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Entre dos aguas

By junio 20, 2007 No Comments

Tiempos de cambio, pero aún esclavos del viejo paradigma hidráulico que en unas cuantas décadas del siglo XX ha convertido buena parte de nuestros grandes ríos en canales estériles o inmundas cloacas. Ahora alcanzamos a ver la luz al final del largo túnel, aunque el desprecio a los ríos con vida sigue fuertemente afincado en las inercias políticas, las instituciones y la mentalidad de la sociedad.

Cada vez más numerosas voces en la sociedad piden la recuperación de los ecosistemas fluviales y una mejor ordenación territorial de sus riberas, reforzar la protección del paisaje y el sentir ciudadano que une a la persona al territorio, tal como postula la llamada Nueva Cultura del Agua. Casi inmersos en una nueva era en la relación de la sociedad con el agua y los ríos, sin embargo seguimos con el Plan Hidrológico y su temible Anejo II plenamente vigente, más de un centenar de nuevas grandes presas y un largo listado de obras destructivas pendiendo como espada de Damocles sobre nuestras aguas dulces.

Cara y cruz

Este Ministerio de Medio Ambiente tiene en su haber algunos logros importantes en la superación de las inercias del viejo paradigma hidráulico. Hay que saludar la voluntad de desarrollar la Directiva Marco de Aguas (DMA), la transparencia y participación pública en la planificación y gestión de las cuencas fluviales, el Plan Nacional de Restauración y del Programa de Voluntariado en Ríos; la revisión sistemática y caducidad de las muchas concesiones que permanecían en desuso y la restauración del medio afectado –esfuerzo muy significativo por ejemplo en la CH del Norte-. Iniciativas plenamente coherentes con el objetivo principal de la DMA de recuperar el “buen estado ecológico” de los ríos europeos. Nuevas presas y minicentrales racionalmente denegadas en cumplimiento del otro fundamento esencial de la política de Aguas de la UE: el principio de no deterioro, en virtud del cual deberíamos poder superar por fin toda herencia de irracionalidad y autoritarismo hidráulico por unos pocos, con cargo a los bienes naturales y al bolsillo de todos.

Aunque la nueva cultura del agua ha prendido en el Ministerio y está calando a los organismos hidrográficos, el hecho de que la otrora siniestra Dirección General de Obras Hidráulicas ahora se llame Dirección General del Agua no es suficiente expresión ni garantía de un auténtico cambio. La inercia hidráulica se alimenta de poderosos intereses, los que siempre han impuesto la muerte de los ríos y el mito de su resurrección como canales perfectos sometidos al dictado de “la sociedad” (limitada o anónima, generalmente). Los que hicieron, hacen y harán lo indecible para que se mantenga vigente esa espada de Damocles: los nuevos embalses y trasvases que de nuevo lograrían por fin superar “de una vez por todas” el “desequilibrio” hídrico y todas las carencias de agua del país. ¡Agua para todos! Finalmente, ¿qué es un río al lado del “desarrollo” económico? Si hay que matar los ríos para una agricultura subsidiada, irracional e ineficiente que derrocha el 75% del agua potable almacenada, para generar electricidad al son del mercado, para deshacernos de los innumerables contaminantes que producen industrias y ciudades, para abastecer la plaga de urbanizaciones de chalets con piscina unifamiliar y campos de golf… Pues, ¡que mueran los ríos! Total, ¿a quién le importan? Cualquier cosa menos dejar que el agua de nuestros ríos “se pierda en el mar”. No nos hablen de los sedimentos y nutrientes que reponían deltas, arenales y playas, que sostenían el ciclo vital de innumerables especies marinas; no nos hablen de pesquerías costeras arruinadas ni de arrozales salinizados; no nos hablen de peces de agua dulce amenazados o extinguidos por las barreras de las presas, la alteración de los regímenes fluviales y la degradación de los tramos bajos de los ríos. No nos hablen de nada que otorgue algún valor natural o humano a los ríos, poniendo en peligro su habitual sacrificio al “desarrollo”, que debe proseguir per secula seculorum.

Restaurar la vida

Pensaremos que consumimos unas decenas de litros de agua por persona al día, pero si repartiéramos los recursos almacenados que utilizamos en total entre el conjunto de la población, tocaríamos a varios metros cúbicos por persona cada día. Como las personas, los ríos suelen ser agradecidos si tan sólo se les deja ser, pero unas pocas décadas de asalto hidráulico han cercenado su esencia, en constante fluir hasta el mar. Los embalses detienen, decantan y regulan el río, dividiendo las cuencas en compartimentos mal comunicados, donde las condiciones de vida pueden ser muy diversas en función de cómo y quién maneje la “llave de paso”. Muchos tramos fluviales altos o medios regulados por presas en el Centro, Sur y Levante de la Península están condenados a una carestía brutal y sistemática, convertidos en una sucesión de lagunas eutróficas donde sólo especies muy poco exigentes puede sobrevivir, o incluso totalmente secos. Sabido que los embalses tienen una vida limitada, y que las necesidades, preceptos y expectativas de la sociedad cambian en el tiempo, la construcción de embalses no sólo se ha detenido sino que está desandando el camino en algunos de los países avanzados. Ni siquiera en la España seca necesitamos más embalses. Podríamos prescindir de muchos de ellos si gestionáramos el recurso agua como es debido, cuidándolo en lugar de derrocharlo y corromperlo. Ahorrar, recuperar, reutilizar, para rehabilitar agua que ahora no podemos usar, envenenada o salinizada por el mal uso. Ensuciamos y aprisionamos en nuestras manos la materia y recurso imprescindible para toda vida, sin poder evitar que se nos escurra entre los dedos. Colectivamente, vivimos como el nuevo rico que no piensa en mañana, como el dominguero irresponsable que vuelve a casa dejando su rastro de basura, como si no tuviéramos hijos o el mundo empezara y terminara en nosotros. Se impone un cambio radical desde el modelo de explotación al de conservación del agua y todo lo que sostiene, reorientar profundamente nuestras acciones para preservar la vida y reducir la huella humana en los ríos.

Y el río no es sólo agua, ni tan siguiera un cauce, con los cantos y gravas del lecho. Las márgenes y riberas de esponjosos suelos, pobladas de vegetación, los álveos bajo el sustrato y las venas que conducen a los acuíferos forman un todo interrelacionado dentro del ciclo hidrológico. Las plantas sujetan las orillas y mantienen el cauce, proporcionan cuevas, raíces y sombra a toda clase de especies, y su follaje refugia a los invertebrados frente al viento y los depredadores en los momentos más delicados de su vida. Los pescadores nos beneficiamos de todos estos bienes naturales que alimentan al pez, objeto de nuestros deseos. Naturalistas del río, hemos aprendido que la vegetación de las orillas es imprescindible para muchas especies, y que si bien las pocas cuevas sumergidas bajo una escollera pueden albergar buenos peces, normalmente vamos a encontrar muchos más en la otra orilla o el tramo de más abajo que mantiene una franja riparia. A veces somos los propios pescadores quienes exhibimos nuestra ignorancia pidiendo “limpiezas” que eliminen la vegetación natural de las orillas. Antes que amoldar el río a nuestro capricho, adaptémonos a él aprendiendo a pescar entre la vegetación. No hagamos el juego a los dueños de terrenos adyacentes a nuestros ríos. Mejor defendamos las riberas naturales, a ver si logramos detener de una vez por todas esa penosa afición a meter máquinas al río, a regularizar, dragar y llenar de escolleras nuestros cauces, habiendo generalmente alternativas eficaces mucho más respetuosas con el ecosistema y por cierto mucho más baratas.

A la expectativa

Defendemos el cuidado y la restauración de los ríos, así como la protección y reserva de los espacios fluviales mejor conservados. Y actuamos en consecuencia, demandando la caducidad de concesiones y la eliminación de presas inútiles y dañinas, revegetando márgenes y zonas de inundación, mejorando los flujos hidráulicos y rehabilitando lechos de freza. Acciones que contemplan los problemas y las soluciones en la escala temporal en que el río se desenvuelve, valiéndose de su capacidad natural de autorregeneración. Sensibles a la vida, no podemos entender que se hable de restaurar los ríos a la vez que se siguen destrozando.

El Plan Nacional de Restauración de Ríos (PNRR) es un primer e histórico intento por parte de la administración hidráulica de abordar la sostenibilidad y la recuperación de nuestros ríos. Propone reponer la calidad ambiental de nuestras masas de agua y los valores medioambientales asociados a través de programas de protección, conservación y voluntariado, a partir de un diagnóstico científico de las cuencas que analice las causas de su deterioro e identifique las zonas fluviales a proteger. Para ello, con la participación como premisa, se han creado mesas de trabajo formadas por expertos de todos los ámbitos de la sociedad, cuyas conclusiones se plasmarán en una Guía que debe marcar los criterios para la restauración fluvial en todas las demarcaciones hidrográficas, así como en una serie de proyectos piloto. Como defensores del río, hemos participado en algunas de estas mesas de trabajo, y también en el grupo de expertos encargados de elaborar una guía para la acción de voluntariado en ríos, que esperamos vea la luz en próximas fechas. Ojalá el Ministerio haga honor a su objeto, deje ya de nadar entre dos aguas y evite por ejemplo que los leoneses Eria y Duerna sucumban ante las mismas presiones irracionales que el Arlanza en Castrovido. Igualmente, esperamos que este PNRR y sus proyectos demostrativos contribuyan a la concienciación y el reciclaje profesional dentro de los organismos de cuenca, desterrando para siempre la penosa historia de malas intervenciones en nuestros ríos.

Publicado en el Nº 29 de la revista Dánica de pesca a mosca. Junio 2007.