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A Luís Antúnez Valerio, por Pepín Cuevas

Río Neira Vista parcial dunha ponte o paso polo Río Neira; á esquerda: Cela (O Corgo) e á dereita Vilarmosteiro (O Páramo). (Fuente Wikipedia)

 

A LUIS ANTÚNEZ VALERIO

por Pepín Cuevas

 

   Ayer, con el descanso que me proporcionaba la cama y la oscuridad de mi habitación, me puse a leer la carta de Luis Antúnez Valerio.

   Nada sabía de él. Desconocía si continuaba galopando caña y pluma en mano, a través de las aguas, defendiendo cualquier corriente por pequeña que fuera, o si su alma descansaba tranquila en alguna de ellas.

   Ensoñado en sus palabras y recordando su imagen, guardada en mi retina desde hace muchos años, devoré sus palabras como si de él, la narración surgiera.

   Vislumbré su figura junto a su perro por los ríos australes chilenos, e imagin aquellos espacios naturales, como un sinfín de maravillas de la creación.

   Por un momento me transporté a su lado, contemplé sus pasos adentrándose en el agua, y al can sentado en la orilla vigilando sus movimientos.

   Soñé entonces por un momento, vivir en aquel lugar junto a él, y sentirme integrado en un paraíso natural de la mano de unos de mis maestros del río.

   Al finalizar la lectura, estaba ciertamente alterado y la adrenalina surgida, había destruido mi cansancio y somnolencia. Un conjunto excitante de sentimientos, se agolpaban en mi cabeza, e hicieron que irrefrenablemente me tuviera que levantar de la cama.

   Acudí a mi lugar de estudio y me senté frente a la mesa llena de papeles y cachivaches. Cogí una lámina de papel y busque un utensilio de escritura.

   Tembló y dudó mi mano, antes de escribir las palabras de esta carta, pues mi mente no acertaba a encontrar las precisas palabras que mi corazón emocionado trataba de expresar apresuradamente.

   El tiempo no ha borrado el recuerdo de juventud. El de aquellos primeros años, en los que descubrí otra forma de ver el río.

   Fueron sentimientos desbocados que me hacían peregrinar casi a diario a sumergirme en mi amado río Neira.

   Eran lugares mágicos, (aun lo son hoy), para aquel joven, ansioso por descubrir las vida de sus aguas. De experimentar vivencias únicas y vibrantes en todo mi cuerpo y mente. Emociones como pocas veces, después he sentido.

   Un todo, formaba una conexión indisoluble con el río, sus habitantes y su entorno. Y, allí, solo la mayoría de las veces, mi espíritu, mi alma, sonreían y volaban sobre el agua. El tiempo se detenía, y los infinitos momentos en el río, me hacían feliz.

   Esos recuerdos, se suceden ahora en mi mente y me aceleran el corazón sentado en la oscuridad, después de leer las palabras de un octogenario emigrado al paraíso.

   Recuerdo al padre Bambú, sumergiendo sus manos en las aguas del Neira, y obteniendo de ellas, dorados y verdes insectos para mi desconocidos. Un sinfín de prodigios naturales que no hubiese sido capaz de imaginar en mis sueños de juventud.

   Una pléyade ignorante de adolescentes, mirábamos atónitos y escuchábamos absortos, las explicaciones que aquel hombre mágico nos daba. Tranquilo, y mirando nuestros ojos asombrados, aquel mago, percibía, como absorbíamos sin descanso, lo que para nosotros era un cuento real que podíamos palpar con nuestros sentidos.

   Todos, apilados y nerviosos, queríamos estar en primera línea, a su lado.

   Durante los años siguientes, intercambiamos cartas, que llegaban desde un pueblecito llamado Peralejos de las Truchas. Él, me llamaba “el poeta”.

   Hoy, en la quietud de la noche, siento algo parecido a cuando estábamos en la orilla del río Neira. Me gustaría estar junto a él, y recordar aquellos momentos y las conversaciones que viví.

   Estos sentimientos que acabo de describir según mi ser, son comunes a muchos de aquellos jóvenes que pudimos compartir momentos de nuestra vida junto a Luis. Creo que muchos de aquellos aprendices de paladines del río sentirán de igual forma que yo.

  Por todo ello Luis, quiero que sepas, que yo, y muchos otros, estoy seguro, te recordamos desde lo más profundo de nuestro corazón con el afecto que solo de él puede surgir.

Un fuerte y cálido abrazo, Pepín
Oviedo, Asturias