Problemáticas

"Fracking": una grave amenaza para los ríos con vida en España

La fractura hidráulica (conocida en inglés como hydraulic fracking ) es una técnica para extraer gas (gas "no convencional" o de pizarra o "shale gas") y petróleo del subsuelo. El procedimiento consiste en la inyección a presión de materiales (fluidos) en el terreno, con el objetivo de ampliar las fracturas existentes en el sustrato rocoso que encierra el gas o el petróleo, y favoreciendo así su salida hacia el exterior. Habitualmente el material inyectado es agua con arena y productos químicos.

El aumento del precio de los combustibles fósiles, que ha hecho económicamente rentables estos métodos, está popularizando su empleo en los últimos años, especialmente en los EE. UU. Pero ahora llega a Europa y a nuestro país, especialmente a Castilla y León, Cantabria, La Rioja y Euskadi, aunque hay previsión de solicitudes de prospección en media España, como se muestra en el mapa adjunto.

Mapa de prospecciones de "Fracking" en España

Existe un gran peligro medioambiental derivado de esta técnica, pues además de un enorme consumo de agua, es habitual que junto con la arena se incluyan multitud de compuestos químicos, cuya finalidad es favorecer la fisuración o incluso la disolución de la roca, y que podrían contaminar tanto el terreno como los acuíferos subterráneos, además de la atmósfera, como se puede observar en el siguiente video de 23 minutos.

Impactos del "Fracking" en el mundo y en España

Los principales impactos, según se ha visto, son la emisión a la atmósfera de gases contaminantes, la contaminación de acuíferos, (que posteriormente llega a los ríos), la fuga de fluidos de fracturación y el vertido incontrolado de aguas residuales. Los fluidos de fracturación contienen sustancias altamente peligrosas, como metales pesados y elementos radiactivos (radón, etc.).

Las experiencias obtenidas en Estados Unidos y otros países muestran que se producen numerosos accidentes que dañan el medio ambiente y la salud humana. Muchos de estos accidentes se deben a una manipulación incorrecta del equipo o a fugas de éste. Por otra parte, cerca de los pozos de gas se ha registrado contaminación de aguas subterráneas con metano, (que en casos extremos pueden provocar la explosión de edificios residenciales), así como con cloruro de potasio, (que provoca la salinización del agua potable), y otros compuestos altamente contaminantes.

Otra repercusión inevitable de la extracción de gas de pizarra es el gran deterioro del paisaje debido a un alto índice de ocupación de la tierra por las plataformas de perforación, por las zonas de aparcamiento y maniobra de camiones, por los equipos, instalaciones de procesamiento y transporte de gas, y por las carreteras de acceso. Finalmente, también se han detectado terremotos en los entornos de las plataformas de perforación, lo que ha provocado su moratoria, como por ejemplo ha sucedido en EEUU (Oklahoma, Texas, Ohio, Virginia, etc.) y en el Reino Unido (Blackpool).

Terremotos asociados al "fracking" en EE.UU.

Terremotos producidos por el "fracking" en Reino Unido

Impactos de las explotaciones de gas de pizarra en el paisaje

Desde Ríos con Vida queremos transmitir un mensaje de preocupación y sensibilización sobre esta nueva amenaza para el medio ambiente en general y los ríos con vida en particular, manifestando nuestro apoyo a todos los movimientos de oposición a esta forma de minería letal. Apoyamos igualmente a los municipios y gobiernos autónomos de España que ya están oponiéndose a ello. En los enlaces adjuntos se puede encontrar más información.

Peñafiel se opone al Fracking en la Ribera del Duero

Soria libre de Fracking

El Gobierno de La Rioja dice NO al Fracking

Europa también dice NO al Fracking

Cantabria contra el Fracking

Oposición al Fracking en Euskadi



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"Introducción de especies aloctonas"

Autores: Ramiro Asensio, Javier Pinedo

La suelta indiscriminada de peces ajenos a nuestra fauna influye negativamente en el equilibrio ecológico de las aguas dulces.

La Península Ibérica constituye una unidad biológica con entidad propia, un área biogeográfica diferenciada de las restantes por la composición de especies que la caracteriza. Este hecho, ampliamente constatado en plantas y animales, es aún más claro en los que a peces dulceacuícolas se refiere, con consecuencia del escaso poder de dispersión de éstos.

Esta baja capacidad de expansión unida al aislamiento geográfico que los Pirineos y el agua marina suponen, ha determinado, con el correr de los siglos, la existencia de abundantes endemismos ibéricos (especies que únicamente habitan en la Península Ibérica de manera natural) originados por diferenciación genética de pequeñas poblaciones. Otros peces como Aphanius iberus y Valencia Hispánica se han convertido en endemismos al reducirse su área de distribución (se han encontrado fósiles de sus ancestros en Centroeuropa).

El número de peces continentales que habitan la Península Ibérica es variable según el autor que se consulte, debido a que algunos incluyen especies de estuario, más asociadas a aguas salobres que a las verdaderamente dulces, lo que no es admitido por todos. Hemos confeccionado una lista de especies ibéricas (tabla 1) a partir de las incluidas en las dos publicaciones más recientes sobre el tema (GOMEZ CARUANA & DIAZ LUNA, 1.991; y DOADRIO, ELVIRA & BERNAT, 1.991).

Según esta lista, actualmente serían 72 las especies de peces dulceacuícolas (estrictos o parciales) peninsulares, de las cuales 19 son alóctonas (han sido introducidas por el hombre). De las 53 restantes (todas autóctonas), 19 son endémicas de la península y otras dos son endémicas de la península y el norte de Africa (figura 1). Es decir, aproximadamente el 40% de las especies piscícolas naturales de los ríos ibéricos no aparecen en ninguna otra parte del mundo, lo que da idea de la singularidad de nuestra fauna piscícola.

Si no tuviéramos en cuenta aquellas especies (dulceacuícolas parciales) que no mantienen poblaciones estables en agua dulce y cuya biología depende en gran medida del medio marino (Sygnathus abaster, Dicentrachus labras, D. punctatus y todas las especies de las familias Mugiliadae, Gobiidae y Pleuronectidae), el porcentaje de endemismos ascendería al 51% de las especies nativas.

Esta riqueza natural está seriamente amenazada hoy en día. Contaminación de las aguas, canalizaciones, extracciones excesivas de agua para riego o consumo urbano e industrial, construcción de embalses y minicentrales hidroeléctricas, extracción de gravas, introducción de especies alóctonas, contaminación genética, furtivismo, sobrepesca, etc, son actuaciones de origen humano que perjudican enormemente a las poblaciones de peces, llegando en algunos casos a extinguirlas. Todas ellas tienen importancia y, dependiendo del caso, hasta las a priori menos lesivas pueden resultar exterminadoras.

En el presente artículo vamos a tratar el caso de las introducciones de peces exóticos, introgresión humana que cuenta con antecedentes históricos bastante antiguos, pero que, en los últimos tiempos, se ha generalizado peligrosamente convirtiéndose en una gran amenaza para nuestra fauna piscícola.

Introducciones históricas y recientes.

La fecha de las que podrían ser denominadas introducciones históricas en la península (carpa, carpín y tenca) es tema de controversias entre los diferentes autores.

Para unos, la carpa (Cyprinus carpio) y el carpín o pez-rojo (Carassius auratus) fueron introducidos por los romanos, que los utilizaban como elemento decorativo, en estanques, y quizás también gastronómico. Un segundo impulso a su expansión lo dio la necesidad de contar con pescado fresco en los monasterios medievales del interior, lo que permitiría complementar la dieta de hortalizas con que los clérigos cumplían el precepto de abstenerse de comer carne de pelo o pluma durante la Cuaresma. Esta podría ser también la explicación a la introducción de la tenca (Tinca tinca).

Otros autores en cambio, admiten que la carpa y el carpín fueron introducidos en Europa por los romanos (siglo I), pero postergan su introducción en la Península Ibérica al siglo XVII.

Sea como fuere, hoy en día estas tres especies pueden ser encontradas en la práctica totalidad del territorio peninsular, y su carácter alóctono es generalmente desconocido por la población humana.

A las introducciones históricas mencionadas se les han añadido muchas otras durante el último siglo, seguramente como consecuencia de la mejora en transportes y en conocimientos sobre piscicultura.

A finales del pasado siglo se introdujeron en la península dos salmónidos procedentes de Norteamérica, la trucha arco-iris (Onchorhynchus mykiss) y el salvelino (Salvelinus fontinalis), así como un ciprínido centroeuropeo, el gobio (Gobio). De este último se cree que se importó con la finalidad de criarlo para servir de alimento a las truchas en piscifactorías.

Algo más tarde, allá por 1.910, se realizaron experimentos de aclimatación, en las aguas cerradas del lago de Banyoles (Girona), con varias especies: trucha arco iris, gobio, gardí (Scardinius erythrophthalmus), brema (Abramis brama), alburno (Alburnus alburnus), locha de estaque (Misgurnus fossilis), cacho dorado (Leuciscus idus) y Leuciscus souffla. De éstas han establecido poblaciones las tres primeras especies, desapareciendo al parecer las restantes.

La introducción del pez-gato (Ictalurus melas), aunque menos contrastada, también parece datar de principios de siglo, siendo el lago de Banyoles el primer lugar donde se introdujo.

En 1.921, y con el fin de combatir las plagas de mosquito transmisoras del paludismo, la Administración importa de Norteamérica la gambusia (Gambusia holbrooki), con fatales consecuencias para dos especies autóctonas en peligro de extinción, los endémicos fartet (Aphanius iberus) y samaruc (Valencia hispánica), este último considerado uno de los dos peces del planeta en mayor peligro de extinción según la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza).

El Servicio de pesca Continental, caza y Parque Naturales (SPCCPN), introdujo en las aguas dulces ibéricas otra especie foránea, el lucio (Esox lucius), previo informe favorable del ingeniero Velaz de Medrano. Fatal decisión.

En Abril de 1.949 llegaron los primeros 50.000 huevos embrionados procedentes de Francia, que fueron instalados en la piscifactoría que el SPCCPN tenía en Aranjuez (Madrid). En Diciembre de ese mismo año se soltaron los primeros lucios adultos (255 individuos), procedentes también de Francia, en el río Tajo.

En el caso del lucio no podemos hablar de especie estrictamente alóctona, ya que esta especie habitó en la península hasta el Pleistoceno, como parece indicar una vértebra fósil hallada en le yacimiento arqueológico achelense de Aridos-I (Arganda, Madrid). Sin embargo, al haberse extinguido de la península hace tantos miles de años, tiempo durante el cual nuestros ecosistemas acuáticos han seguido evolucionando en su ausencia, cuando se la incorpora de nuevo a las aguas es recibida como un elemento extraño, igual que a cualquier especie totalmente alóctona, por lo que tampoco podemos considerarla especie nativa o autóctona.

El SPCCPN, en 1.955, lleva a cabo una suelta piloto de perca americana o blackbass (Micropterus salmoides), tras ser criada y estudiada en la piscifactoría de Aranjuez, y también introduce la trucha de fontana o salvelino (Salvelinus fontinalis) y el salvelino alpino (Salvelinus alpinus) en ibones y estanques pirenáicos y en algunos embalses del centro peninsular. De la persistencia de esta última especie no se han encontrado pruebas, por lo que se la supone extinguida y no es incluida en la lista de la fauna de peces de agua dulce actual (tabla 1).

En 1.968 fue introducido por primera vez, en el río Tormes, el hucho o salmón del danubio (Hucho), de manos del SPCCPN, con fines deportivos, para la pesca con caña.

A finales de los años 70 se introdujo, al parecer legalmente, la lucioperca (Stizostedion lucioperca) en el embalse de Boadella (Girona), de modo experimental. Posteriormente, en 1.990, ha sido citado en el embalse de Mequinenza y bajo la presa de San Lorenzo de Montgay (Lleida), probablemente como consecuencia de introducción ilegal.

En la década de los 70 el SPCCPN fue sustituido por el ICONA (Instituto para la Conservación de la Naturaleza). Esta sustitución fue más importante de lo que pudiera parecer, ya que el cambio de entidad administrativa fue acompañado de un cambio de actitud hacia la Naturaleza. Se frenó la política que fomentaba la introducción de especies alóctonas, aunque desde entonces se cultivan y dispersan las especies exóticas que gozan de mayor aceptación en le colectivo de pescadores: carpa, tenca, trucha arco-iris, black-bass y lucio.

En 1.974 se cometió un grave delito ecológico. Uno o varios particulares, con conocimiento de que lo que hacían era totalmente ilegal, introdujeron un tonel con 32 alevines de siluro (Siluro glanis) a través de la frontera con la excusa de que iban a servir de cebo vivo para capturar lucio y black-bass en el embalse de Mequinenza. Lo que en realidad se hizo con ellos fue liberarlos en la desembocadura del río Segre en el Ebro.

Los intentos de justificación de esta introducción, publicados incluso en alguna revista de pesca, carecen de todo rigor científico.

Aunque no sirva de consuelo, esto no es lo común. La mayoría de las restantes introducciones de peces alóctonos parecen haber sido llevadas a cabo por particulares bienintencionados pero ignorantes. Por lo general se trata de personas amantes de la Naturaleza, pescadores en muchos casos, que creen hacer un bien al soltar peces en un río o embalse, sea cual sea su especie y origen, desconociendo que lo que probablemente estén haciendo sea provocar un desastre ecológico. Actitudes similares han potenciado la expansión del tristemente célebre cangrejo rojo o de las marismas (Procambarus clarkii), calificado por los expertos como "ecológicamente indeseable en nuestras aguas".

Fruto de estas introducciones particulares parece ser la presencia, en aguas peninsulares, de las especies alóctonas que nos quedan por mencionar.

El gardón o rutilo común (Rutilus), frecuente y abundante en Europa y buena parte de Asia, ha sido introducido en la Península Ibérica, aunque en unos pocos lugares (río Llobregat, canal de Urgel,...).

El fúndulo o pez-momia (Fundulus heteroclitus) es originario del Este de Norteamérica y actualmente se le encuentra en el Suroeste de la Península Ibérica. Existe una cita del siglo pasado, cercana a Sevilla, que posiblemente corresponda a esta especie. Es posible que llegara hasta la península como "polizón" en algún barco.

La perca (Perca fluviatilis), común en Europa, ha sido introducida en el embalse de Boadella (Girona), que al perecer es el único enclave ibérico en el que habita.

El pez-sol (Lepomis gibbosus) es otra especie originaria de Norteamérica que ha sido introducida en la Península Ibérica, no estando clara la fecha de su introducción.

Finalmente, el chanchito (Cichlasoma facetum) es un cíclido originario de Sudamérica, muy utilizado en acuarios, que se ha aclimatado a las aguas del sur peninsular como consecuencia, probablemente, de la suelta de ejemplares que fueron importados para acuariofilia. La primera cita peninsular data de principios de los años 40, en Portugal, pero recientemente se ha comenzado a expandir con gran fuerza.

La situación de la C.A.P.V.

Actualmente tenemos conocimiento de la existencia de 31 especies de peces, total o parcialmente dulceacuícolas, en la Comunidad Autónoma del País Vasco, como se detalla en la tabla 1. Para llegar a esta cifra hemos revisado la bibliografía y hemos añadido citas propias, pero conviene hacer notar que los ecosistemas estuarinos del País Vasco han sido escasamente estudiados en lo que se refiere a su ictiofauna, por lo que es posible que alguna especie de estos ambientes no haya sido detectada hasta el momento pese a existir en ellos, como sucedió con Liza ramada, que no fue citada por primera vez hasta 1.987.

De las 31 especies mencionadas, 21 son autóctonas (se ha excluido el gobio, aunque hay que hacer constar que la población del río Bidasoa parece ser la única autóctona de toda la Península Ibérica) y 10 alóctonas (gobio en la vertiente mediterránea).

Además del mencionado gobio, las especies de peces introducidas en la C.A.P.V. son: tenca, carpín y carpa (introducciones más recientes).

Del pez-sol la presente es la primera cita bibliográfica para el País Vasco, habiendo sido detectado este mismo año en una balsa de riego alavesa, aunque la densidad de la población indica que la fecha de suelta fue anterior. Al parecer de momento ésta es la única población de pez-sol en la C.A.P.V.

Tenca, carpa y carpín mantienen poblaciones estables en aquellos tramos fluviales y retenciones de agua (charcas, embalses) que les son favorables, siendo la última de estas tres especies la que con diferencia está más extendida por la C.A.P.V.

Con trucha arco-iris se realizan sueltas periódicas para pesca deportiva pero, como al parecer no se han dado casos de reproducción natural en nuestras aguas, cabe pensar que pocos años después de un hipotético cese de las repoblaciones esta especie se extinguiría, por lo que su presencia no parece excesivamente problemática siempre y cuando se limiten las repoblaciones a tramos bien definidos y aislados del resto.

Con el hucho se realizaron pruebas de aclimatación recientemente, soltando algunos ejemplares en aguas de un río vizcaíno, pero se abandonó el proyecto ante la imposibilidad de conseguir más ejemplares para repoblación. Hoy en día no se tienen datos de su presencia en aguas vascas.

El lucio fue introducido por algún particular en el alavés embalse de Albina, donde ha diezmado las poblaciones autóctonas de peces. De momento su presencia es restringida (embalses de Albina y Villarreal) pero constituye una seria amenaza pues cabe la posibilidad de que colonice los tramos bajos de algunos de nuestros ríos.

Sobre la presencia del siluro en aguas de la C.A.P.V. tan sólo se dispone de una prueba fotográfica. Su introducción pudo coincidir en tiempo y lugar con la del lucio, pero al parecer no se ha aclimatado como éste.

Desgraciadamente el black-bass está mucho más extendido por la C.A.P.V. Actualmente resulta difícil encontrar una charca, balsa o embalse en la que no se haya introducido ya este voraz depredador.

¿Y por qué no?

Utilizando una definición muy sencilla, podríamos decir que un ecosistema es el conjunto formado por una comunidad de organismos vivos y el medio físico sobre el que se asienta. Los elementos que conforman la comunidad son las poblaciones de las diferentes especies de seres vivos (algas, plantas acuáticas, larvas de insectos, peces, etc), y todos ellos están más o menos relacionados entre sí y con el medio físico mediante conexiones directas e indirectas que forman la llamada red trófica de la comunidad.

TABLA 1
Peces ibéricos de agua dulce

1. Lampetra fluviatilis (lamprea de arroyo)

2. Lampetra planeri (lamprea de arroyo)

3. Petromyzon marinus (lamprea marina)

4. Acipenser sturio (esturión)

5. Alosa alosa (sábalo).

6. Alosa fallax (saboga).

7. Anguilla anguilla (anguila).

8. Hucho hucho (salmón del Danubio).

9. Oncorhynchus mykisss (trucha arco-iris)

10. Salmo salar (salmón).

11. Salmo trutta (trucha común).

12. Salvelinus fontinalis (salvelino).

13. Esox lucius (lucio).

14. Anaecypris hispanica (jarabugo).

15. Barbus bocagei (barbo común).

16. Barbus comiza (barbo comiza).

17. Barbusgraellsii (barbo de Graells).

18. Barbus guiraonis (barbo mediterráneo).

19. Barbus haasi (barbo culirroyo).

20. Barbus meridionalis (barbo de montaña).

21. Barbus microcephalus(barbo cabecipequeño).

22. Barbus sclateri (barbo gitano).

23. Carassius auratus (carpín-pez rojo).

24. Cyprinus carpio (carpa).

25. Chondrostoma polylepis (boga).

26. Chondrostoma toxostoma (loina/madrilla).

27. Gobio gobio (gobio).

28. Iberocypris palaciosi (bogardilla).

29. Leuciscus carolitertii (bordallo).

30. Leuciscus cephalus (cacho).

31. Leuciscus pyrenaicus (cachuelo).

32. Phoxinus phoxinus (ezkailu/chipa).

33. Rutilus arcasii (bermejuela).

34. Rutilus lemmingii (pardilla).

35. Rutilus lusitanicus (rutillo portugués).

36. Rutilus macrolepidotus (ruivaca).

37. Rutilus rutilus (rutilo común)

38.- Scardinius erythophothalmus (gardí).

39. Tinca tinca (tenca).

40. Tropidophoxinelus alburnoides (calandino).

41. Cobitis calderoni (colmilleja/lamprehuela).

42. Cobitis maroccana (colmilleja).

43. Noemacheilus barbatulus (locha).

44. Silurus glanis (siluro).

45. Ictalurus melas (pez gato).

46. Aphanius iberus (fartet).

47. Fundulus heteroclitus (fúndulo).

48. Valencia hispanica (samaruc).

49. Babusia holbrooki (gambusia).

50. Atherina boyeri (pejerry/mochón).

51. Atherina hepsetus (pejerrey/chucleto).

52. Atherina prebyster (pejerre/abichón).

53. Gasterosteus aculeatus (espinoso).

54. Syngnathus abaster (aguja de río).

55. Cottus gobio (coto/cavilat).

56. Dicentyrarchus labrax (lubina).

57. Dicentrarchus punctatus (baila).

58. Perca fluviatilis (perca).

59. Stizostedion lucioperca (lucioperca)

60. Lepomis gibbosus (pez sol).

61. Micropterus salmoides(black-bass).

62. Cichlasoma facetum (chanchito).

63. Chelon labrosus (corcón/lisa).

64. Liza aurata (galupe).

65. Liza ramada (capitón).

66. Liza saliens (galua).

67. Mugil cephalus (mujol cabezudo).

68. Oedalechilus labeo (labeo/caluga).

69. Blennius fluviatilis (blenio/pez fraile)

70. Pomatoschistus microps (cabuxino enano).

71. Pomatoschistus minutus (cabuxino).

72. Platichthys flesus (platija).

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Cada especie viene seguida de una serie de tres códigos, el primero indica el origen (N=nativa; En=endémica; In=introducida), el segundo indica la categoría de conservación según la "Lista Roja de los Vertebrados de España" del ICONA (E=en peligro; V=Vulnerable; R=rara; I=indeterminada; K=insuficientemente conocida; NA=no amenazada) y la tercera señalada si ha sido citada en la C.A.P.V. o no.

(*)Endemismo ibero-norteamericano.

Fuente: elaboración propia

Cada ecosistema concreto tiene su red trófica característica, en la que las poblaciones de las diferentes especies pueden fluctuar como consecuencia de los factores ambientales (que influyen en la reproducción, crecimiento, migración, mortalidad) y de las interacciones ecológicas (competencia, depredación). Esto supone lo que se llama un "equilibrio dinámico".

Cuando se introduce un elemento extraño (una especie íctica alóctona en nuestro caso) en la red de un ecosistema (fluvial, lacustre) cuyas características le sean favorables, se altera ese equilibrio dinámico.

Con el tiempo la nueva especie se irá haciendo un hueco en la red, desplazando a especies competidoras menos fuertes, incidiendo sobre las poblaciones de las especies presa, etc, lo que podría conllevar la rarefacción o incluso extinción de algunas especies no dotadas de comportamientos defensivos o potencial reproductor suficientes, y la proliferación de otras, beneficiadas por la disminución de competencia.

Es muy difícil predecir las consecuencias de una introducción, ya que cada caso concreto es diferente, pero lo que es seguro es que, si la especie introducida es capaz de vivir y proliferar en el nuevo hábitat, lo hará a costa de romper el equilibrio dinámico preexistente y, de camino hacia el nuevo equilibrio que se establecerá ya con su presencia, es muy posible que deje fuera alguna otra especie.

Esta es la razón por la cual son indeseables las introducciones de peces exóticos en ecosistemas de aguas dulces. Tanto los ecosistemas como las comunidades y organismos que los conforman son un patrimonio que debemos conservar para disfrutarlos y garantizar su disfrute a las generaciones futuras.

A modo de apéndice resaltemos la existencia en nuestras aguas fluviales de una auténtica reliquia, como es el pez fraile o blenio, cuya supervivencia se encuentra seriamente amenazada, además de por el deterioro de su hábitat, por la expansión del cangrejo de las marismas (Procambarus clarkii), cuya introducción parece haber sido la causa de la desaparición del blenio en los ríos del sur peninsular.

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"Minicentrales"

Periódicamente seguimos oyendo alabanzas y argumentos a favor de las minicentrales hidroeléctricas en los ríos. El Instituto de Diversificación y Ahorro Energético (IDAE) “vende” este tipo de energía como de reducido impacto ambiental, y planteo el objetivo del Plan de Fomento de Energías Renovables de llegar a 2.300 o 2.400 MW instalados en minicentrales en el año 2010 desde los 1.548 MW del 2009.

Lamentablemente, este informe, que incluye conclusiones de los departamentos de industria y energía de las CCAA, evalúa el impacto de las distintas tecnologías de generación eléctrica mediante unos “ecopuntos” que ignoran completamente el grave impacto ambiental local que muchas minicentrales tienen sobre los ecosistemas acuáticos donde se instalan, degradando y destruyendo su biodiversidad y productividad originales. Y siendo demagógico el titular de que las minicentrales sustituyen la quema de 250.000 toneladas equivalentes de petróleo al año, porque al ritmo que crece la demanda energética lo cierto es que la minihidráulica jamás podría sustituir ni un kilovatio más “sucio”, más impresentable todavía es reducir el impacto de la generación eléctrica a la capa de ozono y el calentamiento global. La realidad es que la merma de aportaciones y el esperable avance en el cumplimiento de la ley por parte de las presas y centrales existentes, no sitúa a la hidráulica como solución al apuro energético, y mucho menos a las minicentrales. Porque una vez alcanzados esos 2.400 MW en 2010, unos pocos inversores ganarán dinero, quizá algún funcionario o político se haya enriquecido con comisiones o luzca medallas “verdes”, pero tendremos más ríos enfermos o heridos de muerte y el problema energético será igual o peor.

Digan lo que digan, se sabe que muchas minicentrales, incluso de construcción reciente, están fraccionando, regulando y degradando nuestros cursos fluviales. Denuncias ha habido muchas, pero nos gustaría poder cuantificar cuántas de las minicentrales españolas son estructural o coyunturalmente insostenibles, porque parece que los responsables de industria y energía de Comunidades o Estado tampoco lo saben y menos que les interesa. Para esos temas otros doctores y órganos competentes hay que se suelen pronunciar en los expedientes, pero informes tan poco serios, y más partiendo de organismos oficiales como es el IDAE, desde luego acrecientan nuestra preocupación. Porque podemos afirmar sin temor a equivocarnos que no abundan los buenos ejemplos de minicentrales que no condenan a los ríos que las sufren. Y si los hay no los conocemos, por lo cual llevamos años instando a aquellos que saben de tan loables casos que los presenten públicamente para que todos podamos unirnos en la aclamación. Seguimos esperando. Porque todas las minicentrales con presas de más de 2 o 3 m, que puentean un determinado tramo fluvial derivando caudales para descargarlos más abajo, es decir, la gran mayoría de esas más de 1.000 que tenemos en España, serían potencialmente peligrosas para los ecosistemas, y sin duda cientos de ellas ahora mismo están dañando los valores naturales y culturales que sostienen esos ríos. Porque las escalas o sistemas de paso para peces faltan, funcionan mal o son un pegote inútil, porque los caudales “ecológicos” que se fijan son inadecuados e insuficientes. Porque podrá ser fluyente, es decir, dar salidas por entradas, pero una minicentral de no ubicarse a pie de presa siempre deja un tramo más o menos largo (a menudo varios km) con poca o menos agua, lo que perjudica a la fauna acuática residente como transeúnte, por ejemplo a los peces, que tienen la manía de ascender o descender el río para reproducirse y sobrevivir. Porque muchísimas minicentrales, sobre todo en regiones con precipitaciones y caudales menos abundantes y regulares, donde se pretende viabilizar lo insostenible, son de un tipo tan rentable como nocivo: con presa fluyente o de regulación, canal o tubo que deriva un apreciable segmento de río, cámara de carga, tubería forzada y turbina que en muchos casos operan en emboladas o hidropuntas, causando fluctuaciones diarias que van mermando la vida acuática aguas abajo de la devolución, arrastrando macrobentos, huevos y alevines. Porque peces y otros animales entran y mueren año a año en canales y turbinas en muchas minicentrales; porque casi ninguna presenta medidores que permitan controlar el caudal derivado y atajar el incumplimiento de la Ley, que es moneda diaria...

Se sabe, y el Tribunal Supremo lo ha ratificado en el caso de tres minicentrales del Alto Tajo puestas en funcionamiento hace poco más de una década. Nuestros ríos ya tienen demasiadas presas y minicentrales, y 1.000 más sólo pueden perjudicarles, a menos que efectivamente fueran ese modelo de sostenibilidad que pregonan el IDAE o los promotores minihidráulicos, que entonces serían necesarias muchas más de otro millar para instalar tal potencia. Insistimos: ¿cuántas minicentrales sostenibles hay en España? ¿Conocen alguna con presa pequeña, escala o by-pass eficaz, toma sumergida, turbina de escasa potencia, segmento fluvial muy corto y adecuado para que no suponga una barrera, paisajísticamente integradas?... ¿Y saben de alguna que esté dando esos tan cacareados puestos de trabajo estables en esas “zonas deprimidas”?

Entérense señoras y sres. de las administraciones, promotores minihidráulicos y corifeos: en cauces fluviales naturales, mucho más en tramos de alto valor natural y paisajístico, otros tipos de minicentrales serían potencialmente insostenibles. No siembren falsedades... Vale más que fomenten el ahorro energético, ¡no hagan anuncios, sino verdaderas políticas de ahorro e innovación energética: frenen y reduzcan el desmedido consumo, hagan casas y coches energéticamente eficientes, apuesten e inviertan en el sector solar con tanto potencial en nuestro país, investiguen y desarrollen la tecnología del hidrógeno!... Y antes de ignorar o trivializar los efectos de esas más de 1.000 minicentrales que están funcionando en nuestro país, sométanlas a auditoría ambiental, cierren las inviables e inviertan en las que puedan llegar a hacer razonablemente compatibles con los ecosistemas que las soportan. Y entretanto...

¡Dejen en paz los ríos que nos quedan!

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"Vertidos"

A pesar de las aguas otoñales, muchos de los 1.300 embalses peninsulares siguen bajo mínimos, sobre todo en las cuencas mediterráneas y meridionales. Las inmensas orillas peladas dejaron al descubierto la multitud y variedad de cachivaches ligados al ocio y la ocupación del tiempo libre a la que estamos acostumbrados: hierros oxidados de la silla plegable, latas de refrescos o de sardinas, bidón vacío (o casi) del aceite del coche... Y también la tarrina de gusanos, la lata de maíz, el sedal, los anzuelos y plomos... Contaminación al fin y al cabo. Contaminación visual que igual que puede agredir nuestro sentido ético y estético, daña el ecosistema acuático más o menos humanizado. Sin embargo, siendo estos residuos relativamente fáciles de detectar, de recoger y eliminar, el daño no tendría por qué ser irreparable. Ahora, que las campañas de limpieza de los ríos generalmente están condenadas a quedarse en lavados de cara y conciencia que reconfortan el corazón y permiten que algunos se cuelguen medallas.

Pero hay otros tipos de contaminación más discreta y menos evidente, pero seguramente mucho más dañina, como la contaminación química, o la difusa que proviene sobre todo de la agricultura. Se considera que sólo la industria química ha introducido más de 100.000 sustancias sintéticas diferentes en el medio acuático. Miles de sustancias que son arrojadas en cantidades desorbitadas a nuestros ríos y que serán retenidas en los lodos de los pantanos o finalmente irán a parar al mar, pues sólo una pequeñísima parte serán depuradas y eliminadas. Algunas las vertemos a diario a través de las aguas residuales de nuestros hogares, otras vienen del insostenible “modelo” agropecuario, y otras, a menudo altamente tóxicas y persistentes, proceden de la industria y la minería, son conocidas aunque no declaradas por sus productores. Sustancias que aún con una presencia en el vertido aparentemente poco significativa, no sólo pueden resultar muy dañinas para los ecosistemas sino que reaccionan y se transforman en el medio dando lugar a otros productos químicos cuya toxicidad desconocemos y no controlamos. Hidrocarburos, disolventes orgánicos, organoclorados, metales pesados, residuos radiactivos, PCBs, agua calentada por reactores nucleares o térmicos... aguas fecales de multitud de poblaciones de menos de 15 o 10.000 habitantes vertidas a diario a ríos o mares... restos de plaguicidas y abonos de la agricultura en cursos y acuíferos, de purines de las granjas.... de las piscifactorías... Abonos y biocidas que destruyen el oxígeno y la vida, aguas calientes que eliminan y sustituyen comunidades... compuestos químicos que reaccionan entre sí, se acumulan en los organismos y traspasan las redes tróficas, poniendo en peligro también nuestra propia salud y vida...

Miles de sustancias, de las cuales a lo sumo unas pocas centenas están catalogadas y son detectadas en los más finos análisis fisicoquímicos de seguimiento que realizan las autoridades hidráulicas. Una incontrolada y sin duda inmensa carga contaminante a juzgar por su impacto sobre la vida, que se puede constatar en los análisis toxicológicos y que aflora como punta de iceberg a través de indicadores biológicos y ecológicos al uso. Índices que hoy completan los análisis oficiales de las aguas, testigos del daño impotentes para defenderse, incapaces de señalar culpables; resignados a una agresión permanente pero no identificada. Un reciente informe de Greenpeace sobre la calidad de nuestras aguas continentales señalaba que según nuestras propias confederaciones y agencias de aguas sólo el 11% de las aguas superficiales y el 16% de las subterráneas estarían en condiciones de cumplir los objetivos ambientales estipulados por la Directiva Marco de Aguas de la UE. Y como calidad y cantidad van de la mano, a los vertidos se añade la regulación y la extracción abusiva de agua del río o acuífero, especialmente en las cuencas mediterráneas, donde por otra parte sigue creciendo la demanda de recursos para regadíos, segundas residencias, complejos turísticos y campos de golf... Más de la mitad de las aguas embalsadas en nuestro país tienen problemas crecientes de eutrofización, especialmente en el Tajo, Duero, cuencas catalanas y Galicia-costa; muchas de las aguas subterráneas están contaminadas por nitratos y son prácticamente irrecuperables sin alto coste... Y las autoridades responsables saben perfectamente que los vertidos están degradando nuestras aguas dulces, que la contaminación es de lejos el factor más importante en la pérdida de recursos hídricos, que no hay caudales ecológicos que valgan aguas abajo de muchas presas... Pero una especie de pacto de silencio induce al ciudadano a mirar para otro lado, incluso en la inopia de pensar que la contaminación ha disminuido porque hay muchas depuradoras... A los pescadores desde luego no nos pueden engañar.

Qué poco respeto por ese líquido tan simple como esencial para la vida, incluyendo por supuesto la nuestra. Creemos que entre todos podemos hacer mucho más de lo que pensamos por el agua y los ríos con vida: cuidarlos como si fueran lo más nuestro, porque lo son, y exigir menos demanda, más ahorro y fuera venenos. Aprendimos en el colegio que el agua es un líquido incoloro, inodoro y sinsabor, que viene de lluvia o nieve. Esperamos que nuestros hijos o nietos puedan seguir experimentándolo, nadando, pescando y bebiendo del agua viva. No nos resignemos nunca a que la nombren avergonzados o acaben conociéndola por la marca embotelladora.

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"Repoblaciones"

La mayoría de los tramos aptos para los salmónidos se han venido repoblando desde hace más de un siglo con creciente intensidad, pero sin embargo nuestras poblaciones ibéricas de truchas y salmones cada vez están peor.

Concretamente la trucha común ha sido introducida en los cinco continentes y al menos en 24 países fuera de su área nativa original desde mediado el siglo XIX para acá. En algunos, particularmente en los países menos poblados y desarrollados, ha llegado a constituir importantes poblaciones. Sin embargo, el estado actual de las poblaciones de trucha salvaje en el mundo desarrollado no puede calificarse precisamente de boyante. También en España la trucha autóctona se ve cada vez más acantonada en los tramos altos y cabeceras bien conservadas de los ríos. Está científicamente demostrado que la destrucción o alteración del hábitat por contaminación, presas y regulación, minicentrales y captaciones, deforestación, dragados y encauzamientos, etc. es uno de los principales factores que explican el deterioro de las poblaciones trucheras.

También se sabe que la sobrexplotación pesquera reduce y desequilibra dichas poblaciones y puede mermar su capacidad reproductiva hasta el punto de comprometer su renovación y supervivencia. El impacto de la sobrepesca parece ser bastante mayor en los ríos del centro que en los del norte peninsular, lo cual puede obedecer a causas diversas. Los estudios indican también que los tramos de pesca sin muerte permiten mantener muchas más truchas que las zonas de pesca extractiva, tanto en términos de densidad como en biomasa y productividad. Es cierto que en las últimas décadas la gestión pesquera se ha venido racionalizando y que medidas como la reducción de cupos de captura, la regulación de cebos y técnicas o la pesca sin muerte han avanzado notablemente. Pero es que partíamos de cero, de modo que aún hoy y por muchos que digan lo contrario, los tramos de pesca extractiva o los mixtos siguen predominando sobre los sin muerte en la mayoría de las regiones salmonícolas. Si consideramos el factor de la generalmente escasa vigilancia de los ríos, podemos concluir que muy probablemente muchas de nuestras poblaciones trucheras y salmoneras hoy siguen siendo sobrexplotadas.

Problemas y soluciones

Consecuencia evidente y síntoma del declive es la disminución de las capturas por parte de los pescadores. Ante este problema y hasta hace no mucho tiempo la gestión de la pesca en España se basaba casi exclusivamente en “repoblar” cuanto más mejor. Ponemos el entrecomillado ya que lo que generalmente se hizo en realidad fue introducir peces (genes) foráneos, usualmente sin estudio ni conocimiento previo del estado de las poblaciones nativas y sin seguimiento alguno de la eficacia. Los pescadores dicen que pescan poco: ¡pues nada!, se echan truchas al río y asunto arreglado. De este modo, se introducen truchas de origen centroeuropeo o nórdico que reducen la diversidad genética de las poblaciones nativas, deteriorando su capacidad de supervivencia y provocando incluso la pérdida de combinaciones genéticas únicas. Por otro lado, siendo los salmónidos peces territoriales prácticamente desde que nacen, muchas veces las repoblaciones masivas no sólo no consiguieron el objetivo deseado: que los ríos tuvieran más peces, sino que más bien provocaron mayor mortalidad, con estrepitosos fracasos que, afortunadamente para los responsables, ni se estudiaron ni valoraron adecuadamente y por lo mismo tampoco dejaron demasiada huella en bibliotecas, anales y hemerotecas.

Gracias por ejemplo a la genética, ahora se saben muchas cosas que en aquellos tiempos se ignoraban. Actualmente se distinguen cinco grandes linajes de trucha en España: Atlántico, Cantábrico, Duero, Andaluz y Mediterráneo, que evolucionaron como unidades independientes con total aislamiento reproductivo. Así, podríamos imaginar la estructura genética de la trucha ibérica como una especie de árbol con cinco ramas gruesas, cada una de las cuales se ramifica en varias más delgadas que, a su vez, se dividen en multitud de ramas más finas. Es en estas últimas, que equivaldrían a las poblaciones, donde aparece la mayor variabilidad genética. Por eso la destrucción o degradación de un pequeño río o de determinado tramo fluvial significativo puede suponer la pérdida de una población truchera genéticamente única.

Nuestras poblaciones trucheras y salmoneras han sobrevivido durante miles de años adaptándose a su medio ambiente. En nuestras cuencas fluviales, cortas, abruptas, a menudo torrenciales, con fuertes estiajes y temperaturas elevadas, las poblaciones de salmónidos se han aislado y diversificado notablemente. La variedad de genes que atesoran en sus cromosomas y proteínas, el denominado pool genético, es a la vez su esencia biológica y su seguro de supervivencia futura. Para entendernos, no podemos introducir o crear poblaciones de salmónidos mejor adaptadas a su medio que las nativas. Hemos demostrado, claro está, una gran capacidad de alterar ese medio de tal forma que sólo sea apto para especies como el carpín o el pez gato pero, siempre que el hábitat conserve sus características básicas, pudiendo llegar a exterminar la población truchera autóctona de un río determinado, jamás se conseguirá sustituirla ventajosamente por una población artificial. Por algo hoy todas las instancias reconocen la importancia y el valor científico, social y económico de los recursos genéticos, esa llamada biodiversidad, singular e irremplazable.

En realidad, la pérdida de diversidad genética de la trucha común es seguramente la mayor amenaza para su conservación a largo plazo. Las causas de esta pérdida son la reducción del tamaño y el desequilibrio de las poblaciones por la pesca extractiva, el deterioro y fraccionamiento del hábitat y, por supuesto, las “repoblaciones”, origen de la llamada contaminación genética. La medida de esta contaminación es la tasa de introgresión, en este caso la proporción de genes foráneos en el genoma de nuestras truchas, que recientes estudios en las cuencas españolas sitúan como media entre el 0,5 y el 21%. Ahora se conoce que el 68% de las poblaciones trucheras de Duero y Tajo están contaminadas por genes alóctonos, mientras que en las cuencas mediterráneas la situación es aún más desastrosa, con alrededor del 80% de las poblaciones afectadas. Sin embargo, estudios similares realizados a principios de los 90’ sobre poblaciones trucheras de Galicia y Asturias mostraban niveles de introgresión mucho menores, en torno al 10%. La alteración genética de las poblaciones salmonícolas conlleva serios problemas de índole ecológica, alterando los recursos y comportamientos alimenticios, los mecanismos y ritmos de crecimiento y supervivencia, etc., pudiendo desplazar, reemplazar e incluso llegar a extinguir la población autóctona. También hay que destacar que la repoblación en muchos casos no parece haber dejado recursos permanentes, ya que las tasas de introgresión son bastante menores a lo que cabría esperar en muchos lugares intensa y sistemáticamente repoblados.

El hecho es que la repoblación con truchas de origen foráneo en zonas de trucha autóctona contradice radicalmente las directrices mundiales en gestión de recursos naturales renovables, indicando un manejo insostenible de los mismos y agrediendo el mantenimiento de la biodiversidad. Actualmente y según en qué comunidades (CCAA) teóricamente no se repuebla con truchas forasteras en tramos habitados por poblaciones autóctonas, siempre que las propias normas autonómicas lo impidan. Sin embargo, donde no se ha actualizado la legislación pesquera, como es el caso de Cataluña o Madrid, si bien como en otras comunidades también se han creado algunas zonas de reserva genética, sea porque se carece de stocks autóctonos de cultivo o por otros motivos, se siguen repoblando sistemáticamente aguas trucheras con especimenes de trucha “común y corriente”, es decir, de diversa e insospechada procedencia. Probablemente en numerosos de estos casos podríamos hablar incluso de presuntos delitos ecológicos, de manera que no será raro (aviso a navegantes) que el tiempo y, en su caso, los tribunales se ocupen de poner a cada cual en su lugar.

Pero no es sólo el peligro de hibridación de la trucha común, sino también la competencia por el espacio y el alimento, el aumento de la depredación y de las enfermedades, etc. Aplicando el más elemental principio de prudencia, ni siquiera la repoblación de tramos trucheros con arcoiris estériles podría considerarse coherente con la conservación o recuperación de sus poblaciones autóctonas. Algunos pensarán que somos excesivamente rigurosos o alarmistas, pero nosotros pensamos que lo irracional e incoherente es quejarse continuamente de la falta de truchas y seguir pidiendo eternamente más y más repoblaciones sin hacerse mayores preguntas.

Sepamos que hoy se conocen causas y se pueden dar explicaciones al deterioro de nuestras poblaciones trucheras. Si a menudo se carece de soluciones mágicas, en general se tiene información suficiente como para saber lo que nunca se debería hacer; otra cosa es que los objetivos sean adecuados y se obre en consecuencia. Los gestores de la pesca tienen la responsabilidad no sólo de dar satisfacción a la demanda pesquera, sino también y sobre todo de manejar de forma sostenible los recursos piscícolas naturales. Muchas veces somos los propios pescadores quienes desconocemos la realidad y nos negamos a aceptarla cuando se nos expone, pero hay que decir también que fueron las administraciones quienes extendieron el mito de la repoblación y en demasiados casos no se han preocupado de desmontarlo, ya que es más fácil echar peces de granja para que la gente los pesque que cuidar y gestionar debidamente los recursos y hábitats existentes. Otra cosa es que se echen peces “de verdad”, con los atributos físicos y de comportamiento naturales y adaptados a su medio. Y es que los pescadores, aún renegando de truchas con taras y muñones, como todo el mundo nos podemos acostumbrar casi a cualquier cosa. De ahí un peligro que subyace tras las políticas de intensivos, el de educar y acomodar a una legión de pescadores en una pesca artificial y fácil Es cierto que los intensivos radican a una masa de aficionados lejos de los lugares bien conservados, pero por otro lado generan y alimentan una demanda que ha contribuido a “ intensificar” tramos con poblaciones autóctonas perfectamente recuperables a poco que se invirtieran verdaderos esfuerzos en ello.

El impacto de las piscifactorías

Está claro que todavía hay una inercia cultural que permite que la repoblación ( casi de cualquier cosa y donde sea) siga teniendo una imagen más o menos positiva en la sociedad. Es cierto que hoy va habiendo mayor sensibilización con estos temas, pero la gran mayoría de la gente continua ignorando los perjuicios que viene causando la introducción o repoblación con especies o variedades foráneas o exóticas, ya sean animales o vegetales, sobre nuestro patrimonio vivo, como también habitualmente se desconocen los quebrantos que las piscifactorías pueden llegar a causar sobre nuestros ríos y peces. De hecho, el otro peligro de las políticas de repoblación sistemática o de suplemento para la pesca, sea con las truchas que sea, es que necesita piscifactorías.

Por numerosas y desagradables experiencias se sabe aunque a menudo se olvida que la acuicultura industrial, tanto de especies o variedades foráneas como autóctonas, representa de hecho un serio peligro para las poblaciones naturales. El tema es amplio y da para un tratamiento monográfico, pero de momento diremos que las piscifactorías se suelen instalar en tramos fluviales altos, ya que necesitan agua de calidad que captan y luego devuelven a los cauces, a menudo contaminada o insuficientemente depurada. Es frecuente el vertido de residuos orgánicos provenientes de descomposición de excrementos y pienso, acompañados de restos de fármacos y tratamientos químicos utilizados para mantener la salud de los peces. Porque una piscifactoría, como cualquier granja, suele ser un nido confortable para diversos agentes patógenos (muy comunes las saprolegnias, aeromonas, etc.) que, si bien en muchos casos son propios de la población salvaje, encuentran en el hacinamiento de cubas y estanques las condiciones ideales para prosperar. Minimizar los riesgos sanitarios de la repoblación exige aplicar rigurosas normas de control de enfermedades, vacunación, gestión de residuos, etc. en los centros de acuicultura, lo que muchas veces no se cumple adecuadamente. Por otro lado, como quiera que es prácticamente imposible aislar completamente una granja del medio exterior y que, todo hay que decirlo, las piscifactorías españolas (públicas y privadas) en demasiados casos tampoco parecen poner mucho empeño en conseguirlo, el hecho es que dejan escapar muchos peces que, contaminación genética aparte, con frecuencia han transmitido enfermedades a las poblaciones salvajes, provocando casos incluso célebres de mortalidad masiva de truchas y salmones salvajes. También existen numerosas enfermedades víricas o bacterianas, hongos y parásitos que se han introducido y propagado en muchos países gracias al trasiego de huevos y alevines de salmónidos. No dudamos que la acuicultura pueda ser una actividad ambientalmente compatible, pero estamos convencidos de que en España frecuentemente no lo es.

¿Y con peces “autóctonos”?

El hecho es que seguimos sin cuidar suficientemente los peces y mucho menos cuidamos los ríos donde han de vivir, pero muchos pescadores y algunas administraciones, siguen viendo en la repoblación sistemática, ahora con peces genéticamente autóctonos, la panacea que permitirá seguir pescando truchas. La realidad es que la repoblación “con autóctonas” también puede aparejar serios peligros para las poblaciones salvajes. En primer lugar, es oportuno aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de trucha autóctona, ya que los programas de repoblación con autóctonas emprendidos en algunas Comunidades que empezaron fundando una estirpe de cultivo por cada río, a menudo han terminado sacando adelante una amalgama genética con los supervivientes de las distintas líneas. Lamentablemente, también parece necesario clarificar que llevar peces por ejemplo del Duero a los Pirineos no es repoblar con autóctonos. En nuestra opinión, las administraciones encargadas de velar por el patrimonio biológico y genético común nunca deberían permitir o alentar tales despropósitos.

Por un lado, el proceso de fundación de líneas autóctonas de repoblación comienza con la extracción y selección de una fracción de reproductores de la población que difícilmente puede contener y representar todo su espectro genético. Por otra parte, los humanos somos muy malos seleccionadores sexuales de salmónidos, con lo cual los cruces que hacemos difícilmente pueden coincidir con los que elegiría el instinto y la capacidad de los peces. Una vez obtenidos los huevos y a lo largo del período de cultivo, en un caso ideal conseguiremos que sobrevivan muchos más peces que los que saldrían adelante en el ciclo natural, incluso aquellos portadores de taras y enfermedades que tendrán así muchas más posibilidades de perpetuarse en la población. Salvando ya los aspectos genéticos, por otro lado fundamentales, el hecho es que para criar las truchas en la piscifactoría tendremos que acostumbrarlas a vivir en una cuba, comiendo pienso de un cebador cada equis tiempo, rodeadas de congéneres y con apenas unos milímetros de territorio que mantener a su alrededor. En tales condiciones, los peces habrán de alterar su comportamiento natural, inhibiendo su instinto agresivo, la capacidad de buscar y conseguir alimento, de ocultarse y evitar a los depredadores, etc. De hecho, serán los peces menos “dóciles” o los más “salvajes” los que en mayor medida sucumbirán y restarán sus valiosos genes a la estirpe doméstica. Lógicamente los efectos de la domesticación serán menores cuanto menos tiempo mantengamos a los peces en la instalación, aunque también morirán más peces cuanto más pequeños los echemos al río. El caso es que se han constatado numerosas diferencias entre las truchas de cultivo y sus parientes autóctonas salvajes, destacando sobre todo una variabilidad genética muy reducida y una mortalidad más elevada en el río de los stocks de cultivo. Al respecto, se dice que puede ser relativamente fácil meter peces salvajes en una piscifactoría, pero es prácticamente imposible “sacar la piscifactoría de los peces”. Estudios de comportamiento demuestran por ejemplo que salmónidos autóctonos cultivados y repoblados en general tienen mayor tendencia a agregarse en cardúmenes y nadar entre dos aguas, mientras que los individuos salvajes son más territoriales y tienden a permanecer más pegados al lecho fluvial, lo que da menos facilidades a los predadores. Al hilo de ello, está comprobado que la creciente expansión de determinados depredadores en zonas salmonícolas europeas, como por ejemplo el tan denostado cormorán, en muchos casos no es ajena a los comederos creados por piscifactorías y repoblaciones sistemáticas.

Sabiendo que la producción de peces autóctonos para repoblación de suplemento precisa piscifactorías o “centros ictiogénicos”, vale la pena comentar al respecto una más que interesante noticia recientemente publicada en El Periódico de Aragón (20-05-2004) referida a las últimas propuestas de sustitución de las Directivas comunitarias 91/67, 93/53 y 95/70 sobre barreras sanitarias. Si las nuevas normas son aprobadas, parece más que probable que muchas de las piscifactorías industriales españolas no puedan seguir dedicando parte de su producción a la suelta de peces en lagos o ríos para su pesca. La Federación de pesca aragonesa manifestaba su preocupación preguntándose "¿qué sentido tendrán los estudios de cuenca y planes de recuperación que con tanto mimo se han emprendido en Aragón desde el año 1998?" A nuestro juicio el problema viene de basar tales planes en la producción masiva y repoblación sistemática de peces (“autóctonos”) en vez de en el manejo sostenible, la protección y restauración de los recursos y los hábitats salmonícolas naturales.

¿Repoblar es gratis?

Las políticas de repoblación sistemática se llevan casi siempre la mayor porción de la tarta presupuestaria dedicada al manejo pesquero en nuestras aguas. Incluso en regiones que mantienen estrategias de gestión más orientadas a la conservación de las poblaciones salvajes de salmónidos pueden acaparar más del 80% de dicho presupuesto. Datos referidos a piscifactorías, como por ejemplo la de Vegas del Condado (León), hablan de costes de 3,73 € por cada trucha común de 175 g producida. Esto significa que producir por ejemplo los aproximadamente 28.000 ejemplares de trucha común que se repoblaron en la provincia de León en 2002 costó alrededor de 100.000 €, mientras que los ingresos por permisos en intensivos fueron de unos 50.000 €, siendo la suma de ingresos por permisos abonados en todos los cotos trucheros de León de unos 240.000 €. En cuanto a la trucha arcoiris para intensivos, por ejemplo en el global de Castilla y León el kilo repoblado sale a una media de unos 2,65 €.

Está claro que repoblar no es gratis y que los costes de la política de repoblación sistemática contribuyen significativamente al déficit económico que en general presenta la gestión pesquera en nuestro país. De hecho, uno de los factores para explicar la demanda de repoblaciones es que sus costes en todo o en parte han sido tradicionalmente asumidos por la administración, es decir por todos los ciudadanos, pescadores o no.

Otra cuestión se refiere a los costes de la acuicultura que, al igual que otras actividades humanas en los ríos, tiene por costumbre ahorrarse gastos derivados de tratamientos del agua, de impermeabilización biológica de la instalación, de depuración de residuos, etc. ubicándose en los tramos altos y contaminando el río con residuos y las poblaciones autóctonas con genes extraños.

Para resumir

No hay argumentos válidos que demuestren que las repoblaciones son la solución al declive de nuestros salmónidos. Sin embargo, sí hay innumerables razones y datos científicos para pensar que más bien son un grave problema. Dicho de otro modo, las repoblaciones no han demostrado traer ningún bien a nuestros peces salvajes, mientras que han traído numerosos y evidentes males. Además suponen un gran coste económico y de oportunidad para aplicar otras medidas más orientadas al mantenimiento y uso sostenible de las poblaciones salvajes.

Como pescadores, hemos de mentalizarnos de que sin ríos vivos no vamos a poder tener truchas y salmones salvajes. No se puede seguir ignorando la realidad y repoblando de forma sistemática. La reproducción artificial puede ayudar a conservar o recuperar poblaciones singulares y amenazadas, pero si no se quiere evitar su extinción en libertad siempre habrá de ir acompañada de medidas que rehabiliten su hábitat natural. Las políticas de repoblación sistemática con truchas de líneas “autóctonas” como las que se vienen desarrollando en Asturias, La Rioja o Aragón, no parecen tener mucho sentido y contribuyen a la domesticación de la trucha. Es lamentable que la repoblación sistemática en muchos casos siga siendo ley por cuestión de fe, independientemente de su justificación, riesgos y resultados. Parece mentira que haya que decirlo, pero se pueden tener peces en el río sin necesidad de repoblarlos. Se trata de permitir o facilitar que puedan hacer lo que siempre hicieron: reproducirse y crecer en su hábitat natural.

A la luz del conocimiento actual, habría que procurar mantener seca la pólvora que supone la repoblación, empleándola sólo de forma prudente y puntual cuando el reclutamiento natural no permite que se renueve la población, y siempre después de que las medidas pertinentes de regulación racional de la pesca o de restauración del hábitat hayan fracasado o se hayan mostrado insuficientes. Lo que está claro es que una estrategia eficaz de conservación debe basarse en las diferencias genéticas entre las poblaciones. Si queremos que nuestras truchas y salmones salvajes sobrevivan, lo mejor que podemos hacer es cuidar o recuperar su medio, facilitando en lugar de entorpeciendo su ciclo natural de vida. Se trata de cambiar las políticas de repoblación sistemática por estrategias de conservación, restauración y manejo sostenible de las poblaciones salvajes y sus hábitats. Sabemos que esto no es fácil y requiere contar con el permiso de los “jefes” de los ríos, es decir los organismos de cuenca y, en suma, del Ministerio de Medio Ambiente. Vale la pena que las administraciones autonómicas, gestoras prácticas de los recursos biológicos y ambientales concentren voluntades y esfuerzos en un verdadero compromiso de salvaguardar los hábitats y poblaciones salmonícolas. Si los pescadores nos concienciamos, si pedimos y apoyamos con fuerza este cambio de rumbo, todo se puede conseguir.

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