Las moscas germánicas del Renacimiento, reinterpretadas desde la tradición y la experiencia de Jesús Pato

José Alfredo Fernández Ramos


Semostas, sedas y memoria: una mañana con Jesús Pato.

   Acudo, junto a Javier Cabo y Antonio, a visitar a Jesús Pato con la esperanza de que, a la luz de su dilatada experiencia y de su conocimiento profundo del atado de moscas, pueda aportarme alguna clave que ayude a comprender mejor las descripciones escuetas —y en muchos casos crípticas— de las moscas que aparecen en los manuscritos centroeuropeos de los siglos XV y XVI, en particular el de Admont (hacia 1450) y el de Tegernsee (en torno a 1500).

   Días antes, Javier le había enviado a Aeaceli, hija de Jesús, un archivo con la traducción del alemán al español de tres de estas moscas. La cuestión que nos planteábamos era sencilla en su formulación, pero compleja en su alcance: con datos tan lacónicos, ¿cómo construirías tú hoy una mosca?
Los manuscritos germánicos no incluyen instrucciones de montaje; tan solo enumeran materiales. La reconstrucción de los modelos solo puede hacerse, por tanto, a partir de hipótesis prácticas, evaluando primero su coherencia constructiva y, en una fase posterior, su comportamiento en el agua.

   A sus 92 años, Jesús no se anda con rodeos. Nada más empezar me dice que estos modelos le parecen moscas atractoras, sin una correspondencia clara con insectos reales de los ríos. Me sugiere que observe mejor sus propios modelos —largamente probados— y que, por el momento, nos dejemos de “inventos”. Aun así, insisto y le propongo un punto intermedio: que monte dos moscas de su colección que guarden el mayor número posible de similitudes con los modelos germánicos. Le señalo una de Admont, semejante a la conocida “Española” (cuerpo rojo, brinca amarilla y pluma clara), y otra próxima a la “Sangre de toro”, con cuerpo rojo, brinca negra y pluma oscura.

   Jesús y su hija nos reciben con naturalidad y gran cordialidad. Es un día frío; la Sierra de Gredos, nevada, nos envía ráfagas heladas. En el interior de la casa, una chimenea mitiga la temperatura. Jesús nos conduce al gabinete donde, indefectiblemente, ata cada día sus moscas. Con su ironía habitual comenta, entre risas:
Fíjate que el médico me dijo que hiciera trabajos manuales.

  Tomamos asiento. Un radiador eléctrico acompaña a su silla. Mientras Javier de Cabo le consulta por el nombre de algunas moscas que prepara como obsequio, Jesús comienza con mi encargo.

   El banco y la mesa de trabajo están organizados con una precisión casi quirúrgica. En un amplio escritorio dispone varias cajas de plástico con hilos; no están ordenados por colores, sino por modelos: cada caja contiene exactamente los hilos necesarios para una mosca concreta.

 En el pupitre de enfrente hay un recorte de poliestireno blanco donde mantiene preparados los cercos y manojos de fibras ensalivadas para las alas. A su lado, diversas cajas albergan las plumas que va empleando según el modelo, clasificadas por tonalidades, texturas y procedencias (colgadera, cuello, riñonada). En el borde del mueble, junto a la silla, descansa un torno que utiliza para colocar las plumas una vez formados los cuerpos

   Entre ambas mesas se sitúa su asiento, desde el cual accede fácilmente a los cajones del escritorio grande, donde guarda cuellos, plumas y otros materiales. Tras él, un amplio ventanal proporciona la iluminación principal:
La mejor luz es la del sol al mediodía —nos dice.

  Una vez sentado, cubre su regazo con una tela blanca sobre la que dispone las bobinas multicolores. En una primera fase coloca el anzuelo en un mandril que sostiene con la mano derecha, fijándolo por el ojal de modo que quede protegido el espacio reservado a la cabeza y las alas.

 

   Comienza entonces el montaje. Fija la seda siempre desde la cabeza del mandril hacia la curvatura del anzuelo, cubriendo la tija en un recorrido de ida y vuelta. Las herramientas son mínimas: sus propias manos, el mandril, una pequeña navaja sin mango, unas tijeras, unas pinzas para el hackle de las patas y el torno.

   Los hilos no son especialmente gruesos; su diámetro equivale al de una brinca robusta.

   Llega el momento de colocar los cercos, que toma del soporte blanco donde los mantiene preparados. Vuelve a cubrir la tija desde el ojal hasta la curva y regresa a la cabeza del mandril, asegurando siempre con firmeza mediante medias llaves—semostas, como él las denomina—. Incorpora varios hilos para alcanzar los tonos deseados. El cuerpo va adquiriendo volumen y una forma claramente ahusada.

Fija después los hilos destinados a las brincas y a las costeras. Desde la cabeza baja enrollando la brinca hasta el inicio de la cola; por un lateral introduce el hilo de la costera, que asegura bajo los cercos. Repite el proceso por ambos lados y finalmente anilla el conjunto con la brinca.

En el tórax da varias vueltas para fijar una pluma estrecha que, ayudado por una pinza, enrolla simulando las patas del insecto. Se forma así una protuberancia notable, mientras permanece aún desnuda la parte del anzuelo protegida por el mandril.

Retira entonces la mosca del mandril y la coloca en el torno situado a su izquierda. Lleva la seda hacia el ojal y comienza a formar la cabeza; no mediante vueltas continuas, sino con sucesivas medias llaves (semostas), siempre muy tensas. Con esa misma seda fija las alas, cuya pluma está seleccionada previamente. Alinea con los dedos las puntas de las plumas o fibras, las dispone horizontalmente sobre la tija y las asegura con precisión, repartiendo el material con los dedos. Todo queda firmemente asentado contra el cuerpo cónico de sedas superpuestas.

   Remata cortando los hilos sobrantes.

   —Aquí la tienes —dice.


  Con las tijeras ajusta el hackle, ligeramente largo.

   Tenemos ante nosotros una interpretación plenamente funcional de la mosca del manuscrito de Admont (ca. 1450), muy próxima a la clásica ahogada “Española”:

Item zu dem andren august so … nymb gelbe gefider und fasse rot und gelb daruntter…

Item en agosto… toma [XII] / plumas amarillas y ata rojo y amarillo debajo / con un pechecito amarillo dorado…

 

Una fórmula similar aparece en el manuscrito de Salzburg (1712), lo que refuerza la coherencia histórica del modelo.

 

[11]  Spöckh farbe födern, darunter faß rot und gelb ain | guldes brisstl mit roter farb verpundten.

 

Plumas moteadas [color tocino [spöckh], debajo ata rojo y amarillo un pecho dorado unido con color rojo.

   La mañana avanza entre sedas, semostas y recuerdos. No estamos reconstruyendo el pasado: estamos escuchando cómo sigue hablando.

   A continuación le pido que continúe con la Sangre de toro, cuya combinación de sedas rojas y negras coincide en buena medida con las descripciones del manuscrito de Tegernsee y del propio Salzburg.

 

   En el suelo del gabinete pisamos hojas de laurel, cuyo polvo —según nos explica— mantiene alejadas a las polillas.

   Cerramos la mañana con una buena comida y una conversación distendida. Por la tarde, al calor de la lumbre, asistimos a una larga tertulia-entrevista de Javier de Cabo, que pone un broche cálido y humano a una jornada memorable.

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