la UE. El mandato es conocer y controlar el estado ecológico de las aguas dulces para su mantenimiento, mejora o restauración. Tenemos hasta 2015 para conseguir una utilización del agua mucho más racional y sostenible con vistas a los objetivos de calidad deseados, pero arrastramos pesados lastres en el tratamiento y gestión del agua dulce. El río pisoteado por máquinas y obras durante los muchos lustros de imperio hidráulico con cargo a los presupuestos generales, paradigma del manejo del recurso, motriz, agrícola y potable, con la explotación total como meta y la concesión administrativa como instrumento. El río brutalmente sometido a compuertas y llaves de paso con el beneplácito de las confederaciones -esas “zonas oscuras” del Ministerio...-

Tenemos casi 1.300, y más grandes embalses innecesarios se están construyendo “gracias” al PHN. Una de cal y otra de arena, buenas palabras y deseos que tropiezan en la cruda realidad. Y es que, además de sostener la vida y la actividad humana, el agua atiende intereses y rinde cuentas. A menudo no es una necesidad vital lo que está en juego. Puede ser cosa de unos pocos kilovatios que aportan una minucia al consumo energético total pero se ingresan a la red por buen dinerito. Por algo sigue el asalto minicentralero a los capilares más finos de la red fluvial, los mejor conservados.

Este año empezaba con una buena noticia para los amigos de los ríos. El Tribunal Supremo ratificaba la sentencia del Superior de Justicia de Madrid dictada en 1999 sobre los recursos interpuestos en 1990 por nuestra organización ante varias concesiones hidroeléctricas a Unión FENOSA en el Alto Tajo. Nuestra Asociación las recurrió a la Confederación Hidrográfica del Tajo (CHT) alegando que son incompatibles con el ecosistema fluvial, ya que fragmentan el hábitat y las poblaciones de peces, y cambian radicalmente el régimen natural de caudales y las condiciones del medio acuático. Estas minicentrales alteran el lecho, las orillas y riberas, los ciclos de actividad de las especies, impiden la migración y reproducción de los peces en sus mejores frezaderos, los apresan y matan en canales y turbinas; y esas sueltas indiscriminadas que han puesto en riesgo incluso la integridad física de los pescadores... Industrias que empobrecen la vida del río tanto en el tramo derivado como aguas abajo de la restitución, dañando los valores y el paisaje del Parque Natural del Alto Tajo. El Supremo ratificó que los mal llamados caudales ecológicos que impuso la CHT, ese genérico 10% del caudal medio interanual (c.m.i.), no puede mantener la vida del río, y tampoco se justifica en criterios técnicos o científicos de ninguna clase. También condenaba las bruscas oscilaciones del caudal al arranque y parada de las máquinas, la carencia de barreras adecuadas que impidan la entrada de peces a las tomas, y la carencia de medidores para controlar el caudal derivado.

Y el pasado mes de mayo la CHT resolvía de un plumazo los tres expedientes: si la concesión de La Rocha fijaba 1060 l/s de caudal “ecológico” ahora ponen 1823; si en Peralejos eran 536 ahora son 1140; y los 225 l/s en la Hoz Seca ahora serán 391. Las tres resoluciones incluyen también una tasa de variación máxima del caudal de 1 m3/s al arranque y parada, y dan seis meses al concesionario para que presente proyectos de barreras homologadas en las tomas. Si los caudales “ecológicos” antes estaban teóricamente sobre el 10 % del c.m.i., ahora supondrían entre el 17 y el 21 %. Se han encarecido, pero es que estaban tirados, y desde luego nada ecológicos cuando siguen ignorando incluso el clima y las estaciones..., y eso cuando se cumplen. Y apostamos cien a uno a que tampoco se apoyan en estudio de ninguna especie. Es decir, una nueva arbitrariedad, con olvido selectivo de obligaciones legales, que ni es solución ni esconde el fondo del problema: estas instalaciones son incompatibles con el río, y sobran en un santuario natural tan valioso. Ahora, si te vale, bien, y si no, a un nuevo contencioso, y el concesionario a su lucro otros diez o doce años más. Ya veremos...

Entretanto, instamos a los organismos de cuenca a que revisen y caduquen las concesiones hidroeléctricas abandonadas o que infringen la ley; pedimos verdaderos regímenes de caudales ambientales en los tramos fluviales regulados por presas grandes o pequeñas -ya veremos luego cómo funcionan-; y que termine la subvención a este kilovatio que se dice “verde” pero que tanto daño hace a tantos ríos.

Que no son canales...

Publicado en el nº 110 de Federpesca, Diciembre de 2005


Nuestro cangrejo

Hoy tenemos diferentes especies de cangrejos de río, pero el nuestro, el que tradicionalmente alimentó a animales y hombres en la España caliza, ha desaparecido en la mayor parte de los tramos fluviales donde abundaba.

Nuestro cangrejo (Austrapotamobius pallipes) vivía en ríos y arroyos de corriente suave, aguas claras y frías, ricas en sales de calcio y potasio, del centro y norte de la península, y en algunos reductos en el sur y sureste. Según los expertos, su regresión viene primero por la pérdida de su hábitat, y luego por la plaga del cangrejo. El declive había comenzado ya en los años 50, cuando crece la importancia económica y cultural de la especie. Los trabajos científicos de entonces anticipaban que entre la sobreexplotación pesquera y la industrialización -presas y embalses, canalización de los ríos y creciente uso de insecticidas, fertilizantes, detergentes y otros contaminantes-, sus poblaciones podrían verse seriamente perjudicadas. Con la peste se precipitó la extinción. Hoy el cangrejo ibérico sobrevive como puede en algunas cabeceras fluviales de Aragón, el País Vasco, Castilla-León, Castilla-La Mancha, La Rioja y Córdoba, incluso a altitudes que nunca lo habían visto antes. Seguramente es Aragón donde aún hay más poblaciones cangrejeras, mientras que Burgos es posiblemente la provincia que conserva las mayores poblaciones.

La plaga mortal

A “lomos” de los cangrejos norteamericanos importados, llegaron sus enfermedades. El hongo Aphanomices astaci vino a Europa mediado el siglo XIX, y pasó a los cangrejos europeos, muy sensibles a sus efectos. La plaga se extendió rápidamente con ayuda de “repoblaciones” y equipos de pesca infectados con esporas, aniquilando la mayoría de las poblaciones autóctonas. Como los peces también actúan como vectores pasivos del hongo, la proliferación de piscifactorías de truchas arco iris sin duda ha contribuido a extenderlo. La continua reducción de la densidad y distribución de los cangrejos de río europeos frente a una constante y fuerte demanda en el mercado, provocó que en muchos países europeos se introdujeran especies americanas con requerimientos ecológicos parecidos o simplemente resistentes a la plaga.
Dando la razón al conocido lema España es diferente, la afanomicosis tardó más en afincarse aquí, coincidiendo con primeros intentos de introducción de cangrejos exóticos a fines de los 50. Las primeras mortandades se achacaron más a factores de estrés causados por la contaminación de las aguas y la destrucción o transformación de los ecosistemas fluviales, que comenzaban a hacerse más patentes en un incipiente desarrollo económico.

Los otros

De las seis especies de cangrejos que se han intentado introducir en nuestro país sólo ha prosperado y extendido el cangrejo “rojo” (Procambarus clarkii), y el “señal” (Pacifastacus leniusculus). El primero –que encontramos vivo en muchos mercados- se introdujo en 1973 bajo auspicio del ICONA para establecer poblaciones reproductoras comercialmente explotables, primero en Badajoz y enseguida en las marismas del Guadalquivir. A partir de ahí y dada la rentabilidad inicial se fue expandiendo solo y con ayuda de pescadores y propietarios arroceros. En 1987 se llegaron a producir unas 5.000 toneladas, pero los precios bajaron a medida que la especie se extendía, mientras que los daños iban aumentando. El cangrejo más difundido por el mundo, vector de la afanomicosis, gran competidor por el hábitat y otros recursos del autóctono y muy perjudicial para los cultivos y otros intereses humanos, es un “ingeniero” del paisaje y el ecosistema, que socava los taludes con sus madrigueras, y a altas densidades puede acabar con las plantas acuáticas, causando eutrofización y enturbiamiento permanente del agua y dando lugar a cambios ecológicos radicales.

En 1974 se introdujo el cangrejo señal para “repoblar” donde las poblaciones autóctonas desaparecieron o habían retrocedido. Se creía que podía detener el avance del rojo, y que sería el “sustituto ecológico” del autóctono. Pero el señal también es portador de la plaga, y aunque puede coexistir con el autóctono y sus nichos ecológicos se superponen, difiere en dinámica poblacional, resistencia a enfermedades, preferencias alimenticias e impacto sobre las plantas acuáticas. No extrañan tales equívocos, ya que estas introducciones se realizaron sin ningún tipo de estudios ecológicos previos.

¿Y ahora, qué?

El cangrejo autóctono se encuentra gravemente amenazado en nuestro país y precisa medidas de urgencia que detengan su declive. La historia tiende a repetirse, sobre todo si no asimilamos sus enseñanzas. La dispersión del rojo y el señal es un grave problema para la conservación de los ríos y uno de los principales obstáculos para recuperar nuestro cangrejo. La pesca y la falta de medidas de control contribuyen a la rápida expansión del señal en nuestras aguas. Algunas administraciones siguen realizando programas de introducción, repoblación o reforzamiento con señal, contradiciendo la información científica y vulnerando normas y convenios nacionales, europeos e internacionales, que prohíben introducir y/o traslocar especies exóticas en el medio natural.

Hay que decir alto y claro que se puede y se debe recuperar nuestro cangrejo, pero para ello hay que apoyarse en el conocimiento científico. De hecho, los pocos planes de recuperación emprendidos en España, como el de Castilla La Mancha con la astacifactoría de Rillo de Gallo (Guadalajara), están consiguiendo resultados positivos. Las Comunidades han de planear y asignar recursos, pero también se precisa una estrategia coherente y común coordinada desde la administración central, sobre todo para gestionar los cangrejos invasores. Los objetivos, prioridades y contenidos básicos de estos planes estarían bastante claros. Para empezar, se debería prohibir el comercio en vivo del cangrejo rojo, y evitar el del señal y de otras especies exóticas. También hay que hacer centros de recuperación, bancos de genes y planes de reintroducción, sin descuidar la educación ambiental que sensibilice e implique a la ciudadanía, especialmente a los pescadores y la población local. Y lo más importante, cuidar y restaurar los ríos con vida.

Publicado en el nº 109 de Federpesca, noviembre de 2005


La seca

Sufriendo todavía este larguísimo verano, en el año más seco de los últimos 60, empezamos a mirar el cielo esperando las lluvias de otoño, que si tampoco llegan a su hora confirmarán los peores augurios: que hemos entrado en un nuevo período seco de insospechada duración. Recordemos la pertinaz sequía que asoló el país en los primeros años 90. Luego las lluvias volvieron y afortunadamente se quedaron, y vivimos una década de normalidad e incluso de bonanza hidrológica que dejaron aquel episodio en una mala pesadilla.

Entonces ya tuvimos que entrever los graves problemas y carencias del país en materia de aguas y haber hecho las oportunas previsiones, pero nuestros gobernantes volvieron a malinterpretar la última lección de la naturaleza y como solución plantearon más de lo mismo. Siguió así una política irracional e insostenible que permitía e inducía el derroche, ofreciendo o prometiendo más y más agua subvencionada a base de grandes infraestructuras hidráulicas con cargo a los presupuestos. Y estos años de lluvias llenaron los embalses, pero raramente favorecieron la vida en los tramos regulados, porque los caudales se han seguido soltando como siempre, en función de las concesiones, sobre todo de riego o hidroeléctricas. En España, la agricultura hoy se lleva en torno al 80% del agua embalsada que no se pierde en las conducciones, la industria el 15% y la demanda urbana sobre el 5%. Es evidente que la mayor parte de este agua se va en una política agraria que hoy está abocada a un profundo cambio. De los caudales que salen de los embalses para mover las turbinas hidroeléctricas se habla poco, pero es una forma más de dilapidar esas reservas que, según nos han dicho siempre, si no se retienen se acaban “perdiendo en el mar”. Luego se niegan caudales ecológicos al río, y mientras se pide “solidaridad” a los arroceros de los deltas que ven como sus tierras se salinizan por la intrusión marina, o a los pescadores de bajura, que han visto arruinarse las pesquerías, por la reducción de los caudales y la escasa aportación de sedimentos y nutrientes, retenidos en los embalses...

A pesar de que ya hace muchos años que grandes zonas del país padecen una grave desertificación, incluso en las regiones más secas se generaban falsas expectativas de agua traída de otras cuencas, se hacía la vista gorda con el creciente “pinchazo” de acuíferos para regar ilegalmente, y se cedía ante cualquier demanda de agua, por insensata que fuera, vaciando los embalses y otorgando nuevas concesiones. En numerosos casos se ha ido gastando el agua según llegaba a los vasos, sin dejar que se llenaran para cumplir una de sus principales funciones declaradas: reservar “excedentes” que garanticen el abastecimiento, especialmente en tiempos de “vacas flacas”. Pero esta vez las lluvias no han llegado, y la renta se ha dilapidado de tal forma que en sólo un año de grave sequía ya tenemos la cuenta del agua en números rojos en buena parte del país. Somos los campeones mundiales en embalses y queríamos construir más, pero al primer año seco ya se nos anuncian restricciones. Algo no encaja.

Ahora la sequía es dramática, y puede empeorar. La falta de agua también altera la pesca y sus escenarios. De hecho, en las comunidades autónomas más afectadas, por ejemplo Castilla-La Mancha, ya arrancando el verano se han adoptado medidas excepcionales, cerrando tramos a la pesca e incluso trasladando poblaciones de peces o cangrejos (autóctonos) para evitar mortandades. ¿Qué podemos hacer? Por un lado, como ciudadanos, tomar conciencia del problema y actuar en consecuencia, ahorrando agua y energía en la medida que podamos. Por otro, como pescadores responsables, en estas circunstancias lo mejor es confiar en los técnicos y aceptar y apoyar las medidas que hayan tomado o deban tomar para minimizar daños a la fauna y la flora acuáticas. También podemos aplicarnos cierto autocontrol, evitando pescar en los lugares más afectados por la sequía, donde los peces bastante tienen con soportarla.

Y en la prolongada seca también se nos desvela la intrincada relación de todos los hilos en la red de la naturaleza. Recordamos ahora el terrible incendio del pasado julio en el Alto Tajo, donde sequía, imprudencia, viento y gestión forestal se aliaron en una tragedia que, sin duda, tendrá también consecuencias para la vida acuática cuenca abajo. Porque los grandes incendios no sólo queman el monte, sino también el río. Las lluvias que lo alimentan, tras un gran incendio y por largo tiempo vierten torrenciales, ácidas y cargadas de sedimentos, pudiendo llegar a matarlo. Los pescadores también somos excursionistas, y aparte de no hacer hogueras o barbacoas donde y cuando no se debe, deberíamos evitar arrojar colillas, vidrios, latas y otras basuras inorgánicas en los lugares de pesca, que además de respetar a la naturaleza y a nuestros semejantes, tentaremos un poco menos a ese diablo de fuego que en la seca acecha para arrasarlo todo.

Publicado en el nº 108 de Federpesca, octubre de 2005


Juicio al caudal ecológico

En la recta final de la temporada de pesca de trucha y salmón, asoman ya nuestros escenarios de pesca de septiembre y octubre, esos tramos casi siempre regulados por grandes presas, y a menudo también por minicentrales. Y pensando en esos caudales artificiales que perturban el río y la vida de los distintos organismos que lo habitan, y especialmente la actividad y el ciclo vital de los salmónidos, queremos contaros lo que para nosotros es una gran satisfacción, la culminación de una larga batalla administrativa y judicial alrededor de ciertas minicentrales.

Catorce años han tenido que pasar y mucha agua por las turbinas de Zahorejas, Peralejos de las Truchas y Hozseca, en los ríos Tajo y Hozseca, dentro del entorno protegido del Parque Natural del Alto Tajo: hemos obtenido un logro histórico para el futuro de nuestros ríos y sus peces, y quizá, por qué no decirlo, también de la pesca. Fue el pasado mes de enero cuando saltó la noticia: el Tribunal Supremo ratificó la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Madrid dictada en 1999 sobre los recursos interpuestos en 1990 por AEMS-Ríos con Vida ante estas concesiones hidroeléctricas a Unión Fenosa, explotadas por Navarro, S.A. Nuestra Asociación había recurrido las resoluciones de la Confederación Hidrográfica del Tajo que otorgaban estas concesiones para uso hidroeléctrico. Siempre consideramos, y así alegamos, que estas y muchas centrales hidroeléctricas eran y son incompatibles con la conservación y mantenimiento del ecosistema fluvial; más aún en cabeceras y tramos altos de los ríos, donde alteran radicalmente el régimen natural de caudales y las condiciones del medio acuático, empobreciendo la vida del río tanto en el tramo derivado como aguas abajo del punto de devolución.

Estas minicentrales transforman el lecho y orillas del río agostándolo y reduciéndolo, alteran el bosque de ribera, crean barreras a los peces en forma de presas y tramos de escasa profundidad que dificultan o impiden el remonte hacia sus frezaderos, los engullen en las tomas y turbinas, alteran los ciclos de actividad de las especies y a la vez favorecen pistas de acceso, líneas eléctricas y demás elementos que degradan el río, las riberas y el paisaje de lo que es uno de los principales valores del Parque Natural del Alto Tajo, espacio incluido en la red de espacios protegidos por las Directivas de Hábitats y de Aves de la Unión Europea. A veces incluso las violentas sueltas de agua han puesto en grave peligro la integridad física de las personas, especialmente de los pescadores.

Además, la Confederación Hidrográfica del Tajo impuso medidas correctoras insuficientes e inútiles a la empresa titular, ya que era imposible controlar si se cumplían. No había dispositivos que midieran el caudal que se lleva a la turbina y que, tras su posterior devolución al río, provoca bruscas crecidas en pocos segundos. Y qué decir de las escalas para peces. Al igual que en otras muchas presas de minicentrales construidas en zonas de montaña en los años noventa, pocos peces siquiera intentan remontar las escalas de las presas de Peralejos o de Zahorejas. Por si fuera poco, se sabe y se ha denunciado que estas minicentrales han estado funcionando en pleno estiaje, vulnerando abiertamente las condiciones de la concesión. Desgraciadamente, la primera sentencia de 1999 no dictó la suspensión cautelar de los aprovechamientos, con lo que el río ha estado sufriendo el abuso continuo hasta ahora que el Tribunal Supremo se ha pronunciado ante los recursos interpuestos por las partes.

Pero hoy, el evidente deterioro de la población truchera en la zona afectada que muchos aficionados hemos denunciado públicamente, ya se ha estudiado y demostrado científicamente. Y ahora, el Tribunal Supremo ha ratificado que el mal llamado caudal ecológico, ese continuo del 10% del módulo o similares despropósitos considerados “provisionales” en los planes hidrológicos de las cuencas, impuestos aquí por la Confederación, son incapaces de mantener la vida del río, no se basan en criterio técnico o científico alguno, y no parecen atender sino a los intereses particulares de los concesionarios. La sentencia insta a la Confederación y al Ministerio de Medio Ambiente a estudiar y determinar las exigencias de las especies fluviales del río y un régimen ambiental de caudales que sostenga su hábitat, con una regulación que por otra parte habrá de estar sujeta a vigilancia y control y, por tanto, a posible revisión. En esas, la sentencia también obliga al concesionario a limitar las oscilaciones bruscas de caudal al arrancar o detener las máquinas. Y por otro lado, el titular de las concesiones tiene que instalar barreras eléctricas que impidan el acceso de los peces a los canales y turbinas.

Son de destacar también las cortapisas que se han sufrido en este proceso, ya que tanto la Abogacía General del Estado, representante de la Confederación, como los letrados de Unión Fenosa, pretendían impedir el juicio alegando nuestra falta “interés legal” en la protección de los ríos y el medio ambiente. Parece que ellos, a diferencia del juez, no se habían leído nuestros Estatutos.

Aprovechamos para pedir públicamente que cesen las ayudas a la producción hidroeléctrica en los ríos, y particularmente en cabeceras y tramos altos, precisamente los que guardan más diversidad y calidad de vida: los RÍOS VIVOS, esa “especie” cada vez más rara y amenazada por la agresión humana. Muchas veces esa energía minihidraúlica que nos quieren vender como “limpia”, daña hábitats y comunidades muy valiosas, incluso especies y espacios protegidos, a cambio de unos pocos kilowatios rentables sólo a unos cuantos. No creamos tampoco la publicidad engañosa que hacen algunas empresas eléctricas comercializando una “energía verde” que no se sabe dónde ni cómo se genera, ya que procede de una única red que absorbe y distribuye toda la producción sea cual sea su origen. Y es que las minicentrales podrían producir una energía verdaderamente limpia, pero ubicadas en canales de riego, salidas de depuradoras y otras obras hidráulicas, nunca en los tramos altos de los ríos, precisamente las zonas mejor conservadas, y mucho menos con abuso y desprecio de la ley.

También alentamos a los organismos de cuenca a dejar de ver y tratar los ríos como meros canales, a cumplir su obligación de velar por su salud, dictando la caducidad de los cientos de concesiones en desuso que existen en este país, así como de las que incumplen la ley; si hace falta incluso expropiando cuando afecten a lugares con valores y recursos naturales, entre ellos los pesqueros, para demoler las presas y restaurar el ecosistema.

Por último, queremos agradecer sinceramente la labor y el ánimo de Luis Antúnez Valerio, histórico Presidente de esta Asociación, que empezó la larga lucha que ahora ha terminado por dar frutos. Igualmente, rendir homenaje a todos aquellos que con su esfuerzo altruista y desinteresado han hecho posible este logro. Ahora podemos decir que ha merecido la pena, y ahora nos corresponde a todas las personas y colectivos de pescadores y amantes de nuestras aguas dulces alzar el arma de esta crucial sentencia en su defensa.

Artículo publicado en el número 22 de otoño de la revista de pesca a mosca Dánica. Septiembre de 2005.


El agua, en el río!

Catorce años han pasado y mucha agua por las turbinas de las minicentrales de Zahorejas, Peralejos de las Truchas y Hozseca, en el Parque Natural del Alto Tajo, pero ¡al fin ha llegado la noticia! Alumbró el año con un gran logro para los pescadores y amantes de los ríos: el Tribunal Supremo ha hecho firme la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Madrid dictada en 1999 sobre los recursos interpuestos en 1990 por AEMS-RÍOS CON VIDA ante la concesión de estas centrales hidroeléctricas a Unión Fenosa, explotadas por Navarro, S.A.

Si la primera sentencia, lamentablemente, no decretó la suspensión cautelar de estos aprovechamientos, el Supremo ha ratificado que el mal llamado caudal ecológico, ese mínimo continuo del 10% del caudal medio anual o similares que figura como “provisional” en la planificación hidrológica de las cuencas, impuestos aquí por la Confederación Hidrográfica del Tajo, son claramente insuficientes y no se fundamentan en criterios técnicos o científicos. Ahora queda en el tejado de dicha Confederación y del Ministerio de Medio Ambiente el determinar y luego aplicar un régimen ambiental de caudales capaz de mantener el estado del ecosistema, una regulación siempre sujeta a seguimiento y por tanto a posible mejora necesaria.

AEMS-RIOS CON VIDA recurrió la concesión otorgada a Unión Fenosa porque estas centrales hidroeléctricas son incompatibles con la conservación y mantenimiento del ecosistema fluvial, ya que alteran radicalmente el régimen natural de caudales y con ello la temperatura y oxigenación  del medio acuático, empobreciendo la vida del río tanto en el tramo derivado como aguas abajo de la restitución. Así, transforman el lecho y orillas del río agostándolo y reduciéndolo, también crean barreras a los peces en forma de presas y tramos de escasa profundidad que dificultan o impiden el remonte hacia sus lugares de reproducción, los engullen en las tomas y turbinas, y a la vez favorecen pistas de acceso, líneas eléctricas y demás elementos que degradan el río, las riberas y el paisaje en este rincón del Parque Natural, dentro de la red de espacios protegidos por las Directivas de Hábitats y de Aves de la Unión Europea.

Además, las medidas correctoras impuestas por la Confederación a estas empresas se vieron insuficientes y difíciles de controlar, ya que no hay dispositivos que midan el caudal que se deriva, se provocan bruscas oscilaciones de caudal en los cauces, que sufren grandes sueltas de agua en pocos segundos. Y qué decir de las escalas para peces. Como pasa en otras muchas presas de minicentrales construidas en los años 90 (visítense por ejemplo las gargantas de Aravalle y Barbellido, Cepeda de la Mora, etc. en el Tormes y el Alberche), pocos peces siquiera intentan remontar la escala de la presa de Peralejos o la de Zahorejas. ¡Y es que ni Pérez de Tudela en sus mejores tiempos! Por otra parte, se tiene constancia de que se han turbinado las aguas en pleno estiaje, a pesar de estar prohibido

Merecen comentario también las cortapisas jurisdiccionales que nuestra organización ha sufrido a lo largo de estos años, con la incomprensible pretensión de la Confederación Hidrográfica, la Abogacía del Estado y Unión Fenosa de nuestra falta de “interés legal” en la protección de los ríos y el medio ambiente, que quería impedir que se iniciara el juicio.

A todo esto, AEMS-RIOS CON VIDA pide el cese de las subvenciones a las minicentrales hidroeléctricas en los ríos y particularmente en sus cabeceras, tramos altos y mejor conservados. Estas instalaciones pueden producir una energía verdaderamente limpia, pero ubicadas en canales de riego, salidas de depuradoras y otras obras hidráulicas. Desde luego nunca en los tramos y entornos más preciados. Igualmente, alentamos a los organismos de cuenca a cumplir sus obligaciones de revisar y caducar tanto las concesiones en desuso como las que incumplen la ley. Si hace falta incluso expropiando cuando afecten a valores y recursos naturales, entre ellos los pesqueros, para demoler las presas y restaurar el ecosistema.

No queremos dejar pasar la ocasión de agradecer sincera y encarecidamente la labor y el ánimo de Luis Antúnez Valerio, histórico Presidente que fue de nuestra Asociación, quien con su esfuerzo y capacidad, empezó esta larga lucha que ahora ha terminado por dar frutos. No todos pensarán lo mismo pero... ¡ha merecido la pena!

Publicado en el nº 105 de Federpesca, julio de 2005


El futuro de la pesca

Ya en una nueva temporada de pesca de salmónidos, las órdenes de vedas de las distintas Comunidades Autónomas vuelven a reflejar la evolución de la gestión pesquera en nuestro país. Pese al tradicional continuismo, este año encontramos algunas novedades importantes, como puede ser el impulso claro de la pesca sin muerte de la trucha autóctona en Andalucía, las medidas para atenuar la presión pesquera en Navarra, o el aumento lento pero constante de los tramos libres sin muerte en Castilla y León. Además soplan nuevos y esperanzadores vientos de cambio en Cataluña, que por fin se lanza a actualizar la legislación en su territorio, lo cual esperamos que ponga punto final al “modelo” de gestión insostenible y socialmente injusto de la última década que, al margen de los sabidos escándalos, ha contribuido más bien al deterioro de los recursos pesqueros en esta Comunidad.

No se puede responsabilizar a los gestores de la pesca de los muchos males de nuestros ríos, donde confluyen diversas competencias. Salvo en aguas interiores de algunas regiones, el Ministerio de Medio Ambiente manda en el continente, el medio físico; mientras que los organismos autonómicos ambientales y de pesca lo hacen sobre el contenido, la vida del río. Hasta el momento los gestores de la pesca raramente toman muchas de las decisiones que realmente afectan al hábitat de los peces, y la actuación de las autoridades y la necesaria cooperación entre administraciones del Estado generalmente no se orientan a cuidarlo y restaurarlo. Otra cosa es que nuestros gestores de pesca realmente apuesten por conocer y usar de forma sostenible los recursos naturales renovables de los ríos en lo que sí es su competencia, es decir en la regulación y el manejo de la pesca recreativa.

Existe un cierto consenso entre el colectivo de pescadores -y entre los mosqueros es un sentir casi unánime- de que las cosas no van bien, que se va haciendo cada día más difícil disfrutar de nuestra afición en aguas sanas con peces en calidad y cantidad, que tramos que albergaron buenas poblaciones empeoran o se encuentran bajo mínimos. Todos estamos de acuerdo en que queremos seguir pescando, pero cada uno tenemos una visión de la situación y opinamos sobre lo que habría que hacer. Lo cierto es que algo hay que hacer... y además es que hay mucho que hacer! Cuando hablamos de ecosistemas fluviales y de seres vivos no vale el método de prueba y error porque los  errores pueden traer consecuencias imprevistas e irreversibles, así que en principio tendríamos que ser prudentes. Desde luego, la prioridad de las administraciones debería ser cuidar lo que todavía conservamos y el nuestro de disfrutarlo siendo conscientes del impacto que como pescadores producimos sobre las poblaciones de peces. Aquel tópico de que la caña no hace daño hace ya años que se demostró falso; la presión pesquera sobre las poblaciones, teniendo en cuenta la reducción de las zonas naturales de pesca de salmónidos y el incremento exponencial del número de licencias, probablemente es aún más intensa de lo que pensamos. Sólo hay que analizar muestreos de poblaciones –cuando existen- antes y después de la temporada de pesca para ser conscientes del impacto de la pesca que, finalmente y en alguna medida, es sobre el conjunto del ecosistema. Otro de los puntos en el que casi todos los pescadores estaremos de acuerdo es la contaminación que el progreso mal entendido ha provocado y de la cual es muy posible que no hayamos empezado sino a vislumbrar algunas de sus posibles consecuencias. No sólo son los vertidos agropecuarios, industriales y urbanos a los ríos, sino también las emisiones a la atmósfera, con efectos a escala tanto regional como global como la lluvia ácida, el debilitamiento de la capa de ozono, el efecto invernadero y el cambio climático. Podemos hablar también del impacto de las infraestructuras hidráulicas y la gestión del agua, que hemos repasado en anteriores artículos: todos esos cauces cortocircuitados y secos, esos desembalses con sus graves efectos para nuestras poblaciones de peces y para nosotros mismos, a veces con desgraciadas consecuencias personales que no podemos olvidar. El  caso es que los riesgos y amenazas al medio ambiente de nuestros ríos y peces no han hecho sino crecer en las últimas décadas, y van en aumento.

Pero ya hablando de la “pesca” en sí, el furtivismo es otro de los muchos factores que inciden sobre las poblaciones de peces, sobre todo de trucha y salmón. Aunque en su facción más virulenta está disminuyendo con la casi generalizada prohibición de comercialización, la pesca ilegal habitual –los tres de siempre- o puntual –los del verano- sobrevive seguramente mucho más de lo que desearíamos en numerosos  tramos salmonícolas poco o nada vigilados. Al hilo de ello, parece claro que la falta de guardas en los ríos, en número, formación y horario laboral adecuados, así como la escasez de medios en las Administraciones Públicas que gestionan la pesca continental, son los otros dos problemas fundamentales a juicio de la mayoría de los pescadores.

Sin embargo hay otros temas que no generan tanto acuerdo entre los pescadores. Por ejemplo, el problema de las especies foráneas, algunas de ellas introducidas legalmente hace décadas y la mayor parte de forma ilegal. Esos lucios, black bass luciopercas, siluros, percasoles, pecesgato, etc., etc. que sin duda han afectado a nuestras poblaciones de peces y por ende a sus hábitats, especies muchas veces olvidadas en su valor tanto biológico como deportivo. Otro punto que crea grandes controversias se refiere a la participación de las agrupaciones de pescadores u otras entidades privadas en la gestión de los tramos de pesca y, en definitiva, cómo y hasta dónde podemos implicarnos como usuarios de los ríos y los peces en su cuidado y mantenimiento. Pensamos que hay que hacerse una reflexión sincera sobre los verdaderos motivos de determinadas apetencias gestoras que, a la luz de los hechos, en general no parece que pasen precisamente por favorecer una pesca de calidad en unos ríos sanos, sino que más bien responden a intereses corporativos y de negocio.

Por último, eso que de lo que todos hablamos pero que muchas veces no apreciamos en su verdadera dimensión: las repoblaciones. Pensemos en las ingentes cantidades de truchas y salmones de piscicultura que se han echado a nuestros ríos, que no sólo no han conseguido mantener ni mucho menos mejorar los recursos pesqueros, sino más bien deteriorarlos. Aparte otras implicaciones de las repoblaciones de suplemento y la acuicultura masiva en los tramos salmonícolas, en ocasiones con gravísimos e irreversibles efectos, es un hecho que una parte fundamental de los recursos destinados a una gestión de la pesca por cierto económicamente muy deficitaria, se suelen dedicar a la compra de peces para los intensivos, cotos que por cierto no siempre se ubican en ambientes más o menos artificiales ni mucho menos despoblados de genes autóctonos. Todo y eso sabiendo que las únicas medidas de gestión que se han mostrado capaces de mejorar y mantener los recursos pesqueros y la biodiversidad fluvial a largo plazo, bien se han dirigido a cuidar y restaurar el hábitat, o bien a regular la presión de pesca ajustando las capturas para permitir la renovación y mantenimiento de las poblaciones. Dentro de esta última línea de gestión entra la captura y suelta o pesca sin muerte que, si bien para muchos de nosotros es una forma de entender la pesca, para los técnicos es un instrumento que limita el impacto de la pesca sobre las poblaciones. Desde luego no es la única medida que se puede adoptar para reducir la presión pesquera y favorecer la reproducción natural de los peces. Sigue viva cierta inercia que frena el avance de otras medidas alternativas que ya se han mostrado útiles en otros países para favorecer la supervivencia y el desove, como por ejemplo establecer tallas máximas de captura en lugar de las sempiternas tallas mínimas. En algunas comunidades vemos cómo se sigue gestionando con los únicos mimbres de la inercia y la intuición, imponiendo normas sin justificación técnica, muchas veces para contentar a ciertos colectivos. Los pescadores queremos reglas sencillas de entender y cumplir, pero también necesitamos normas bien adaptadas a cada tramo de pesca en función de la presión pesquera que pueda sostener. Se trata de pescar, sí, pero dejando que el río y los peces hagan su tarea.

Todos queremos seguir disfrutando de nuestra pasión, así que hemos de pensar en lo que cada uno de nosotros puede hacer; plantearnos que somos usuarios y no propietarios de los ecosistemas fluviales ni de los peces; que hemos de hacer compatible el aprovechamiento pesquero con el mantenimiento de los hábitats fluviales y su biodiversidad silvestre. Ello implica analizar las cosas a largo plazo, al contrario de lo se hizo y de lo que se sigue haciendo en demasiados casos, a pesar de los errores irreversibles que estamos pagando. Sepamos que no disfrutaremos de una pesca de calidad sin conservar y recuperar los ecosistemas: con ríos vivos, tendremos una pesca de calidad; si no dejamos que el río y sus poblaciones se puedan autosostener y pretendemos sacar peces a costa de lo que sea, pues ya sabemos lo que un día nos tocará: pagar más para pescar domésticos allá donde no puedan dañar a los salvajes, ya que la sociedad se cansará de subvencionar esta pesca, igual que la que agota los recursos naturales.

Evidentemente el futuro de la pesca exige muchos cambios en diferentes esferas. Gracias a la ventana que nos ofrece DÁNICA, que agradecemos públicamente, desde AEMS–Ríos con Vida vamos a participar en el necesario debate exponiendo nuestra visión de los problemas de los peces, la pesca y los pescadores, temas que abordaremos en próximos números para incitar la reflexión de los lectores.

Artículo publicado en el número 21 de verano de la revista de pesca a mosca Dánica. Junio de 2005.


La nueva Normativa de pesca

Baja el río revuelto con la normativa de pesca que se prepara en Cataluña. Hasta ahora sólo hay un borrador de Anteproyecto, pero ciertos aspectos ya vienen suscitando la polémica en este mundillo de la pesca. Es natural, dados como somos los pescadores, no ya a opinar sobre los asuntos que entendemos tienen que ver con nuestra afición, sino incluso a sentar cátedra sobre lo que habría que hacer o no en tal o cual caso, por compleja y ajena a nuestra formación que parezca la materia. Es también muy bueno, porque no se puede avanzar sino confrontando ideas y proyectos. Son esos debates de fondo que se producen cuando la sociedad ha de mirar una realidad global y decidir los objetivos y acciones para encararla.

Lógicamente, la legislación estatal de 1942 está superada, y Cataluña necesita un instrumento adecuado y útil en el desempeño de sus actuales competencias en medio ambiente y pesca fluvial. Hay que saber que la protección y conservación del medio ambiente es un mandato consagrado en nuestra Constitución. Luego hay directivas europeas, legislación estatal y autonómica sobre aguas dulces, hábitats, fauna y flora silvestre, etc.; y también, cómo no, convenios internacionales, estrategias para la conservación de la biodiversidad, etc. De ahí que la conservación y recuperación de las poblaciones autóctonas naturales y sus hábitats sea objetivo fundamental en toda legislación medioambiental y, por supuesto, también en las normas de pesca continental.

Alguien puede pensar acertadamente que muchas leyes se incumplen todos los días y no pasa nada. Pero las normas, base de un Estado de Derecho, no suelen ser irracionales ni arbitrarias ya que, si bien imperfectas en tanto cosa humana, su vocación es entender la realidad y remediar los problemas. Además, tras los afanes de conservar ese lince, pez o mariposa hay algo más que un patrimonio natural legalmente reconocido y más o menos amenazado; está el interés por la vida, la presente y la futura, la de la naturaleza y también la nuestra y la de nuestros hijos. Nosotros no defendemos los ríos y sus especies salvajes por legalismo, idealismo o esnobismo, y tampoco por puro altruismo. De hecho, somos pescadores, y tan egoístas como cualquiera: nos gustan las aguas y los peces de verdad, los salvajes, los de toda la vida. Sabemos que si los perdemos no podremos disfrutarlos, no ya nosotros, sino tampoco los que vengan después. Si queremos que vivan, crezcan y se reproduzcan en el río, tenemos que evitar que el ecosistema pierda su calidad y sus recursos, cuidar y reparar el hogar de los peces.

Nuestros abuelos no conocían la trucha arcoiris y hasta hace cincuenta años tampoco teníamos lucios, basses, sandras o siluros... esos que solemos decir peces “deportivos”... pero tampoco cangrejos americanos, pecesgato, percasoles, alburnos... Podemos pensar que el lucio y el bass hoy en día ya están en nuestra cultura de pesca, pero haciendo historia y memoria tampoco parece que la hayan mejorado demasiado, más si  consideramos lo que hemos podido perder en el camino. Ahora podremos invertir miles en equipos ultramodernos, patos, barcas y combustible, y pescar todos los fines de semana; pero sabemos que no repetiremos las pescatas de nuestros padres o abuelos. Y será por la degradación ecológica de nuestros ríos -de la que sin duda alguna parte llevan las especies foráneas-, pero también porque los recursos pesqueros hasta ahora se han explotado y gestionado sin  pensar en el mañana.

No fue sólo responder a una demanda de pesca a través de “repoblaciones” con estirpes domesticadas de trucha arcoiris y común centroeuropea, sino también de crear demanda nueva con depredadores como el lucio y el bass que, junto a carpa, tenca o gobio, tenían que surtir de pesca los pantanos que se íban inaugurando. Fue la moda del momento y se decía que estas especies ofrecerían por siempre una pesca abundante y económica al españolito de a pie. Así pudo ser durante cierto tiempo, pero tras las naturales explosiones de población sin competidores y con abundante pasto de ciprínidos autóctonos, llegó el declive; mientras, la contaminación creciente, los embalses y demás tributos al “progreso” siguieron a lo suyo, destruyendo o degradando la vida acuática en cuencas fluviales altas, medias y bajas.

Hoy nuestros ríos y peces tienen más y peores problemas que entonces, y una legislación al día debería afrontarlos con racionalidad y determinación. Retomando el inicio de este artículo y como hemos venido diciendo: tan nefasta ha sido la política de pesca fluvial en Cataluña concertada entre la Generalitat y la Federación Catalana de Pesca, que casi no puede llamarse “gestión”. Desde luego no manejó los recursos salmonícolas existentes, sino que aplicó más bien el tan manido y nefasto “modelo” cuba-cisterna, basado en la introducción masiva de peces alóctonos y domesticados, con acotado continuo de todas las aguas y peaje a la Federación... Mientras, en otras aguas se siguió el “modelo” de gestión tan ensayado en muchas administraciones de dejo que pase el tiempo, también conocido por no hago nada y no me equivoco, o bien el de hago lo que estos me digan. Un terreno abonado para la ilegalidad, la irregularidad, la desigualdad, el clientelismo y demás lacras, pero absolutamente impotente e incluso contraproducente no sólo ante la degradación imparable de los ecosistemas y las comunidades acuáticas, sino también de los recursos de pesca que se prometía asegurar.

El fondo de la cuestión es que hoy la pesca se enfrenta a graves problemas, y su gestión se ve condicionada por la falta de recursos para conocer, ordenar y vigilar  hábitats y recursos. A muchos no gusta que el anteproyecto declare especies introducidas perjudiciales y dicte su extracción y sacrificio obligatorio. Entendemos que se puede ser razonablemente comprensivo con la pesca de especies exóticas de interés deportivo en tanto implica a un gran número de aficionados, y por otra parte de momento tampoco parece factible erradicarlas. Pero también la afición y los intereses asociados a la pesca de especies foráneas deberían asumir las cosas como son y que, a día de hoy, una administración que fomente abiertamente determinadas especies “invasoras” que amenazan con extenderse en aguas públicas, se arriesga a ser denunciada con fundamento por delito ecológico. Hay que cuidar y fomentar los recursos autóctonos porque son los mejor adaptados a nuestros cursos fluviales; aunque el que quiera pescará lucios, basses y demás especies en los embalses mientras existan y hasta que se plantee solución o mejor alternativa. Finalmente tampoco a nadie se le ha ocurrido prohibir esta pesca, ya que eso por sí mismo no soluciona nada y crearía nuevos problemas.

Hace falta inversión, y al hilo el futuro de nuestras aguas dulces y sus seres vivos a nuestro entender pasa por conocer y asumir al menos parte del coste ambiental de las distintas actividades que los afectan. En este sentido, el anteproyecto de ley catalán apuesta por la “ecotasa” para actividades impactantes. ¿Por qué no algo así también dentro de la actividad de la pesca? Quizá las distintas especies y modalidades de pesca podrían contribuir de acuerdo a su potencial impacto sobre el medio, financiando una gestión más eficiente e informada, capaz también de reducir o controlar en alguna medida tal impacto. En torno a la financiación, también parece muy oportuna la idea de crear un fondo económico para el manejo de la pesca que se ha planteado; hace falta que no se quede en idea.

De momento lo dejamos aquí. Valga decir que AEMS-Ríos con Vida ha transmitido y hecho público su apoyo a la iniciativa de legislar la pesca en Cataluña, y está participando como todas las entidades interesadas, en la mejora y consenso del anteproyecto.

Anunciaros que desde este espacio cedido por Federpesca, que no tenemos por menos que agradecer sinceramente, iremos repasando en sucesivas entregas las realidades, misterios y polémicas en el mundo de la pesca fluvial y la conservación de nuestras aguas dulces, esperando que os resulte interesante y os incite también a la reflexión y al debate. Tu opinión cuenta. Por los peces y los ríos de mañana.

Buena pesca!

Publicado en el nº 104 de Federpesca, junio de 2005


Repoblar versus Conservar

En su interesante columna en el número de Trofeo Pesca del pasado mes de mayo , Juan Delibes apuntaba a la hibridación de nuestra trucha común (Salmo trutta) como una de las posibles causas del deterioro de sus poblaciones. Hay un hecho incuestionable que nos debería hacer reflexionar al respecto: la mayoría de los tramos aptos para los salmónidos se han venido repoblando desde hace más de un siglo con creciente intensidad, pero sin embargo nuestras poblaciones ibéricas de truchas y salmones cada vez están peor.

Concretamente la trucha común ha sido introducida en los cinco continentes y al menos en 24 países fuera de su área nativa original desde mediado el siglo XIX para acá. En algunos, particularmente en los países menos poblados y desarrollados, ha llegado a constituir importantes poblaciones. Sin embargo, el estado actual de las poblaciones de trucha salvaje en el mundo desarrollado no puede calificarse precisamente de boyante. También en España la trucha autóctona se ve cada vez más acantonada en los tramos altos y cabeceras bien conservadas de los ríos. Está científicamente demostrado que la destrucción o alteración del hábitat por contaminación, presas y regulación, minicentrales y captaciones, deforestación, dragados y encauzamientos, etc. es uno de los principales factores que explican el deterioro de las poblaciones trucheras.

También se sabe que la sobrexplotación pesquera reduce y desequilibra dichas poblaciones y puede mermar su capacidad reproductiva hasta el punto de comprometer su renovación y supervivencia. El impacto de la sobrepesca parece ser bastante mayor en los ríos del centro que en los del norte peninsular, lo cual puede obedecer a causas diversas. Los estudios indican también que los tramos de pesca sin muerte permiten mantener muchas más truchas que las zonas de pesca extractiva, tanto en términos de densidad como en biomasa y productividad. Es cierto que en las últimas décadas la gestión pesquera se ha venido racionalizando y que medidas como la reducción de cupos de captura, la regulación de cebos y técnicas o la pesca sin muerte han avanzado notablemente. Pero es que partíamos de cero, de modo que aún hoy y por muchos que digan lo contrario, los tramos de pesca extractiva o los mixtos siguen predominando sobre los sin muerte en la mayoría de las regiones salmonícolas. Si consideramos el factor de la generalmente escasa vigilancia de los ríos, podemos concluir que muy probablemente muchas de nuestras poblaciones trucheras y salmoneras hoy siguen siendo sobrexplotadas.

Problemas y soluciones

Consecuencia evidente y síntoma del declive es la disminución de las capturas por parte de los pescadores. Ante este problema y hasta hace no mucho tiempo la gestión de la pesca en España se basaba casi exclusivamente en “repoblar” cuanto más mejor. Ponemos el entrecomillado ya que lo que generalmente se hizo en realidad fue introducir peces (genes) foráneos, usualmente sin estudio ni conocimiento previo del estado de las poblaciones nativas y sin seguimiento alguno de la eficacia. Los pescadores dicen que pescan poco: ¡pues nada!, se echan truchas al río y asunto arreglado. De este modo, se introducen truchas de origen centroeuropeo o nórdico que reducen la diversidad genética de las poblaciones nativas, deteriorando su capacidad de supervivencia y provocando incluso la pérdida de combinaciones genéticas únicas. Por otro lado, siendo los salmónidos peces territoriales prácticamente desde que nacen, muchas veces las repoblaciones masivas no sólo no consiguieron el objetivo deseado: que los ríos tuvieran más peces, sino que más bien provocaron mayor mortalidad, con estrepitosos fracasos que, afortunadamente para los responsables, ni se estudiaron ni valoraron adecuadamente y por lo mismo tampoco dejaron demasiada huella en bibliotecas, anales y hemerotecas.

Gracias por ejemplo a la genética, ahora se saben muchas cosas que en aquellos tiempos se ignoraban. Actualmente se distinguen cinco grandes linajes de trucha en España: Atlántico, Cantábrico, Duero, Andaluz y Mediterráneo, que evolucionaron como unidades independientes con total aislamiento reproductivo. Así, podríamos imaginar la estructura genética de la trucha ibérica como una especie de árbol con cinco ramas gruesas, cada una de las cuales se ramifica en varias más delgadas que, a su vez, se dividen en multitud de ramas más finas. Es en estas últimas, que equivaldrían a las poblaciones, donde aparece la mayor variabilidad genética. Por eso la destrucción o degradación de un pequeño río o de determinado tramo fluvial significativo puede suponer la pérdida de una población truchera genéticamente única.

Nuestras poblaciones trucheras y salmoneras han sobrevivido durante miles de años adaptándose a su medio ambiente. En nuestras cuencas fluviales, cortas, abruptas, a menudo torrenciales, con fuertes estiajes y temperaturas elevadas, las poblaciones de salmónidos se han aislado y diversificado notablemente. La variedad de genes que atesoran en sus cromosomas y proteínas, el denominado pool genético, es a la vez su esencia biológica y su seguro de supervivencia futura. Para entendernos, no podemos introducir o crear poblaciones de salmónidos mejor adaptadas a su medio que las nativas. Hemos demostrado, claro está, una gran capacidad de alterar ese medio de tal forma que sólo sea apto para especies como el carpín o el pez gato pero, siempre que el hábitat conserve sus características básicas, pudiendo llegar a exterminar la población truchera autóctona de un río determinado, jamás se conseguirá sustituirla ventajosamente por una población artificial. Por algo hoy todas las instancias reconocen la importancia y el valor científico, social y económico de los recursos genéticos, esa llamada biodiversidad, singular e irremplazable.

En realidad, la pérdida de diversidad genética de la trucha común es seguramente la mayor amenaza para su conservación a largo plazo. Las causas de esta pérdida son la reducción del tamaño y el desequilibrio de las poblaciones por la pesca extractiva, el deterioro y fraccionamiento del hábitat y, por supuesto, las “repoblaciones”, origen de la llamada contaminación genética. La medida de esta contaminación es la tasa de introgresión, en este caso la proporción de genes foráneos en el genoma de nuestras truchas, que recientes estudios en las cuencas españolas sitúan como media entre el 0,5 y el 21%. Ahora se conoce que el 68% de las poblaciones trucheras de Duero y Tajo están contaminadas por genes alóctonos, mientras que en las cuencas mediterráneas la situación es aún más desastrosa, con alrededor del 80% de las poblaciones afectadas. Sin embargo, estudios similares realizados a principios de los 90’ sobre poblaciones trucheras de Galicia y Asturias mostraban niveles de introgresión mucho menores, en torno al 10%. La alteración genética de las poblaciones salmonícolas conlleva serios problemas de índole ecológica, alterando los recursos y comportamientos alimenticios, los mecanismos y ritmos de crecimiento y supervivencia, etc., pudiendo desplazar, reemplazar e incluso llegar a extinguir la población autóctona. También hay que destacar que la repoblación en muchos casos no parece haber dejado recursos permanentes, ya que las tasas de introgresión son bastante menores a lo que cabría esperar en muchos lugares intensa y sistemáticamente repoblados.

El hecho es que la repoblación con truchas de origen foráneo en zonas de trucha autóctona contradice radicalmente las directrices mundiales en gestión de recursos naturales renovables, indicando un manejo insostenible de los mismos y agrediendo el mantenimiento de la biodiversidad. Actualmente y según en qué comunidades (CCAA) teóricamente no se repuebla con truchas forasteras en tramos habitados por poblaciones autóctonas, siempre que las propias normas autonómicas lo impidan. Sin embargo, donde no se ha actualizado la legislación pesquera, como es el caso de Cataluña o Madrid, si bien como en otras comunidades también se han creado algunas zonas de reserva genética, sea porque se carece de stocks autóctonos de cultivo o por otros motivos, se siguen repoblando sistemáticamente aguas trucheras con especimenes de trucha “común y corriente”, es decir, de diversa e insospechada procedencia. Probablemente en numerosos de estos casos podríamos hablar incluso de presuntos delitos ecológicos, de manera que no será raro (aviso a navegantes) que el tiempo y, en su caso, los tribunales se ocupen de poner a cada cual en su lugar.

Pero no es sólo el peligro de hibridación de la trucha común, sino también la competencia por el espacio y el alimento, el aumento de la depredación y de las enfermedades, etc. Aplicando el más elemental principio de prudencia, ni siquiera la repoblación de tramos trucheros con arcoiris estériles podría considerarse coherente con la conservación o recuperación de sus poblaciones autóctonas. Algunos pensarán que somos excesivamente rigurosos o alarmistas, pero nosotros pensamos que lo irracional e incoherente es quejarse continuamente de la falta de truchas y seguir pidiendo eternamente más y más repoblaciones sin hacerse mayores preguntas.

Sepamos que hoy se conocen causas y se pueden dar explicaciones al deterioro de nuestras poblaciones trucheras. Si a menudo se carece de soluciones mágicas, en general se tiene información suficiente como para saber lo que nunca se debería hacer; otra cosa es que los objetivos sean adecuados y se obre en consecuencia. Los gestores de la pesca tienen la responsabilidad no sólo de dar satisfacción a la demanda pesquera, sino también y sobre todo de manejar de forma sostenible los recursos piscícolas naturales. Muchas veces somos los propios pescadores quienes desconocemos la realidad y nos negamos a aceptarla cuando se nos expone, pero hay que decir también que fueron las administraciones quienes extendieron el mito de la repoblación y en demasiados casos no se han preocupado de desmontarlo, ya que es más fácil echar peces de granja para que la gente los pesque que cuidar y gestionar debidamente los recursos y hábitats existentes. Otra cosa es que se echen peces “de verdad”, con los atributos físicos y de comportamiento naturales y adaptados a su medio. Y es que los pescadores, aún renegando de truchas con taras y muñones, como todo el mundo nos podemos acostumbrar casi a cualquier cosa. De ahí un peligro que subyace tras las políticas de intensivos, el de educar y acomodar a una legión de pescadores en una pesca artificial y fácil Es cierto que los intensivos radican a una masa de aficionados lejos de los lugares bien conservados, pero por otro lado generan y alimentan una demanda que ha contribuido a “ intensificar” tramos con poblaciones autóctonas perfectamente recuperables a poco que se invirtieran verdaderos esfuerzos en ello.

El impacto de las piscifactorías

Está claro que todavía hay una inercia cultural que permite que la repoblación ( casi de cualquier cosa y donde sea) siga teniendo una imagen más o menos positiva en la sociedad. Es cierto que hoy va habiendo mayor sensibilización con estos temas, pero la gran mayoría de la gente continua ignorando los perjuicios que viene causando la introducción o repoblación con especies o variedades foráneas o exóticas, ya sean animales o vegetales, sobre nuestro patrimonio vivo, como también habitualmente se desconocen los quebrantos que las piscifactorías pueden llegar a causar sobre nuestros ríos y peces. De hecho, el otro peligro de las políticas de repoblación sistemática o de suplemento para la pesca, sea con las truchas que sea, es que necesita piscifactorías.

Por numerosas y desagradables experiencias se sabe aunque a menudo se olvida que la acuicultura industrial, tanto de especies o variedades foráneas como autóctonas, representa de hecho un serio peligro para las poblaciones naturales. El tema es amplio y da para un tratamiento monográfico, pero de momento diremos que las piscifactorías se suelen instalar en tramos fluviales altos, ya que necesitan agua de calidad que captan y luego devuelven a los cauces, a menudo contaminada o insuficientemente depurada. Es frecuente el vertido de residuos orgánicos provenientes de descomposición de excrementos y pienso, acompañados de restos de fármacos y tratamientos químicos utilizados para mantener la salud de los peces. Porque una piscifactoría, como cualquier granja, suele ser un nido confortable para diversos agentes patógenos (muy comunes las saprolegnias, aeromonas, etc.) que, si bien en muchos casos son propios de la población salvaje, encuentran en el hacinamiento de cubas y estanques las condiciones ideales para prosperar. Minimizar los riesgos sanitarios de la repoblación exige aplicar rigurosas normas de control de enfermedades, vacunación, gestión de residuos, etc. en los centros de acuicultura, lo que muchas veces no se cumple adecuadamente. Por otro lado, como quiera que es prácticamente imposible aislar completamente una granja del medio exterior y que, todo hay que decirlo, las piscifactorías españolas (públicas y privadas) en demasiados casos tampoco parecen poner mucho empeño en conseguirlo, el hecho es que dejan escapar muchos peces que, contaminación genética aparte, con frecuencia han transmitido enfermedades a las poblaciones salvajes, provocando casos incluso célebres de mortalidad masiva de truchas y salmones salvajes. También existen numerosas enfermedades víricas o bacterianas, hongos y parásitos que se han introducido y propagado en muchos países gracias al trasiego de huevos y alevines de salmónidos. No dudamos que la acuicultura pueda ser una actividad ambientalmente compatible, pero estamos convencidos de que en España frecuentemente no lo es.

¿Y con peces “autóctonos”?

El hecho es que seguimos sin cuidar suficientemente los peces y mucho menos cuidamos los ríos donde han de vivir, pero muchos pescadores y algunas administraciones, siguen viendo en la repoblación sistemática, ahora con peces genéticamente autóctonos, la panacea que permitirá seguir pescando truchas. La realidad es que la repoblación “con autóctonas” también puede aparejar serios peligros para las poblaciones salvajes. En primer lugar, es oportuno aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de trucha autóctona, ya que los programas de repoblación con autóctonas emprendidos en algunas Comunidades que empezaron fundando una estirpe de cultivo por cada río, a menudo han terminado sacando adelante una amalgama genética con los supervivientes de las distintas líneas. Lamentablemente, también parece necesario clarificar que llevar peces por ejemplo del Duero a los Pirineos no es repoblar con autóctonos. En nuestra opinión, las administraciones encargadas de velar por el patrimonio biológico y genético común nunca deberían permitir o alentar tales despropósitos.

Por un lado, el proceso de fundación de líneas autóctonas de repoblación comienza con la extracción y selección de una fracción de reproductores de la población que difícilmente puede contener y representar todo su espectro genético. Por otra parte, los humanos somos muy malos seleccionadores sexuales de salmónidos, con lo cual los cruces que hacemos difícilmente pueden coincidir con los que elegiría el instinto y la capacidad de los peces. Una vez obtenidos los huevos y a lo largo del período de cultivo, en un caso ideal conseguiremos que sobrevivan muchos más peces que los que saldrían adelante en el ciclo natural, incluso aquellos portadores de taras y enfermedades que tendrán así muchas más posibilidades de perpetuarse en la población. Salvando ya los aspectos genéticos, por otro lado fundamentales, el hecho es que para criar las truchas en la piscifactoría tendremos que acostumbrarlas a vivir en una cuba, comiendo pienso de un cebador cada equis tiempo, rodeadas de congéneres y con apenas unos milímetros de territorio que mantener a su alrededor. En tales condiciones, los peces habrán de alterar su comportamiento natural, inhibiendo su instinto agresivo, la capacidad de buscar y conseguir alimento, de ocultarse y evitar a los depredadores, etc. De hecho, serán los peces menos “dóciles” o los más “salvajes” los que en mayor medida sucumbirán y restarán sus valiosos genes a la estirpe doméstica. Lógicamente los efectos de la domesticación serán menores cuanto menos tiempo mantengamos a los peces en la instalación, aunque también morirán más peces cuanto más pequeños los echemos al río. El caso es que se han constatado numerosas diferencias entre las truchas de cultivo y sus parientes autóctonas salvajes, destacando sobre todo una variabilidad genética muy reducida y una mortalidad más elevada en el río de los stocks de cultivo. Al respecto, se dice que puede ser relativamente fácil meter peces salvajes en una piscifactoría, pero es prácticamente imposible “sacar la piscifactoría de los peces”. Estudios de comportamiento demuestran por ejemplo que salmónidos autóctonos cultivados y repoblados en general tienen mayor tendencia a agregarse en cardúmenes y nadar entre dos aguas, mientras que los individuos salvajes son más territoriales y tienden a permanecer más pegados al lecho fluvial, lo que da menos facilidades a los predadores. Al hilo de ello, está comprobado que la creciente expansión de determinados depredadores en zonas salmonícolas europeas, como por ejemplo el tan denostado cormorán, en muchos casos no es ajena a los comederos creados por piscifactorías y repoblaciones sistemáticas.

Sabiendo que la producción de peces autóctonos para repoblación de suplemento precisa piscifactorías o “centros ictiogénicos”, vale la pena comentar al respecto una más que interesante noticia recientemente publicada en El Periódico de Aragón (20-05-2004) referida a las últimas propuestas de sustitución de las Directivas comunitarias 91/67, 93/53 y 95/70 sobre barreras sanitarias. Si las nuevas normas son aprobadas, parece más que probable que muchas de las piscifactorías industriales españolas no puedan seguir dedicando parte de su producción a la suelta de peces en lagos o ríos para su pesca. La Federación de pesca aragonesa manifestaba su preocupación preguntándose "¿qué sentido tendrán los estudios de cuenca y planes de recuperación que con tanto mimo se han emprendido en Aragón desde el año 1998?" A nuestro juicio el problema viene de basar tales planes en la producción masiva y repoblación sistemática de peces (“autóctonos”) en vez de en el manejo sostenible, la protección y restauración de los recursos y los hábitats salmonícolas naturales.

¿Repoblar es gratis?

Las políticas de repoblación sistemática se llevan casi siempre la mayor porción de la tarta presupuestaria dedicada al manejo pesquero en nuestras aguas. Incluso en regiones que mantienen estrategias de gestión más orientadas a la conservación de las poblaciones salvajes de salmónidos pueden acaparar más del 80% de dicho presupuesto. Datos referidos a piscifactorías, como por ejemplo la de Vegas del Condado (León), hablan de costes de 3,73 € por cada trucha común de 175 g producida. Esto significa que producir por ejemplo los aproximadamente 28.000 ejemplares de trucha común que se repoblaron en la provincia de León en 2002 costó alrededor de 100.000 €, mientras que los ingresos por permisos en intensivos fueron de unos 50.000 €, siendo la suma de ingresos por permisos abonados en todos los cotos trucheros de León de unos 240.000 €. En cuanto a la trucha arcoiris para intensivos, por ejemplo en el global de Castilla y León el kilo repoblado sale a una media de unos 2,65 €.

Está claro que repoblar no es gratis y que los costes de la política de repoblación sistemática contribuyen significativamente al déficit económico que en general presenta la gestión pesquera en nuestro país. De hecho, uno de los factores para explicar la demanda de repoblaciones es que sus costes en todo o en parte han sido tradicionalmente asumidos por la administración, es decir por todos los ciudadanos, pescadores o no.

Otra cuestión se refiere a los costes de la acuicultura que, al igual que otras actividades humanas en los ríos, tiene por costumbre ahorrarse gastos derivados de tratamientos del agua, de impermeabilización biológica de la instalación, de depuración de residuos, etc. ubicándose en los tramos altos y contaminando el río con residuos y las poblaciones autóctonas con genes extraños.

Para resumir

No hay argumentos válidos que demuestren que las repoblaciones son la solución al declive de nuestros salmónidos. Sin embargo, sí hay innumerables razones y datos científicos para pensar que más bien son un grave problema. Dicho de otro modo, las repoblaciones no han demostrado traer ningún bien a nuestros peces salvajes, mientras que han traído numerosos y evidentes males. Además suponen un gran coste económico y de oportunidad para aplicar otras medidas más orientadas al mantenimiento y uso sostenible de las poblaciones salvajes.

Como pescadores, hemos de mentalizarnos de que sin ríos vivos no vamos a poder tener truchas y salmones salvajes. No se puede seguir ignorando la realidad y repoblando de forma sistemática. La reproducción artificial puede ayudar a conservar o recuperar poblaciones singulares y amenazadas, pero si no se quiere evitar su extinción en libertad siempre habrá de ir acompañada de medidas que rehabiliten su hábitat natural. Las políticas de repoblación sistemática con truchas de líneas “autóctonas” como las que se vienen desarrollando en Asturias, La Rioja o Aragón, no parecen tener mucho sentido y contribuyen a la domesticación de la trucha. Es lamentable que la repoblación sistemática en muchos casos siga siendo ley por cuestión de fe, independientemente de su justificación, riesgos y resultados. Parece mentira que haya que decirlo, pero se pueden tener peces en el río sin necesidad de repoblarlos. Se trata de permitir o facilitar que puedan hacer lo que siempre hicieron: reproducirse y crecer en su hábitat natural.

A la luz del conocimiento actual, habría que procurar mantener seca la pólvora que supone la repoblación, empleándola sólo de forma prudente y puntual cuando el reclutamiento natural no permite que se renueve la población, y siempre después de que las medidas pertinentes de regulación racional de la pesca o de restauración del hábitat hayan fracasado o se hayan mostrado insuficientes. Lo que está claro es que una estrategia eficaz de conservación debe basarse en las diferencias genéticas entre las poblaciones. Si queremos que nuestras truchas y salmones salvajes sobrevivan, lo mejor que podemos hacer es cuidar o recuperar su medio, facilitando en lugar de entorpeciendo su ciclo natural de vida. Se trata de cambiar las políticas de repoblación sistemática por estrategias de conservación, restauración y manejo sostenible de las poblaciones salvajes y sus hábitats. Sabemos que esto no es fácil y requiere contar con el permiso de los “jefes” de los ríos, es decir los organismos de cuenca y, en suma, del Ministerio de Medio Ambiente. Vale la pena que las administraciones autonómicas, gestoras prácticas de los recursos biológicos y ambientales concentren voluntades y esfuerzos en un verdadero compromiso de salvaguardar los hábitats y poblaciones salmonícolas. Si los pescadores nos concienciamos, si pedimos y apoyamos con fuerza este cambio de rumbo, todo se puede conseguir.

Publicado en el nº 133 de Trofeo Pesca, Verano de 2004

Trofeo Pesca nº 132, mayo de 2004

 


¿De dónde venimos?... ¿A dónde vamos?

Terminó la temporada de pesca de salmónidos de 2003 y de nuevo empieza la cuenta atrás, casi anhelando ya la apertura de la próxima campaña que nos permitirá volver a disfrutar a la orilla de un río. En estos momentos, ya más o menos metidos en actividades “de invierno” como montar moscas, revisar equipos, leer, salir a pescar  otras especies, etc., será fácil dejarse llevar por los recuerdos y, queriendo o no, nos veamos haciendo balance de lo que han sido las jornadas de pesca de la temporada. Puede ser que el poso de nuestras vivencias e impresiones en esos ríos “de Dios” (con permiso de las autoridades hidráulicas competentes), con sus salmones, truchas, insectos, riberas, etc., nos incite a reflexionar sobre sus problemas, en cuyo caso no sería raro que acabara por perturbar nuestra conciencia con serias inquietudes sobre su futuro.

El caso es que cada cual habrá tenido mejores y peores días de pesca: los afortunados posiblemente hayan tenido algunas jornadas inolvidables (sobre todo los que van a pescar muy a menudo). Es muy probable también que muchos, los más, sobre todo los que van a pescar salmónidos menos de 15 o 20 jornadas al año, apenas hayan podido disfrutar de alguno de esos días memorables. Unos y otros, seguramente también habrán cosechado algún que otro sonoro “bolo”, casi siempre en proporción al esfuerzo de pesca que se ha dedicado. Indudablemente, gozar de un puñado de buenos días de pesca, sobre todo con peces verdaderamente salvajes, puede salvar cualquier temporada. Al pescador que le guste estar en el río, seguramente a la mayoría, poco le importarán las muchas jornadas que haya tenido que invertir para poder vivir esas pocas auténticamente memorables. Sin embargo, si uno es de aquellos pescadores que no viven cerca de un río truchero o salmonero, que sólo pueden “escaparse” a pescar unos cuantos días al año (siempre pocos) o a lo sumo algún fin de semana; ay amigo, ¡tú sí que lo tienes crudo! Si planificas y eliges bien, tienes un poco de suerte y estás dispuesto a viajar, podrás tener algunos buenos días de pesca, más probablemente en un tramo de montaña y acotado, donde con un equipo adecuado puedes disfrutar mucho con la variedad de posturas y las truchas normalmente menos selectivas y lógicamente más pequeñas que en tramos inferiores. Si no, quizá seas de los que sin pescar muchos días al año, sí que pescas días seguidos en una zona más concreta, generalmente aprovechando períodos vacacionales. En este caso y nuevamente con más probabilidad en tramos de montaña, tal vez puedas asistir a unas cuantas buenas y variadas eclosiones de insectos, con las correspondientes cebas de los peces que hacen feliz a cualquier mosquero de bola o de látigo.

Desgraciadamente, muchos vivimos la inquietante percepción de que, salvando esperanzadoras excepciones, el estado general de nuestros ríos sigue una tendencia muy inquietante. Quizá seamos demasiado pesimistas y no sea para tanto. Quizá algunos de vosotros tengáis una impresión más positiva. Nos alegraría estar equivocados, pero lo cierto es que, aún intentando dejar a un lado los tópicos del pasado que siempre fue mejor, solamente revisando lo publicado en medios de pesca y recabando impresiones de bastantes amigos pescadores en los últimos años, no podemos sino poner en evidencia el progresivo deterioro de nuestros ríos. Entendemos que quien hoy guarde una impresión netamente positiva del estado de los ríos a partir del balance de sus jornadas de pesca de la últimas temporadas probablemente será, bien porque ha ido muchos días a pescar, o bien porque ha cosechado un porcentaje de éxito anormalmente alto.

Y es que, de modo general, sentimos que el ritmo de regresión de las poblaciones y hábitats salmonícolas hoy por hoy supera con creces el de aplicación de los remedios. Si a nuestras impresiones como pescadores le unimos alguna sensibilidad por el medioambiente fluvial y un poco de información sobre las amenazas y agresiones que viene sufriendo a diario, nos tememos que la conclusión será aún más negativa y los augurios más sombríos. Con pocas dudas, encontramos que nuestros ríos en general vienen empeorando apreciablemente, si no año a año, sí en una serie de años.

A riesgo de hacernos pesados, tenemos que insistir en esta idea. No se trata de caer en el alarmismo, más bien de ser realistas. Por desgracia, muchos coincidimos en que cada vez más tramos que hace no demasiados años albergaban poblaciones trucheras de calidad, están deteriorándose significativamente, incluso de forma aparentemente irremisible en algunos casos. También muchos coincidimos en que nos desplazamos cada vez con mayor frecuencia a practicar nuestra afición a tramos de cabecera, olvidando progresivamente los tramos medios donde los peces y su hábitat suelen estar sometidos a importantes condicionantes humanos, y donde a menudo la densidad de invertebrados y peces es baja y las eclosiones poco variadas o escasas.

Tememos que si esto continua por este camino, de aquí a no mucho tiempo nos veremos abocados a reducir nuestra afición a los tramos intensivos con peces de “plástico”, aún en mayor medida de lo que venimos haciéndolo actualmente. Como decíamos en un artículo anterior, en lo que se refiere a la gestión de pesca hay que destacar los notables esfuerzos que están realizando algunas Comunidades Autónomas. Otras, sin embargo, continúan inmersas en una más que preocupante y por momentos escandalosa dejación de funciones. De cualquier forma, el tema de fondo es que en gran medida y aún con el mejor criterio y buena voluntad, las administraciones ambientales autonómicas y sus servicios de pesca fluvial con demasiada frecuencia han de pelear por los ríos prácticamente en solitario, a contracorriente y con escasos medios.

Así las cosas, cada día que pasa es más urgente que el colectivo de pescadores “conservacionistas”, entendido como tal aquel que antepone la preservación de los ecosistemas fluviales a su propio disfrute como pescadores, sin distinción por uso de tal o cual técnica de pesca, seamos capaces de implicarnos más activamente y hacer oír nuestra voz en defensa de unos ríos vivos. Esto, evidentemente pasa, entre otras cosas, por guardar el más absoluto respeto a las normas de pesca vigentes o por asumir el captura y suelta como aptitud personal compatible con una pesca extractiva responsable. Sin embargo, lamentablemente vemos que esto puede no ser suficiente, y a los hechos nos remitimos. Por complejo y en ocasiones desalentador que pueda resultar oponerse a los atentados contra el patrimonio fluvial, hoy más que nunca hemos de plantear nuestras reivindicaciones como ciudadanos amantes de la naturaleza y usuarios pescadores ante cualquier poder público o interés privado empeñado en destruir o degradar los ríos de espaldas a la legalidad vigente y a cualquier ética natural y social.

Si un día, ya más que hartos, decidimos por fin “echarnos al monte”, documentando y denunciando las agresiones, alegando frente a proyectos u obras que degradan los ríos, avisando e informando de casos concretos a alguna organización que pueda apoyarnos, etc., comprobaremos que esta lucha casi siempre resulta harto difícil. Desde luego, no ayuda en nada el concepto y la práctica de “información” pública que ostenta demasiadas veces nuestro querido Ministerio de Medio Ambiente, singularmente a través de sus ramificaciones hidrográficas. A poco que batallemos en defensa de los ríos frente a vertidos, presas, centrales o minicentrales eléctricas, encauzamientos y dragados, minería, captaciones, etc., con toda seguridad empezaremos a sufrir demostraciones de prepotencia o injusticia administrativa, a menudo con agravantes de desidia e incluso de mala fe. Seremos entonces uno más de tantos sufridores de la intolerable desfachatez de unas autoridades hidráulicas que parecen mucho más empeñadas en obstaculizar la acción pública de los colectivos y ciudadanos preocupados por los ríos que en cumplir su obligación legal de facilitarla.

Una vez más lo hemos visto y de forma harto llamativa en la fulgurante resolución de la Declaración de Impacto Ambiental (DIA) del famoso trasvase del Ebro. Las decenas de miles de alegaciones que recibió el Estudio de Impacto Ambiental (EsIA), incluidas las de nuestra Asociación, no han impedido que un proceso que en condiciones normales hubiera durado fácilmente al menos tres o cuatro años, se haya resuelto en apenas tres meses. Es lacerantemente obvio decir que ninguno de los ciudadanos y organizaciones que se han personado en el expediente de marras ha recibido cumplida respuesta del organismo competente rebatiendo los importantes, casi diríamos aplastantes argumentos esgrimidos frente al proyecto. Contra el vicio de alegar, la virtud de ignorar olímpicamente cualquier alegación por bien fundamentada que esté para, de un plumazo en el BOE, declarar ambientalmente compatible este trasvase.

Pues bien, amigos, tal vergonzosa y escandalosa actitud de nuestros administradores se reproduce a escala en la realización o autorización de innumerables actuaciones y proyectos más “modestos” que afectan a nuestros ríos a diario. Pueden ser canalizaciones o “acondicionamientos” fluviales, minicentrales, vertidos, etc. Ejemplos hay a mansalva, como incontables son las ocasiones en que el escaso plazo disponible para interponer alegaciones se hace muy corto cuando la Confederación de turno se permite no contestar siquiera a una petición de documentación del proyecto, formulada en derecho dentro del período legal de información pública. O cuando incumpliendo igualmente sus obligaciones legales, determinado funcionario se entretiene “toreando” sistemáticamente al representante autorizado de una organización, negándose a facilitarle la información solicitada, incluso advirtiéndole que ni sueñe que se le vaya a entregar una copia de los documentos aunque pague la tasa correspondiente, todo ello con absoluta ignorancia o desprecio de la ley vigente.

Tal y como están las cosas, los ciudadanos y organizaciones que plantamos cara a determinados proyectos durante su proceso de tramitación, cada vez más nos vemos necesitados de abogados profesionales en los mostradores de las confederaciones o del Ministerio. Se trata de una lucha sorda y dura, que requiere paciencia y constancia pero sobre todo recursos humanos y económicos. De ello se siguen valiendo los intereses creados en torno al agua de los ríos, porque no basta la conciencia del valor ambiental, social o cultural del agua y de los ríos vivos, ni siquiera a veces la acción pública de ciudadanos o asociaciones haciendo constar argumentos más que razonables frente a tal o cual desmán que les afecte. Está visto que con instituciones como nuestras confederaciones hidrográficas, netamente impermeables tanto a denuncias, quejas o alegaciones como a las críticas en los medios de comunicación, al menos con los departamentos que realmente controlan y deciden concesiones, autorizaciones o actuaciones en los cauces fluviales, a menudo parece que ya no cabe sino la acción judicial. Seguimos tomando nota de ello junto a muchas otras personas y grupos. Quizá algunos que por ahora se siguen creyendo invulnerables acaben como Benigno Blanco y algunos de sus compinches, teniendo que declarar en un juzgado como imputados por presuntos delitos cometidos en el curso de su función pública. Y es que, a pesar del negro panorama, también hay motivos de optimismo: la arbitrariedad, la injusticia, la escandalosa desfachatez y prepotencia de ciertos poderes públicos está concienciando y uniendo cada vez más a la gente. La cooperación entre organizaciones y personas preocupadas por los ríos avanza con firmeza, lo cual está permitiendo enfrentar cada vez mejor la desinformación y la gestión hidráulica practicada por las confederaciones y, en definitiva, la política hidrológica del Gobierno y el Ministerio, plantando batalla ya en la arena jurídica.

Ahora también es el momento de que todas las personas sensibles a las aguas y ríos con vida echemos una mano para evitarles nuevas amenazas y agresiones. Particularmente, los pescadores, tanto individual como colectivamente, podemos y debemos contribuir mucho más a la defensa de los ríos. Lo hemos dicho antes: puede ser formulando una denuncia, preferiblemente a través del SEPRONA; planteando alegaciones a determinado proyecto o actuación en un cauce; documentando casos, informando o uniéndote a otras personas u organizaciones preocupadas por estos temas... Amigo pescador, si de veras deseas defender los ríos no caigas en el desánimo, mantén los ojos y los oídos abiertos, lleva la cámara fotográfica y la agenda de teléfonos en tus salidas de pesca; si puedes o tienes facilidad para ello intenta mirar regularmente los boletines oficiales provinciales; busca camaradas dispuestos a pelear por lo mismo que tú...

Se trata también de asumir que en la defensa de los ríos, como en toda causa social, la unión hace la fuerza. Podrías asociarte a cualquier grupo u organización, de pescadores o no, que defienda tu río más cercano, o bien las aguas y los ríos en general. Eso es decisión tuya, y hoy existe una variedad de opciones para elegir, ya que cada vez son más los grupos y entidades preocupadas y actuando por las aguas y los ríos, a pequeña o a gran escala. Lo importante es que tanto tú como el colectivo que te acoja estéis dispuestos a luchar de verdad por los ríos, porque también hay demasiadas asociaciones dedicadas más que nada a su propia perpetuación. Ya sabemos que una cosa es hablar y otra es actuar; y desde luego, puedes estar seguro de que si tu preocupación por el río te lleva hasta nuestra Asociación no vamos a poder evitar compartir tu inquietud ni tampoco intentar asesorarte o ayudarte en lo que podamos. Y es que no siendo muchos ni teniendo recursos abundantes, sí que tenemos una pasión irreductible por los ríos con vida. Y es por eso que vamos a seguir defendiéndolos “a muerte” frente a cualquier amenaza gratuita o agresión irracional, con independencia, rigor, determinación y paciencia, pese a quien pese y en todas las instancias, siempre de la mano con cuantos otros amigos quieran sumarse a la lucha.

Remitido para su publicación en la revista Trofeo Pesca de enero de 2004. No publicado, por razones desconocidas a AEMS-Ríos con Vida.


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Varapalo a los privilegios de las asociaciones de pesca en Castilla y León.

Insolidario pescador.

De salmones, osos e hidroeléctricas en Galicia.

El Nansa secuestrado. ¿Hasta cuándo?

Artículo publicado en el nº 14 del Boletín La Voz del Agua de AEMS – Ríos con Vida.

Repoblar versus Conservar